Capítulo VII: La Ciudad del Corazón

   El linde sur de Enerah se conforma por una alta pared de enormes arces, colosales cedros y finos royeres del norte. Lo único que rompe esta pared es el Dopak, que de norte a sur divide la floresta en dos. El bosque acaba de pronto en un gran precipicio, donde el río cae libre formando una gran cascada. Más allá de la abrupta depresión, se extiende un amplio valle, surcado de vez en cuando por verdes colinas cubiertas de pequeños bosques de álamos o cedros, estribaciones de Wo- Wen al este y Kêidolon al oeste. Así pues, el río recorre el valle muchas leguas al sur como un reflejo de luz azul cubierto de hojas doradas, entre los glaucos prados rociados por la fina lluvia de la noche anterior.

   Eweon entrevió entre la maraña de árboles  la gran hondonada que se extendía al frente. Midhan, unos pasos por delante, también estaba maravillado ante la visión que se le ofrecía desde la altura. Contento, empezó a correr entre los árboles, esquivando  saltando piedras y ramas caídas. Eweon salió corriendo tras él, dejando al mago y a Na-Nâi atrás, que hablaban de razas nocturnas de los bosques del reino.

   El bosque desapareció de pronto, sin previo aviso, dejando paso a apenas unos pasos de roca oscura y cubierta de musgo húmedo. La bofetada de luz lo detuvo en seco, y lo empujó hacia atrás; resbaló, y cayó de espaldas al suelo.

   – Maldita sea, hermano – gruñó Midhan, que lo levantaba por debajo de los brazos- ¡Podrías haberte matado! ¿Dónde te has dejado los ojos?

   – Los tengo guardados junto a tu buen humor. ¿Qué te pasa ahora?

   El joven suspiró, con los brazos cruzados sobre el pecho. Le indicó con un cabeceo que volvieran a la última fila de árboles, donde se sentaron sobre una roca sobre la que crecía perdida alguna flor.

   – Me he dado cuenta de algo.

   Eweon esperó a que su hermano continuase. Midhan respiró hondo un par de veces y clavó en los suyos sus ojos marrones, ahora teñidos de preocupada lobreguez.

   – No… No estaremos en la fiesta de los Viento y las Sílfides.

   – ¡Claro que no! – exclamó, con los ojos abiertos.

   – Espera, ¡calla! – lo reprendió él; parecía no encontrar las palabras – Lo que quiero decir es que… Ninguno estará allí, ni en esta fiesta, ni en las que vienen. Que… Nunca podré pedirle la mano a Aqüa, que no estaremos allí si tenemos otro hermano. ¡Imagínalo, Eweon, perdernos la infancia de nuestro propio hermano!

    Se detuvo de nuevo. Apretaba tanto los puños que sus nudillos estaban blancos.

   – Hemos renunciado a nuestra vida, todos – continuó, respirando hondo – Padre, Madre. Aqüa, incluso la pequeña Namie, Duende. Alenâi. Tú. Yo…

   – Midhan, yo…

   – No – se apresuró a decir él – No te echo en cara nada, entiéndeme bien. Has emprendido un viaje por nosotros, por el Reino entero. Has tomado una decisión a la que pocos estarían dispuestos a enfrentarse; tú eres el que más ha renunciado, Eweon, tú eres el que más tiene que perder en todo esto. Y por eso daré mi vida por ti si es necesario, por eso la estoy dando ahora. Sólo quiero… que no nos defraudes, ¿de acuerdo? Prométeme que todo lo que estamos haciendo merecerá la pena.

  Hubo un breve y tenso silencio.

   – Te lo prometo, Midhan – repuso, mirando a su hermano a los ojos. Se levantó, y le tendió el brazo. El otro joven, manteniendo firmemente la mirada, recuperó en los ojos aquella luz que trasmitía todo el calor de su ser. Asió el brazo que Eweon le tendía con fuerza, y se levantó. Sus compañeros aparecieron pronto entre los árboles. El Gris guardaba algunas hojas y raíces en uno de sus saquitos.

   – Lo que hay ahí – enunció, señalando lo poco que se podía ver del barranco entre dos grandes cedros – Es la Quiebra de Méridhel, el precipicio que marca el fin de Enerah y el principio del Ducado de Erol. Y allí – esta vez señaló al punto en el que acababa el río, aunque los jóvenes no vieron nada allí – está la Caída de Arual, la cascada del Dopak. Y es allí donde vamos ahora, pequeño – sentenció, sonriente, reemprendiendo el camino.

   Una agradable penumbra humedecía delicadamente todo el valle desde el oeste, y en el este las nubes se teñían de púrpura bordado con finos hilos dorados. El viento amenazaba con violentarse en la noche; chocaba contra la Quiebra cada vez con más ímpetu.

   – ¿No crees que sería mejor esperar hasta mañana para descender, Deston? – preguntó Midhan, inquieto ante el ululante azote de la fría corriente de aire.

   El viejo pareció meditarlo un instante, valorando todas las posibilidades.

   – No – repuso, con una mano en el mentón – Debemos llegar a Danârlia al anochecer, será lo más rápido.

   – Y peligroso – apuntó el joven, mirando preocupado la caída del barranco.

   – Seguramente.

   Midhan se cruzó de brazos, no muy convencido ante la actitud de su tutor, aunque tampoco dijo nada más. Entonces, Alenâi se acercó un par de pasos al mago.

   – ¿Cómo piensas bajar hasta el suelo? No somos expertos en la roca, aún menos para escalar; el viento es fuerte y la noche está al caer. Yo también creo que lo mejor es esperar a mañana, en vez de arriesgar nuestras vidas por la imprudencia de querer llegar media jornada antes.

   – Cuando amanezca – el tono del mago no pedió en ningún momento la calma, aunque quizás se enfrió demasiado – Danârlia nos cerrará sus puertas. Y la ciudad es el único punto no controlado por la Reina o los Círculos que queda a partir de ahora; no pienso renunciar a la oportunidad de dormir sin pensar en huir de soldados o magos blancos, ¿entendido? Ahora, vamos.

   Anduvieron un poco al oeste, alejándose de la orilla del río. Se detuvieron frente a un grueso y viejo árbol, de ramas bajas y retorcidas que llegaban más allá del borde de la Quiebra, desafiando al mundo entero. Había una inscripción en toscas runas grabadas en la corteza del árbol. Eweon pasó los dedos por las letras y leyó:

   Es la Quiebra la Puerta de la Ciudad,

   Del Corazón, la Caída;

   Es Árbol principio del camino,

   A la Gran  Danârilia,

   De Arual Corazón.

   – ¿Qué significa eso, Deston? – preguntó el chico, releyendo de nuevo y en silencio las palabras inscritas en el árbol.

   – Justo lo que dice – contestó, mientras palpaba el tronco, buscando algo entre las grietas más gruesas – ¡Vaya! Mirad, aquí está.

   Portaba en la mano una figura de madera trabajada de manera exquisita, obra de manos expertas. Era un extraño pájaro que Eweon no había visto jamás. Se asemejaba a un búho, pero con un fuerte pico de cuervo y ojos de nauul, y cuatro patas acabadas en garras de seis dedos.

   Se llama farieh – explicó el anciano, mirando la figurilla de madera- Es una de las más útiles herramientas para un mago, especialmente si se ve obligado a enfrentarse a largos viajes. Usamos los farieh’th para llamar a las criaturas que hay representadas en ellos. Es como las flautas de los domadores de halcones, pero esto funciona con magia.

   >> Podemos considerar los farieh’th como mecanismos mágicos. Éstos son… ¿cómo explicarlo? Son conjuros especiales, que un mago teje con un único fin: abrir una puerta, conjurar un animal, esconder algún tesoro. Dejamos una magia residual programada, prácticamente inalterable, según la complejidad del mecanismo. Así pues, lo único que tengo que hacer es utilizar mi magia y activar cada uno de los niveles del farieh para…

   No terminó. Un tenue resplandor azul iluminó la estatuilla, y Deston empezó a entonar una especie de cántico. Parecía infinitamente concentrado en el conjuro. Entonces su aliento se tornó azul, y el flujo de energía que emitían sus labios empezó a acariciar la farieh. Cada palabra era más fuerte que la anterior, y todos notaban cómo la figura absorbía cada vez con más ansia aquél flujo zafirino, creciendo, cobrando vida delante de sus ojos. Eweon observaba cómo las grietas se tornaban plumas, como los ojos empezaban a brillar, cómo adquiría con velocidad la altura de dos hombres, cómo el cuello empezaba a moverse, despertando lentamente de un profundo letargo. El sonido del viento, del agua y de su propia respiración desapareció durante un momento; sólo podían escuchar el creciente canto del mago, que culminó en un rugido celeste de la más pura energía. Cansado, el Gris completó su hechizo con un par de gestos, que el animal examinó con detenimiento.

   – ¿Veis? – Sonrió, jadeante, sin dejar de mirar los ojos del ave – Un mago puede hacer esto y mucho más. ¡Mecanismos mágicos, Eweon! Apréndete la lección. En fin, muchachos, este pájaro se llama gweroa argéntea. Ahora volaremos a Danârlia antes de que las lunas iluminen la noche.

   – ¿Tiene sillas?

   – Deben de estar escondidas en el árbol. Midhan, ¿te importa subir a por ellas?

   – Enseguida.

   El joven saltó contra el árbol, y con gran agilidad, trepó por las ramas y se colgó de aquí y allá, recorriendo cada recoveco del viejo hougg.

   – ¡Ahí van!

   Las correas y las sillas de montar cayeron al suelo. Poco más tarde, Midhan bajó del árbol, jadeando.

   – Deston, ¿cuánto deben llevar ahí esas sillas? El agua, los animales, la luz y el tiempo las deben de haber deteriorado, y seguro que alguna correa anda floja, así que…

   – No te preocupes – cortó el mago – Usaré algún conjuro para reparar cualquier daño, si es que el último en utilizarlas no aplicó un hechizo protector.

   Pasó las manos por encima del montón de cuero, y sonrió. Murmuró un par de palabras, y las sillas se elevaron de su sitio y caminaron junto a Deston, que se dirigió con solemnidad hacia la gweroa.

     – Cira awôa dilrë ai pôha rö. Lida ip cira’t pônha rü vèwe?

   El gran pájaro negó con la cabeza. El Gris hizo una reverencia con los ojos cerrados, chasqueó los dedos y las sillas se ataron por sí mismas al pecho del animal. Las correas se tensaron y ajustaron con suavidad, y todo parecía a punto para emprender el vuelo.

   Salvo porque sólo había dos sillas.

   – A vosotros – señaló a los chicos, sin perder la sonrisa – os llevará en las garras, ¿entendido?

   Un fuerte asentimiento fue la respuesta por parte de ambos.

   El ave, impaciente, se agachó, deseosa por volar de nuevo. La joven y el anciano se subieron a las sillas y se ataron como pudieron, aferrándose con fuerza a los arzones (`Rommel?) . El ave se levantó, y se desperezó un poco. Sujetó firmemente a los muchachos por la cintura, y ahuecó un par de veces las alas antes de precipitarse por la Quiebra de Arual.

   Ascendió. Volaban ahora con suavidad, por encima de todo. Del río, de la Quiebra, de Enerah. Del mundo entero. Eweon sentía que el valle era cada vez más y más pequeño, más y más lejano, más y más insignificante. Los pequeños bosques se tornaron manchas borrosas, el río apenas era una línea de plata que reflejaba las últimas luces crepusculares que atravesaban las montañas de Kêidolon. Y él estaba por encima de todo aquello. Sobrevolando el mundo.

   Hasta que el ave los arrimó contra las plumas de su pecho, para protegerlos del cortante viento que zumbaba a su alrededor mientras caían en picado. Al muchacho le hubiese encantado estar ahora en las sillas, disfrutar de la caída, el momento en el que la gweroa desplegaba las enormes alas y se detenía súbitamente en mitad de la nada, batiendo lentamente sus alas para quedar allí suspendida. Cuando al fin el pájaro los apartó de su torso y les mostró la Caída de Arual frente a ellos, mágica, noble, libre, un mero susurro del atardecer.

   – ¡Estamos llegando! – gritó el mago, aunque los muchachos apenas lograron escucharlo.

   El ave voló lentamente hacia la cascada. Gotas de gélida agua empezaron a salpicarlos, y Eweon recuperó de nuevo su excitación. La cortina de agua se abría, dejando ver la oscura piedra. Supuso que la magia de Deston tenía algo que ver en aquello.

   De pronto, un impulso de energía azul brillante chocó contra la roca, y se deslizó en finas nervaduras en todas direcciones, reptando por la fría y húmeda pared. Poco a poco, encontraron su sitio entre las grietas, y formaron el sello de una gran puerta con un afilado arco, decorada con azules filigranas que simbolizaban árboles de ramas entrelazadas, y hojas zafirinas que se mecían con fragilidad, tímidas y delicadas. Y, por último, los últimos filamentos de magia formaron en el centro de la maravillosa entrada el emblema que todos reconocieron: un Niithay, la conjunción del final de allia. Las tres lunas formando un perfecto triángulo, mientras el Fuego se dibujaba soberbio en el centro, refulgiendo con celeste nobleza. Entonces la maravillosa puerta se dividió en dos con un rugido, abriéndose hacia adentro, y la gweroa voló dentro antes de que se cerrase de nuevo, con el clamor de cientos de guijarros chocando unos contra otros.

   Eweon quedó sobrecogido. El pájaro planeaba en el vació, en mitad de la más pura oscuridad. El chico extendió las manos, y descubrió que no podía adivinar su silueta en aquellas infinitas tinieblas.

   Entonces lo vio. O las vio, no estaba seguro. Era un cúmulo de luz. Cientos de puntos rojos, como diminutas estrellas, que desafiaban la oscuridad. Volaron aún mucho tiempo hasta que las luces poco a poco adquirieron la forma de torres, y entre ellas había puentes y plataformas también luminosas.

   – ¡Cerrad los ojos! – Exclamó el Gris desde arriba – ¡Cerradlos y no los abráis por nada del mundo!

   Obedecieron sin plantear objeciones. Aunque quizás Eweon sí deseaba ver el espectáculo…

   Sintieron cómo el ave los dejaba sobre una de aquellas frías plataformas de luz. Sus párpados dejaban pasar la luz, y podían ver la piel y los finos hilos que había dentro.

   De pronto, las fuertes manos de Deston los bloquearon contra el suelo. Escucharon varios desgarrones, y después una tela frente a sus ojos, atada alrededor de la cabeza.

   – Ahora podéis levantaros. No abráis los ojos aún –advirtió – pues no están preparados para toda la luz de Danârlia, ¿entendido? Sin embargo, dentro de poco podréis ver con total naturalidad, pues la tela os protegerá del exceso de luz.

   El Gris y la gweroa cruzaron un par de palabras en aquél lenguaje que los muchachos no conocían. El pájaro emprendió de nuevo el vuelo, dirigiéndose a alguna torre allá a lo alto.

   Eweon alzó el rostro, esperando ver qué lo rodeaba. Al principio todo era confuso. Una maraña de luces sin forma, un extraño conjunto de siluetas luminosas y más allá un mar de negras sombras, por donde habían venido.

   Pronto se acostumbró a aquello, pronto todo cobró constancia, forma, sentido. Entrevió las torres de la ciudad, refulgentes y de distintos colores cada una. Parecían estar construidas en cristales opacos, y cada torre tenía un color distinto. La plataforma sobre la que estaban se encontraba entre una afilada espina de luz verde y otra rosada. Ninguna parecía tener principio o final; daba la impresión de que se extendían más allá de donde la vista podía alcanzar. ¿De qué tamaño era aquella caverna? Eweon se extrañó por haber vivido sobre la luz de Danârlia tantos allias sin saber si quiera de aquél maravilloso lugar.

   Una delicada puerta de cristal verde se abrió a su derecha. Atravesó el umbral una mujer, ataviada con un largo vestido verde esmeralda que ondeaba a su paso y se rizaba en el aire. Llegó a ellos demasiado rápido, le pareció a Eweon, de un modo… poco humano, pensó. Cuando los tuvo a poco más de cuatro pasos, se llevó las manos a los hombros y se inclinó levemente hacia delante, sin apartar la vista del mago, que hizo el mismo gesto.

   – Bienvenidos seáis a la Ciudad de Danârlia, humanos, el Hogar del Corazón, la Morada de la Luz – su voz era suave y modulada, con un extraño y agradable acento.

   – Seamos pues recibidos por los nobles ùmine, que nos acogen respetando el Pacto del Corazón y demostrando así su respeto y lealtad al pueblo humano. Erenë, Señora del Mai Edo.

   – Deston, Mago… – pareció mascullar la palabra humano, pero se arrepintió en el acto – Mago Gris, Alto Cargo en las Co…

   – La verdad – cortó abruptamente Deston, para callado disgusto de la Señora, ruborizado – es que hemos pasado tres duras jornadas a través del bosque, mi Señora. Los pequeños necesitan descanso, y a mí me gustaría reunirme con Arai Dalae, Señora del Niíru.

   – ¿Arai Dalae? – preguntó ella, atónita, llevándose la mano al vientre – Ya no es Señora del Niíru, humano.

   – No siento que hayáis tenido ninguna guerra entre las casas, mi Señora.

   – Porque no la hemos tenido. Dalae fue la escogida por el Corazón una vez la anterior Guardiana pereció.

   – Oh, ¡vaya! – exclamó el viejo – Así que Arai ha logrado por fin ser Guardiana del Corazón de Arual… Me alegro mucho por ella. Así como me alegro por vuestra raza, Erenë, pues sois afortunados de contar con Arai como Guardiana de Danârlia.

   Ella suspiró. No entendía la incorrección de aquél insignificante humano. ¿Quién se creía que era, para tratar con tantísima familiaridad a la Guardiana, la ùmine más poderosa y sabia de todo el mundo?

   – Sin duda, Mago Gris, agradecemos constantemente que sea la Guardiana Dalae quién desempeñe la Misión, y nos sentimos satisfechos con su labor – pasó sus grandes y negros ojos por cada uno de los jóvenes – Así, vosotros sois Alenâi, el Portal, Midhan, el Protector, y Eweon, el Primero. Nuithelândaróaliínmoistherenoèssè, Deston.

   La lengua natal de los ùmine, pensó Eweon. No había entendido nada en absoluto. La Señora hablaba rápido, y lo que dijo parecía más bien el sonido de cientos de voces, el canto de cientos de campanas. Plata chocando contra el oro, espadas que se batían en duelo, una cadena deslizándose por el suelo, un cristal rompiéndose en mil pedazos.

   – Os respondería gustoso en vuestra lengua, Señora del Mai Edo, pero me temo que, si bien consigo entenderos, jamás podré articular un solo sonido del ùrinmaè. Sin embargo, tendré vuestro consejo en cuenta. De hecho, es ese el motivo principal de mi ansiado encuentro con la Guardiana. Por tanto, si podéis conducirnos hasta la Torre Pálida, para dejar que los pequeños descansen…

   – Sin duda – se tapó el ojo derecho con la mano extendida, sonriendo – Esperad aquí, Mago Gris, a Uè, el Jefe de Guardia. Él os conducirá al Corazón mientras acomodo a los jóvenes en sus aposentos – se descubrió el rostro y sonrió a los chicos, indicándoles con un gesto que la acompañaran.

   – Sea, Erene.

   – Sea, Deston.

***

   Danârlia tenía un buen motivo para llamarse ciudad. Eweon la observó desde la ventana de su torre: la luz se extendía leguas y leguas más allá, y se perdía descontrolada allá a lo lejos. Se fijó también en los cientos de ùmine’th que volaban de un lado para otro. Se preguntó para qué tenían los puentes, si podían volar. ¿Acaso no sería ideal pasarse todo el día surcando los…? Vaya. Se dio cuenta entonces de que la Ciudad del Corazón no tenía cielo. Y, por mucha luz que emanase, nunca había visto la luz del Fuego. ¿Habrían visto alguna vez un Niithay, los ùmine’th? Y no tenían árboles, ni agua, ni tierra. No tenían más que… luz. Luz por dondequiera que mirase. Pero nada más que luz.

   Se quitó la ropa, y la dejó sobre la impresionante cama que tenía en la habitación. Toda para él, se dijo, pues Midhan y Alenâi tenían sus propias estancias en la Torre. Buscó la bañera, un pozo lleno de agua caliente que habían llenado los aprendices de una torre vecina. Porque, y de eso Eweon se había percatado, los ùmine’th también tenían magos. Sin embargo, no debían ser la misma clase de magos, si no estudiaban en el Castillo, o en las Torres de Hechicería.

   Intentó despejar todas sus dudas. Danârlia era un misterio, del que no sabía nada y del que tenía mucho que preguntarle al viejo mago cuando saliesen de allí. Deston… ¿dónde se había metido?

***

   El mago admiró el paso decidido del Jefe de Guardia, conteniendo la risa al ver su precioso uniforme. ¿Hacia cuánto tiempo que no lo utilizaba? De hecho, seguramente nunca antes lo había utilizado, y seguramente fuese la herencia de su padre. Se rió para sus adentros, pensando cómo la ciudad entera debía de estar preocupada adquiriendo apariencia humana y vistiéndose con telas y acostumbrándose a sus nuevos cuerpos materiales, tal y como establecía el Pacto.

   – Encantado de volver a verte, Uè –sonrió, y se acercó el puño cerrado al cuello.

   – Sólo podías ser tú, Deston – sonrió el ùmine, repitiendo el gesto – Sólo tú podrías reclamar el cumplimiento del Pacto después de tanto tiempo sin visitas humanas.

   – Apenas diecinueve allias, compañero, desde la última vez que estuve aquí – asintió el mago – Y tú eras…

   – Un niño, que se maravilló al adoptar por primera vez la forma humana y verse obligado a aprender apuradamente un sinfín de gestos, y de modales, y de buenas palabras que de nada me han servido en toda mi vida.

   El mago observó detenidamente el aspecto de Uè. En apariencia, era apenas cuatro temporadas más joven. Sin embargo, él sabía que no pasaba de los veintiún allias. Y que apenas le quedarían cinco más de vida.

   – ¿Qué te ocurre, Mago?

   Sonrió.

   – Ya sabes cómo nos ponemos los viejos al ver que los pipiolos también vais creciendo.

   – Aquí me ves – sonrió también, contento, mientras se deslizaban hacia el Corazón – Pasando mis últimos días como Jefe de la Guardia. Guardia de qué, me pregunto, si llevamos generaciones sin conflictos graves entre las casas…

   – Pero siempre es necesario prevenir.

   – Si, eso dicen… – no parecía demasiado convencido de aquello – Pero, en fin, por lo menos me tienen ocupado. Si no, ¿qué iba a hacer? ¿Chapucear con mi torpe energía? No hay úmine más patoso que yo; no, estoy bien donde estoy y debería dar las gracias.

   Deston suspiró, preocupado.

   – Dime, Uè. Y sé sincero – advirtió – ¿Cómo está… ella?

   El Jefe de Guardia se detuvo. Su luz se debilitó un poco, su cuerpo parecía hundido.

   - En los albores de su existencia, Deston. Yo… No sé. No sé nada. La Guardiana sigue cumpliendo su Misión sin flaquear, sigue brillando con ímpetu y soberbia. Durante todo este tiempo, no ha mostrado debilidad, pero… Yo noto esas cosas, ¿sabes? Yo sé que se extingue su alma…

   – El Corazón exige demasiado.

   – El Corazón se la ha llevado consigo.

   Sólo la respiración de Deston rompía el silencio en aquella zona de la ciudad.

   – Cuando consentimos que ascendiera al cargo de Guardiana – prosiguió Uè, arrastrando las palabras como si fueran un pesado lastre que no pudiera soportar -, pese a su historia pasada, todo Danârila sabía que no iba a ser duradero. Porque, pese a todo su poder, Dalae no es nííherenthéiral, Deston. No es Luz Pura. Eso me dijo mi padre, un tiempo antes de apagarse por completo.

   – Lamento no haber estado aquí para acompañar a Núo, pequeño.

   – Lamento que no estés aquí para verla morir.

   – ¿Pretendes echarme en cara todo esto? – Preguntó, sobresaltado – Uè, no pensaba condenar a Dalae a una vida para la que no había nacido.

   – ¡Pero ahora seguiría viva y joven!

  – ¡Y estaría muerta en lo más profundo de sus ser, maldita sea! ¿O te gustaría que te encerrara ahora en un cuerpo humano, Uè? ¿Eso es lo que deseas, pasar el resto de tus días, que no serán pocos, encerrado en una cáscara que no consideras tuya?

   El ùmine se encendió, furioso, aunque sabía que el anciano mago tenía razón. ¿Por qué se crispaba tanto? No podría asegurarlo.

   – También me dolió cuando ella tomó la decisión de desafiar a todo tu pueblo – prosiguió el anciano, modulando el tono de su voz – Porque sabía que esto llegaría. Y te recuerdo, Uè – advirtió, severo – que yo pierdo algo más que una Guardiana.

   – Para mí también es importante.

   – No lo he puesto en duda. Pero quiero que seas consciente de la situación.

   – Ya hemos llegado.

   La Torre del Corazón era la más grandiosa de todas. De color carmesí, refulgía intensamente en el centro de Danârlia. A Deston siempre le había agradado escuchar el latido, pausado e incesante, que rara vez se agitaba más de lo necesario.

   – Uè.

   – ¿Sí, Deston?

   – Cuídala por mí cuando no esté.

   – Siempre lo he hecho.

   Entonces el Jefe de Guardia y el Mago Gris atravesaron la puerta de cristal escarlata, uno al lado del otro. Habían llegado al interior del Corazón de Arual. Al hogar de la Guardiana.

   Su pequeña, se dijo Deston, con una sonrisa.

***

   El sueño se había convertido en pesadilla antes de lo que Eweon hubiera deseado. La divertida mirada de su madre, sus tiernas palabras y sus sedosos besos se convirtieron en un confuso mar de terror e incertidumbre; soñó con enemigos gigantes y monstruosos, criaturas viles y maliciosas, con espadas que abrían profundos cortes en su piel y flechas envenenadas que lo atravesaban de parte a parte. Y, por último aquella mujer, a la que creía conocer aunque no la hubiese visto nunca. Su largo cabello morado oscuro, sus rasgos delicados, sus ojos de hielo…

   Eweon.

   Despertó, cubierto por perlas de sudor frío, vapuleado por las cálidas oleadas de nerviosismo y el gélido aliento de dolor que inundaba sus pulmones. Jadeaba, intentando controlar tanto los fuertes latidos de su agitado corazón como los persistentes retumbos que amenazaban su consciencia.

   ¡Eweon!

   Recordó cómo aquella mujer gritaba su nombre. Había soñado con ella atada a una pared de nada. Es decir, sus grilletes estaban ahí, suspendidos en el vacío. Y ella estaba en mitad de todo un océano de… ausencia. Rogando. Suplicando. ¿A él? ¿Y qué podía hacer él? Ni siquiera estaba seguro de encontrarse en el mismo lugar que ella. Pero entonces una luz blanca destruía los grilletes, y la joven caía, libre. Y sonreía. Aunque no daba la sensación de que estuviese feliz.

   Alguien había lavado su ropa, que descansaba caliente sobre el impoluto suelo. Sus botas estaban al lado, y sobre un asiento todas sus pertenencias. Se vistió sin prisas, como era su costumbre, y recorrió con la vista – o lo que poseía de ella – la habitación.

   Como todo el Danârlia, emitía luz por sí misma. Una luz blanca, pálida. Era un habitáculo circular, y había dos grandes ventanales por los que se podía apreciar toda la belleza de la ciudad. La cama en la que había dormido aquella… ¿noche? No estaba seguro de eso, en realidad. Pero, en fin, ¿qué importaba? Siguió memorizando los detalles de la estancia.

   La bañera, con todas esas antorchas de fuego blanco rodeándola. Se había fijado en que los ùmine habían decorado aquella habitación con un gusto impecable. Humano, además. Había cuadros luminosos, suaves tapices y muebles tallados en pálido cristal.

   Se dirigió a la puerta. No recordaba haberla dejado abierta, pero allí estaba. Cuando salió, se dio cuenta de que habían oscurecido las habitaciones de los chicos, porque el pasillo brillaba con ardiente furia.

   – Ven, sígueme – susurró una cristalina voz tras él, con aquél delicioso acento ùmine.

   – ¿Quién eres? – preguntó, dirigiéndose a lo que parecía una joven, casi de su mima altura.

   – Mi nombre es Ô.

   – ¿Ô?

   – ¿Acaso crees que puedes nombrarme en mi idioma, eh? – Parecía molesta – A todos se nos ha asignado un nombre fácil de recordar para los humanos, como así establece el Pacto. Pero, ¡adelante! Me llamo ualánthirennèailamidaaltheriín…

   – ¡Oh, vale, de acuerdo! Lo que tú digas, Ô. Me gusta tu nombre, sólo es eso – sonrió, intentando ser amable con aquella irritable jovencita.

   – ¿Vas a seguirme o no?

   – ¿Vas a moverte o no?

   Ella gritó irritada. Entonces se deslizó enfurruñada por los interminables escalones de la Torre, girando bruscamente algunas veces para confundir al chico. Llegaron junto a Midhan y Alenâi, que también estaban acompañados de jóvenes úmine’th vestidos con túnicas blancas.

   – Apenas he logrado pegar ojo, hermano – masculló Midhan, y por un momento Eweon no supo a qué figura dirigirse – Eh, aquí. Vale, eso es. ¡Qué bueno es no poder ver esa cara de zángano que tienes!

   – Yo también me alegro de verte, Mid.

   – Lo que te decía – prosiguió – Que con tanta luz y tanto trapo en los ojos, no he dormido apenas. ¡O eso creo! Y luego viene la pesada de Lâ, a despertarme porque el Señor Deston se despedirá en breve de la gran Guardiana de Arual – imitó la voz chillona y el acento de cristal de la muchacha, que tiñó su luz de amarillo.

   – Entonces, ¿no ha descansado nada?

   – Por lo que he oído, ha pasado toda la noche hablando con la Guardiana.

   – ¡Cuánto lo siento!

   – ¿Verdad?

   – Mid, ¿tú escuchas eso?

   – El latido, dice Mèi. Es el acompañante de Na- Nâi, el único que parece un tanto decente entre su raza – puntualizó, para más enfado de Lâ – Se traen algo extraño por aquí, con esos corazones y latidos…

   – ¡El Corazón es algo sagrado, humano! – gritó Ô, visiblemente alarmada.

   – ¡Eh, tranquila! Tranquilas todas, ¿vale? No dormís mucho por aquí, ¿verdad?

   – En cuanto nos despidamos de esta patética forma humana, no necesitaremos un momento de descanso.

   – ¡Já! ¡Lo sabía! Estáis estiradas porque no dormís.

   Ambas parecían dispuestas a contraatacar, pero entonces la puerta carmesí se abrió de par en par. Apareció un grupo de ùmine uniformados con trajes rojos, y se hicieron a los lados. Entonces apareció Deston, acompañado de una mujer más anciana, frágil, pero que parecía estar llena de vida. Su gesto orgulloso, su porte noble, su altiva soberbia. Y era la única que refulgía en el más vivo rojo, emanando un mar escarlata a juego con la gran torre.

   Deston la tomaba de la mano. Bajaron los escalones de la entrada, y llegaron frente a la comitiva de jóvenes, que aguardaban expectantes.

   El mago miró a los ojos de la Guardiana.

   – Mi pequeña Dalae, estos son Eweon, Midhan y Alenâi…

   – El Primero, el Salvador, el Portal.

   – Según dice la profecía…

   Un momento. Entonces… ¿acaso la profecía incluía desde un principio a sus hermanos? ¿Por qué Deston no le había dicho nada? ¿Y si ellos hubiesen tenido que quedarse con Padre y Madre y con todo Bridell? ¿Y si…?

   – Pero es pronto para asegurarlo – añadió el Gris, por lo bajo.

   Ella asintió, lentamente.

   – Me siento honrada de conoceros. A todos – se puso ambas manos en el pecho, y se inclinó hacia delante. Los indecisos muchachos hicieron lo mismo, aunque con torpeza – El Corazón late por vosotros, pequeños. Arual reza por vosotros.

   – No malgastes tu poder en nosotros, Dalae – susurró Deston, preocupado.

   – Déjame decidir – su tono parecía duro – con quién debo dejar mis oraciones, Mago Gris.

   Él no pareció dispuesto a discutir, y se apartó de su lado para colocarse tras los chicos.

   – Es el momento de irse, Guardiana.

   Ella pasó sus ojos sobre cada uno de sus invitados, asintiendo en señal de aprobación.

   – Lo sé. Y lo lamento…

   Hubo un breve silencio.

   – Ímuetheinaë, Deston – su voz parecía apagada por la tristeza, pero al mismo tiempo, transmitía felicidad por el reencuentro entre ambos.

   Eweon no olvidaría nunca ese momento. Esa frase, que lo dejó boquiabierto delante de todo Danârlia. Esa frase imposible, pero real. Aún podía recordarla claramente cuando sobrevolaba por última vez el denso cúmulo de tinieblas en dirección a la puerta en la Quiebra. La recordaba cuando ésta se abrió y dejó pasar la luz del Fuego, que había incluso añorado en la ciudad, cuando se quitó la venda de los ojos y gritó de júbilo, liberando la excitación contenida. Aquella frase, pronunciada con la voz áspera y noble del Mago, mientras una lágrima descendía por su mejilla. La última que le dirigió a Dalae antes de su muerte. La frase que ni siquiera la Guardia que escoltaba a Arai esperaba en aquél instante. Y, sin embargo, la única frase que tenía sentido decir en un momento así.

   – Yo también te amo, hermana.

Post- Lectura:

– ¿Qué te ha parecido el capítulo?
– ¿Crees que está bien tratada la descripción de la Ciudad?
– ¿Piensas que los personajes están definidos?
– Sobre la narración… ¿encuentras algún punto confuso, enrevesado?
– ¿Echas en falta algo?

Graciaaaas ^^

Un comentario

4 08 2010
Kai

¡Hola de nuevo! :) Capítulo terminado y, con él, concluyo todos los publicados hasta ahora y ya espero el siguiente. Sin duda, lo más destacable ha sido la Ciudad del Corazón. Me ha gustado mucho ese enfoque de una ciudad luminosa. Y sus habitantes, que adoptan formas humanas, también atraen la atención con esa lengua tan extraña y complicada que tienen. Paso a las preguntas:

1. Aunque uno de los más cortos, al menos en comparación con el anterior; ha sido uno de los mejores, pues ya comienza a entreverse mejor la trama y por fin se descubren lugares totalmente imaginarios, mágicos y agradables.

2. Si. Todo está perfectamente descrito. Una descripción más amplia podría derivar en tedio, así que mejor dejarlo tal cual, que la mente ya se encarga de crear el resto :) . Solo se necesita aportar ciertas idea que ayuden a imaginarlas y, creeme, las hay =D.

3. Sí, perfectamente. Hasta ahora podemos deducir que Alenâi es muy introvertida, su hermano Midhan todo lo contrario: es activo y extravertido. Por otro lado, Eweon es más cauteloso que su hermano, una semejanza con Alenâi, pero también muy sociable al igual que Midhan.

4. No, todo está bien narrado y explicado. No encuentro ningún fallo significativo :D .

5. Bueno, por ahora, no ha aparecido ningún enemigo y, como consecuencia, casi ningún párrafo de acción. Pero como bien decías, Eweon acaba de saber que es el protagonista de una profecía y, tras tanto tiempo, sus enemigos todavía no se han percatado de que ha comenzado su travesía. Esto, en parte, está justificado, así que nada más que objetar.

Bueno, pues me despido hasta el siguiente capítulo. ¡Ah! Por cierto, vi tu comentario en el blog. Siento no haber contestado, pero es que como ya apenas paso por allí y hacía mucho que lo dejaste. Pero igualmente, gracias por comentar. Comprobarás que el blog está un poco parado… Pues nada, ¡Hasta otra! =D

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