Capítulo VI: El Bosque de Enerah

Enerah era un bosque colosal, quizá tan hermoso como increíblemente extenso. Crecía encajonado en el Valle del Ocaso, situado al noroeste de Nhyun. Wo- Wen, la cordillera de los bárbaros, al oeste, cerraban el paso muchas millas de norte a sur. El Haithlin y la sierra de Kêidolon se alzaban en el lado este del valle, como una oscura pared de piedra, pero desaparecía muchas millas antes que las cordilleras bárbaras. Y cerrando el norte estaba el Lyâ, una montaña alta pero absolutamente incomparable al Haithlin, que estaba rodeada por otras siete montañas más bajas, denominadas el Cerco de Lyâ. De norte a sur serpenteaba el Dopak, el río más importante del reino. Nadie entiende por qué justamente en ese valle perdido crecían los oltaks, los árboles más grandes jamás vistos. Las ramas de aquellos árboles podían llegar a medir una milla entera, si no más. Si bien los árboles nacían bastante lejos unos de otros, sus ramas más largas sí llegaban a entrelazarse, lo que hacía que todo el bosque estuviese cubierto por el techo vegetal que formaban sus hojas y ramas. Por lo demás, otras especies arbóreas crecían abajo, y arbustos y flores brotaban continuamente del suelo, cubierto de hojas, y numerosas especies de animales también poblaban el bosque, ajenos al único pueblo de Hombres que se alzaba allí: Bridell, el pueblo de los encaramados.
En aquél pueblo meditaba el anciano mago llamado Deston. Pensaba en la ruta que tomaría para llevar a joven shieff al Castillo Gris, el misterioso lugar donde en un tiempo nacieron todos los magos del reino. Y, de vez en cuando, por su cabeza cruzaba el oscuro pensamiento que tanto le costaba esquivar. ¿Aquello era lo mejor? ¿De verdad hacía lo correcto, llevándose a un chico imberbe a emprender tamaña empresa, apartándolo de su familia y del pequeño mundo en el que vivía? Su sabiduría y su sensatez, labradas en tiempos que quedaban ya lejanos, le decían que estaba haciendo lo que debía hacer, que era la única opción a seguir en aras de mantener el mundo en pie. Y, sin embargo, algo en su interior le hacía dudar. Un aviso indescriptible, una advertencia sigilosa y confusa. Ahora, sin embargo, no había vuelta atrás para el joven Eweon, que dormía intranquilo en su lecho. Soñaba con un mundo destruido, de tierra plomiza cubierta de ruinas y cadáveres clamando en silencio sus lamentos a un cielo carmesí, plagado de criaturas que caían de pronto entre gemidos y agudos chillidos. Y él estaba en el centro de todo aquello, alzándose entre aquél caos, con los brazos extendidos recogiendo toda la maldad que emanaba el mundo en su último día de vida. Sonrió, complacido. Sólo él quedaba en pie. La magia, pues, había desaparecido por siempre.
Despertó de aquella pesadilla, alarmado. <> se dijo,<< Un mal sueño…>> Se levantó, y se puso la ropa limpia que había dejado cuidadosamente doblada sobre un tocón de madera que tenía colocado en una esquina. Recogió una mochila de vaun que había debajo. Metió en ella las copias manuscritas de algunos pergaminos que había tomado de la Biblioteca. Lora se los daría a Duende para que se los devolviese a los Ancianos. Además, cogió algunos más en blanco y unos pedazos de cairä para poder escribir, y un par de útiles más. Colgó algunos saquitos de su cinto, que llenó de bayas silvestres cuando bajó a la cocina. Se lavó la cara en la pila que había en el pequeño patio trasero, y pestañeó para evitar el llanto. Salió de la casa, y recibió agradecido los cálidos rayos de sol. Nôha estaba hablando con Midhan y Alenâi, que parecían algo agitados. Su hermano se giró y corrió hacia él, para estrecharlo entre sus fuertes brazos.
- Nos vamos contigo, Eweon – le susurró al oido – Hasta donde haga falta, hermano.
La culpa removió las entrañas del muchacho.
- ¿Y madre y padre, Midhan? ¿Acaso les dejaréis solos? – inquirió mientras pudo, antes de que un nudo oprimiese su garganta.
Su hermano, más alto y curtido, se separó y le miró a los ojos.
- Ahora tú eres más importante – dijo, seco y cortante – Y no intentes contradecirnos. Hemos hablado con ellos, y nos permiten partir con Deston y contigo. Mucha gente del pueblo les ayudará, así que no te preocupes, hermano. Aún separados, somos una familia, y saldremos todos adelante. Tú eres lo más importante ahora – repitió, y abrazó de nuevo a Eweon, para luego volver con su padre y Alenâi.
Eweon buscó con la mirada a Deston, que estaba sentado meditabundo un poco apartado. Se sentó a su lado.
- Midhan y Alenâi vienen con nosotros- anunció.
- Lo sé- dijo el viejo – De hecho, creo que es lo mejor para ellos. Aprenderán mucho, y en el Castillo hay sitio y tiempo de sobra, créeme – suspiró aquello de tiempo de sobra con un toque sarcástico, pero el muchacho aún no podía entenderlo – Además, necesitarás un par de jóvenes audaces que te ayuden más que este viejo enclenque en el viaje que nos espera.
Eweon sonrió, aunque no supo si Deston se había dado cuenta. Observó las miles de hojas que se extendían ante ellos. Partirían pronto, y atravesarían el bosque, cosa que no había hecho nunca, y sus hermanos tampoco. Entonces, otro sentimiento brotó en su corazón. El deseo de ver, de conocer lo que había más allá de aquellas ramas, de aquél bosque. El deseo de emprender algo propio, una promesa, un viaje. Y se aferró a este sentimiento para no caer en el de tristeza y nostalgia.
- ¿Qué nos depara Enerah, mi nuevo maestro? – Suspiró, sin dejar de mirar las hojas del árbol – ¿Qué nos depara Nhyun?
- Ojalá tuviera respuesta para tus preguntas, mi joven shieff – murmuró el viejo, jugueteando con el áurea hoja de una finísima rama – Ojalá supiera ahora lo que nos esperará cada mañana de nuestro viaje.
A Eweon le pareció que el anciano mago estaba apenado por la partida, tanto como él mismo. Se levantó, dejando al viejo solo de nuevo. Tenía que ver a su madre.
Entró en la casa de nuevo. Memorizó todos los detalles que ya conocía: la mesa, cerca de la ventana, la cocina y los armarios, la madera y el olor de las flores… Subió las escaleras, contando los peldaños. Llegó al ático de la casa, y la encontró allí, con el primer juguete que Nôha había tallado para Alenâi, una mariposa de madera, con las alas extendidas.
- Oh, hijo – se le cortó la voz. Eweon supo que había estado llorando; sin embargo, sonrió sinceramente al verlo – Ven, corre. Tengo que darte algo.
El muchacho se sorprendió, pero guardó silencio, mientras su madre rebuscaba en el interior de un gran arcón de madera ese regalo que le iba a dar.
- Mira, ¡aquí está! –Se volvió al chico, con un extraño objeto en las manos – Mi abuelo me lo regaló cuando era yo una niña. Ahora te pertenece a ti – le tendió un colgante, una bellota de algo parecido a cristal opaco, que estaba prendida de una cuerda negra y fina – Arân, lo llamaba. Me contó que hacía afortunado a quién lo llevaba puesto, hijo. Yo lo llevé un tiempo, hasta que apareció tu padre, y llegasteis tus hermanos y tú. Y entonces supe que ya era suficientemente afortunada – sonrió, y otra lágrima corrió por su mejilla.
Eweon la abrazó, intentando transmitirle todo el amor que sentía por ella.
- Volveremos a vernos, madre, te lo prometo – dijo el muchacho, sereno – Algún día, cuando sea un mago, y todo esto haya terminado, tornaré a Bridell, y regresaré a vuestro lado. Hasta entonces – apretó fuerte a Arân en su puño – te juro que siempre que vea este amuleto os recordaré, y jamás estaremos alejados del todo.
Lora sonrió, y besó a su hijo en la mejilla.
- Despídete de tu padre, y marchad. Os queda mucho camino. Os queda todo el camino. ¡Y dile a Midhan que he puesto comida en su mochila! Ahora vete, Eweon. Tengo que quedarme un rato más a… – se le quebró la voz, pero al joven no le hizo falta más. Asintió, y bajó las escaleras despacio, que crujían bajo sus pies.
Una vez afuera, contempló su precioso hogar una vez más. Alta, esbelta, de dos pisos y un ático, construida frente a una enorme rama donde Nôha había tallado las habitaciones de los tres jóvenes. El tejado puntiagudo parecía desafiar la altura del árbol.
- Recuerda siempre lo que te hemos enseñado, hijo mío – susurró la voz grave y profunda de Nôha – Que todo aquello que aprendas en las Torres y que nosotros no hemos podido mostrarte no cambie quién eres por dentro, ¿de acuerdo? Deston quiere partir pronto, pues desea atravesar parte del bosque siendo aún de día – hincó una rodilla en el suelo, y miró a Eweon a los ojos – El viaje puede ser duro, peligroso, difícil y llegará el momento en que pienses que es imposible continuar. Sin embargo, has de seguir, hijo mío, has de continuar y seguir siempre mirando al frente. Eso es lo que te distinguirá de entre todos los demás, y lo que hará que nuestro sacrificio dejándote marchar merezca la pena. Ahora, vete, Eweon, y ten presente lo que te he dicho.
- Padre… – las lágrimas humedecieron sus ojos, pero no se atrevieron a continuar su camino. El joven se las secó con la manga, y continuó – Adiós, padre. Siempre lo recordaré, te lo prometo.
Se abrazaron un instante, y Eweon no quiso dejar pasar el momento. Sin embargo, Nôha le apartó suavemente, sonrió y entró en la casa, buscando a su esposa. El muchacho se atrevió a llorar entonces, silencioso y sin convulsionarse. Cuando acabó se puso su mochila al hombro, y se alejó poco a poco de su casa. Se giró una última vez, y le pareció ver, a través de la ventana del ático, a sus padres, abrazándose, vigilando la marcha de sus hijos. Les dedicó una sonrisa, y se apresuró en seguir al viejo y a sus hermanos.
***
Fueron dejando las ramas medias atrás, y descendieron por un sinfín de puentes colgantes y escalones hasta el Tronco. Deston iba en cabeza, ataviado con una amplia túnica gris. Midhan iba detrás, cabizbajo y con los hombros hundidos. Llevaba unas ropas similares a las de Eweon: botas altas de vaun, pantalones largos atados con un cinto, camisas de algodón y un chaleco. Y le sorprendió ver a Alenâi envuelta en un sencillo hábito marrón, y se había cubierto la cabeza con la capucha, sumergiendo su rostro en las sombras. Sus ojos ambarinos, sin embargo, relucían aún desde las tinieblas como si fuesen dos llamas amarillas envueltas de oscuridad. Se fijó en que llevaba su arco colgado a la espalda, con bastantes flechas en su carcaj. Él no había traído consigo más que una daga para cortar hojas y bayas, pero no había reparado en la posibilidad de portar armas consigo.
Llegaron al suelo, donde abandonaron la fila y se apelotonaron un poco. Midhan parecía maravillado ante la inmensidad del bosque, y Alenâi se mostraba tan indiferente como encandilada, como si ya hubiese recorrido todos los rincones de Enerah, como si los recordase y a la vez todo supusiera una nueva sorpresa para ella. Eweon lo observaba todo, intentaba contemplar todos los detalles del bosque, cada animal, cada flor, cada árbol.
Durante toda la mañana, el suave suelo de Enerah se deslizó bajo sus pies. Quizás en las zonas del bosque más cercanas a las faldas de las montañas el camino hubiese sido dificultoso y plagado de desniveles y obstáculos. Sin embargo, caminaban por el centro del valle, buscando el cauce del río. Sólo tuvieron que saltar un par de troncos en alguna ocasión, y quizás evitar algunos barrizales. Pese a todo, aún sin viajar por un camino trazado, Enerah se dejaba recorrer en paz.
Llegaron a una enorme roca cubierta de musgo y donde crecía un pequeño arbolito.
- Enerah – soltó Deston, mientras rebuscaba comida entre sus alforjas – es un bosque demasiado extenso, muchachos. Tardaremos cerca de tres jornadas en recorrerlo todo a pie, en la estación en la que estamos. Tiempo suficiente para que os enseñe algunas cosas que os harán falta fuera del bosque. ¿Sabéis defenderos con las armas?
- ¡Sí! – Exclamó Midhan, convencido – Eweon y yo llevamos practicando desde niños con la espada, y Alenâi es increíble con su arco. ¡Podríamos hacer frente a cualquier bárbaro que nos encontremos!
- Más despacio, mi joven compañero – advirtió Deston, con aquella aterciopelada voz que inspiraba confianza y tranquilidad; sacó cuatro pequeñas figurillas de madera, pero que no parecían tener detalles bien tallados. De hecho, parecían cuatro simples ramas de arbusto – Creo que primero tendré que ver los resultados de ese supuesto adiestramiento que os habéis impartido – sentenció, convencido. Entonces susurró unas palabras en un lenguaje que Eweon no conocía, y las tres sencillas ramitas se retorcieron sobre sí mismas. Chirridos metálicos y destellos argénteos, y tras aquél espectáculo, Deston tenía cuatro espadas relucientes en sus curtidas manos – ¿Vais a quedaros ahí mucho rato? Uno es ya viejo, y los brazos le fallan, así que agradecería que os dieseis un poco de prisa.
Midhan, como siempre, fue el primero en reaccionar. Cogió tan aprisa como pudo la espada que tenía el filo más largo y ancho, y que emitía fulgores índigos. Saboreó lentamente el tacto del acero, y lo hizo girar un par de veces. Ligero, equilibrado, frío.
Eweon le secundó, tomando para sí la espada que tenía nervaduras escarlatas recorriendo toda la hoja. Era un palmo más corta que la de su hermano, pero mucho más flexible y adecuada para sus movimientos. Hizo un par de movimientos lentos, conteniendo el aliento. El gélido acero rasgó el aire, extirpando un par de notas perdidas de él.
Alenâi escogió una cimitarra con motivos de palomas en el puño. No supo juzgar ni el perfecto equilibrio ni la sorprendente velocidad de su poderosa arma aún, pero sí la indómita belleza que profería del acero.
Esperaron las instrucciones de Deston, que sostenía con una sonrisa su propia espada, larga y pesada, sin filigranas de algún tipo. Un acero sencillo, de doble filo y mango ancho, ideal para batallas pesadas sin demasiado exhibicionismo. La brutalidad y la efectividad acompañadas de la técnica y la agilidad de un experimentado guerrero.
- Deston, ¿acaso vas a dejarnos usar… esto? – Preguntó Midhan, con el ceño fruncido, mientras balanceaba suavemente su espada – ¿No es un poco…?
- ¿Peligroso? – Adivinó el anciano – No tenéis por qué temer nada. He conjurado aquellos cuatro palos para que pareciesen espadas, no para que fuesen espadas. Vuestra primera lección, mis jóvenes compañeros: no os fiéis de lo que os demuestren vuestros ojos, pues no hay mayor puerta para la mentira y el engaño.
- ¿Cómo? ¿Nos dices que permanezcamos ajenos a lo que vemos? – inquirió Midhan, un poco molesto.
- No confundas mis palabras, muchacho. He dicho que no confiéis, no que permanezcáis ajenos.
- Pero… ¡Pero eso es absurdo! – Gritó – ¿Acaso niegas la existencia de este bosque, de este árbol? ¿Acaso niegas la existencia de mis hermanos, o de mí mismo?
Deston pareció irritado durante un instante por la terquedad de su discípulo, pero se tranquilizó. Arrojó la espada al suelo, y varios pájaros salieron volando de su escondite. Miró fijamente a los ojos del chico, y extendió los brazos. Entonces se acercó las manos al rostro, y tras susurrar unas palabras, volvió a bajar los brazos. Pero ahora lucía las jóvenes y frescas facciones de Midhan, que lo miraba atónito, sin dar crédito.
- ¿Soy tú? – fue lo único que dijo Deston, con la voz más calma del mundo.
Midhan masculló una palabra que se tornó gruñido, mientras bajaba los ojos. Deston deshizo pronto su encantamiento, repitiendo los mismos gestos que antes.
- Será mejor, pues, que empecemos con esto – anunció, al tiempo que chasqueaba los dedos y la espada regresaba mágicamente a su mano – Lo primero que quiero que hagamos es una serie de duelos breves, para ver en qué flaqueáis y qué se puede sacar de vosotros. Así que, Alenâi, ¿quieres empezar tú? – hizo una elegante reverencia, con los brazos extendidos a ambos lados.
La joven dudó. Siempre había preferido jugar con arcos, si bien hacía tiempo que no se dedicaba a disparar flechas por Bridell. Dejó de ser la pequeña Alenâi, fantasiosa y coqueta, como todas las demás chicas, para convertirse en una Alenâi reservada, misteriosa, entristecida. Se quitó la capucha, dejando caer su oscuro cabello, que bailó suavemente junto a la brisa que recorría silbando los árboles. Sujetó la cimitarra con las dos manos, y tensó la espalda. Deston sonrió, y se acercó despacio. Hizo rozar ambos aceros, sin llegar a efectuar ningún golpe, expectante.
- Intenta utilizar un solo brazo, muchacha. Tu cimitarra es rápida, así que no la limites usando tus dos puños. Déjala fluir, ¿entiendes? Bien… Flexiona las rodillas. ¡Unas piernas tiesas no te dejarán moverte!
Alenâi hizo caso en todo. Pronto se fue acostumbrando a los primeros movimientos, las fintas sencillas o los saltos cortos. Pero aún parecía demasiado contraída, no se movía con soltura, como si temiese que el acero cobrase vida de pronto. Deston mantenía el ritmo, y daba pie a los turnos del ataque y la defensa, por lo que mantenía todo el peso del combate, y no daba pie a que la muchacha tomase demasiadas iniciativas. Tras un par de destellos más, el viejo detuvo el duelo.
- ¡Sorprendente, muchacha! – aplaudió el anciano – No esperaba tanto de ti, Alenâi. Siéntate, descansa. Corregiremos ese miedo tuyo a base de práctica, créeme – guiñó un ojo – Pero, ¡veamos ahora si tus hermanos son capaces de sorprenderme tanto como tú! Así, ¿Midhan…?
- Ahora y cuando quieras, Deston – repuso, sonriendo.
Por primera vez en su vida, Midhan tenía un acero casi real en sus manos. Frío al tacto y de una belleza increíble. Sus ojos se deslizaron por el filo de la espada, una y otra vez, y acabaron luego en Deston, que esperaba pacientemente el comienzo del duelo. Midhan balanceó su acero de un lado a otro, como siempre hacía con su hermano para tantear el terreno. Fue el viejo el que se acercó, cargando su espada desde el costado. El golpe apuntaba directamente a las costillas del joven; pese a la fuerza del anciano, el chico logró detenerlo. Sin embargo, aquello no había sido más que el principio: Deston se deslizó asombrosamente rápido hasta colocarse detrás del muchacho, que no tuvo tiempo para atacar, por lo que se vio obligado a defenderse de la estocada del anciano. Deston hacía alarde de su experiencia y excepcional habilidad, con fintas precisas y desconcertantes, y golpes elegantes a la par que contundentes. Sin embargo, Eweon se dio cuenta que el viejo no mostraba ni un resquicio de lo que en realidad podía hacer. Atacaba a las costillas, al pecho y en rara ocasión al cuello, cuando la defensa de Midhan flaqueaba contra los ataques descendentes, dado que el joven no se movía apenas, y basaba todos sus movimientos en la fuerza de la espada. Deston continuaba forzándolo a la defensa, y poco a poco aceleró el ritmo del combate. Las estocadas se solapaban y no había apenas tiempo para pararlas todas. En un descuido, Midhan tropezó con su propio tobillo, y calló de bruces al suelo. El viejo se quedó mirando, con el acero apuntando directamente hacia su avergonzado rival.
- Vaya, Midhan – jadeó el viejo, que ahora daba unas muestras de cansancio que Eweon no supo apreciar durante el duelo – Francamente bien, muchacho. Vamos, levanta. Vas a tener que mejorar esa agilidad, y aprender a mover esas piernas, que para algo las tienes. Tienes la fuerza de un guerrero, eso sí te lo puedo asegurar – aseguró, estrechando el brazo del chico – La fuerza, la resistencia y el coraje de un guerrero.
- Y tú la fuerza y agilidad de un pipiolo recién salido del huevo – bromeó Midhan, mientras se levantaba – Ciertamente, no consigo explicarme cómo un honorable anciano como tú se mantiene en tan buena forma, con la espada, al menos.
El mago replicó con una carcajada.
- Sin duda, el mejor secreto es… – dijo, mientras rebuscaba en una de sus alforjas. Sacó una pequeña ampolla llena de un líquido dorado – ¡beber esto a cientos!
Eweon se levantó, ansioso por probar su técnica ante su maestro.
- Tu turno, muchacho – asintió Deston, mientras guardaba de nuevo su botella – Veamos lo que sabes hacer…
El muchacho sabía que debía ser el primero en lanzarse al ataque, o le sucedería lo mismo que a su hermano. Así que corrió directamente hacia Deston, con la espada bailando tras de él, a su derecha. El anciano preparó un golpe dirigido a su flanco izquierdo, que no parecía estar defendido. Sin embargo, sólo era una pequeña artimaña. A un paso, Eweon dio un taconazo y viró sobre sí mismo una vez. El mago había dejado de atacar previendo un golpe por su derecha, que llegó, sin embargo, por la izquierda. Pudo librarse de aquello con una finta y un rápido movimiento de su acero, pero en sus ojos se podía leer el desconcierto.
- ¿Dónde aprendiste a hacer eso, hijo? – inquirió, anonadado.
- ¿Dónde? En ningún sitio – jadeó Eweon – En Bridell, supongo.
Deston probó las tácticas ofensivas de Eweon, defendiéndose durante bastante rato, a base de fintas y saltos. El chico tenía la gracia de un bailarín, y medía cuidadosamente todos sus movimientos: no dejaba cabos sueltos, posibles tropiezos, errores. Deston sabía que aquello era talento, un talento sin explotar y aún bruto, pero que sin duda podía sacar algo de aquellos dos muchachos. Midhan poseía la brutalidad de un bárbaro, y Eweon la elegancia de un Alto. Eran jóvenes, inexpertos, sí, pero en su sangre estaban impresas las huellas de la guerra.
En un momento, Deston pareció olvidar contra quién luchaba, perdido en sus cavilaciones, y pasó mecánicamente a una feroz ofensiva. Su acero adquirió velocidad y fuerza, y sus ojos ardían como brasas carmesí. A duras penas lograba Eweon zafarse de las estocadas que asestaba el mago, y poco a poco retrocedió hasta quedar entre el viejo y el tronco de un árbol.
- ¡Me rindo! – exclamó, soltando su espada.
Deston salió de su aturdimiento. Sin embargo, aún parecía un tanto conmocionado.
- Muy bien, Eweon – extendió la mano, y todas las espadas volaron hasta ella, y en el aire se fueron transformando en pequeñas ramitas de árbol, que guardó en un bolsillo – Ha sido un verdadero honor poder enfrentarme a ti, ¡a todos vosotros! – Recuperó lentamente su sonrisa habitual – Sin duda, podré sacar algo de estos cuerpos debiluchos y fofos, si bien mi objetivo es sacar algo de vuestra cabeza y vuestro corazón. Caminaremos ahora buscando el murmullo del agua, y desde ahí seguiremos hacia el sur, hasta que necesitemos hacer un alto. Mientras tanto, quiero que meditéis este acertijo:
¿Qué son lo que sólo vemos,
Cuando las llamas se apagan en el agua?
Pues son los cuatro vértices de un triángulo,
Y de ellas, sólo son tres.
Y de tres, sólo dos son para siempre,
Y de dos, sólo una es el Hogar.

***

- ¡Cuatro vértices de un triángulo! – le susurró el irritado Midhan a su hermano – ¿Qué sentido tiene eso, dime? Ese viejo no nos conducirá a ningún lado, ¡y no dirás que no te avisé!
Eweon rió, y le hizo un gesto a su hermano, indicando que no le diría la respuesta por nada del mundo, ni por miradas suplicantes ni por frustrados bramidos.
El día transcurría ameno, no por ello monótono. Cada recodo de aquél bosque parecía esconder receloso un secreto antiguo como los arrugados árboles que retorcían sus lúgubres garras al cielo. Deston se divertía tarareando canciones y bailando entre las hojas caídas, y en ocasiones se detenía con los brazos extendidos a ambos lados y el rostro encarado hacia el cielo, como un árbol en busca de la luz del Fuego, esperando a que algún pajarillo decidiera descansar con él y cantar a su lado.
A Eweon le maravillaba aquello. La fuerza indómita del bosque, el poder atávico de la naturaleza, el susurrante latido de los árboles, el viento bailando entre las ramas, meciendo las hojas doradas. Se sentía en armonía con la tierra y la vida, y se preguntó cómo sería pasar tantos allias confinado por propia voluntad en una Torre de fría e inerte roca.
- ¡Respirad el aire, sentid el calor del sol! – gritó Deston, que andaba ahora un poco por detrás de la pequeña comitiva de jóvenes – Amad el bosque, ¡sentid que Enerah vive!
- Ya lo tengo – susurró Alenâi – Creo… ¡Creo que ya sé qué significa tu acertijo!
Deston sonrió, e invitó a los dos muchachos a que se sentasen a escuchar a su hermana.
- Demuéstralo, muchacha – apremió el mago.
- Pues… – balbució ella, un tanto azorada – Dices que hay algo que sólo vemos cuando las llamas se apagan en el agua. En el este hay agua, mar, quiero decir. Y el Fuego se pone por el este, es decir, “se apaga” al hundirse en el océano – leyó el orgullo en los ojos de su maestro – La verdad es que aún no sé qué es eso de los cuatro vértices de un triángulo – confesó, y sus mejillas se sonrojaron un poco – pero dices que de tres, sólo dos son para siempre. Dos de las lunas siempre brillan en el cielo nocturno, y la última va y viene, ¿verdad? Y sólo una es el hogar, creo que se refiere a Läwa, la morada de los dioses.
- ¡Genial, jovencita! – aplaudió Deston. Midhan rió a su vez, entendiendo la sencillez del acertijo – Y ahora, Eweon, ¿te importaría explicarles el cuarto vértice del triángulo a tus hermanos? Yo voy a hacer la comida, ¡tengo hambre! ¿Acaso vuestras fuertes y jóvenes piernas no os fallan con el estómago vacío?

En cuanto el agua del pequeño cazo empezó a bullir, Deston apagó el fuego mágico que había conjurado.
- La clave para que estas diminutas cositas rojas se conviertan en un plato convincente – dijo, sin apartar la vista de la comida – es vigilar que nunca haya demasiado calor. O, al menos, eso decía mi abuela. Y si lo decía ella, es porque era verdad – añadió, guiñando un ojo.
Entre bocados, el anciano mago les contó historias sobre si infancia. Cómo se crió en una granja, en la que trabajaba de sol a sol desde que sus piernas aguantaban su peso; cómo su abuela le enseñó los principios del funcionamiento del mundo y la vida; cómo un día dejó a los suyos para encerrarse durante doce allias en un castillo del que apenas conocía nada más que las tenues palabras de una mujer ataviada con una larga túnica negra, que hacía un extraño juego con su pelo oscuro aunque ya bañado por dos mechones blancos a ambos lados de la cara. Pero el mago prefirió no desvelar el pesado manto de misterio que rodeaba el futuro de los tres hermanos.
- Arriba entonces – apremió mientras daba un salto, una vez terminó de contarles por qué su madre dormía con un ojo abierto y un cuchillo de cocina bajo la almohada – No nos queda mucho para encontrar el río, según creo, pues desde hace un rato escucho algún croar de rana y el sonido de cañas golpeándose contra las piedras. ¡Me extraña que el Dopak esté tan tranquilo! Supongo que hasta para un río debe resultar cansado arrastrar las aguas desde el Lejano Norte hasta el océano…

Un diminuto insecto alado se había posado sobre la suave lana de la caña de vâunal que crecía a orillas del río. No era muy normal que las cañas crecieran tan al norte, le pareció a Eweon, pues sabía que en Bridell había que esperar a que los Mercantes trajeran las telas de vaun o los tejidos más fuertes, estos tratados en aldeas del sur. Pero ahí estaban las vâunals, creciendo a pequeños puñados aquí y allí, como si alguien hubiese esparcido las semillas sin ningún tipo de orden y a las plantas no les hubiera importado seguir creciendo. Y el diminuto insecto salió volando, dispuesto a sobrevolar la cristalina superficie del Dopak, a extender sus seis frágiles alas transparentes y elevarse libre, atravesando las copas de Enerah.
Al lado del río había más luz. Aquello fue algo curioso, en cierto modo. Las ramas de Bridell sólo dejaban pasar una luz razonable cuando el sol estaba en su cénit, y a partir de ese momento las hojas protegían con su suave manto de sombra a los encaramados. Y abajo, caminando cubiertos por las ramas de los inmensos oltaks y el resto de árboles más bajos, Eweon se había percatado ya de que los finos rayos del sol se hacían a cada momento más débiles, fugaces, tenues. Pero ahora que el gran Dopak desgarraba el bosque, dividiendo Enerah en las dos piezas simétricas de un mismo todo, las refulgentes llamas del Fuego ardían sobre cada hoja, cada recodo de tierra, cada piedra de río o cada lengua de agua con decisión y aplomo. Y este hecho le hizo sonreír y disfrutar del calor que hacia cosquillas en su rostro.
- Dsüsten ighen dai, dsüsten, dsüsten! Ighan dai nagh paih! – Canturreó Deston, contento, mientras le tendía un brazo a Midhan, incitándolo a bailar – Ven, que yo te enseño a bailar esto. ¡Es fácil! Mira, tú brinca cuando escuches dsüsten… – Midhan se dejó llevar, demasiado risueño como para que la vergüenza arruinase aquél momento. Y los dos acabaron por cantar esa canción en un idioma que a Eweon le sonaba a cáscaras de frutos secos rebotando contra el suelo, como uno de los instrumentos de los estudiantes del Quinto, pero que no conocía. Y, como se acordó de alguna de sus clases de ese maravilloso arte del sonido, decidió hacerse una pequeña aigáhan, pues el Anciano que impartía clases del Quinto – cuyo nombre no recordaba ahora, aunque sabía que era típico de Bridell – les había enseñado una vez cómo fabricar aquél sencillo instrumento de viento. Sólo hacía falta una caña de vâunal, alguna herramienta que hiciese agujeros y una caña algo más fina, que doblada en cuatro entrase justo en el extremo de la primera. Así que le pidió un cuchillo fuerte a Deston, pues el suyo era apenas para cortar bayas, y se hizo con el tramo final de una vâunal que había arrancado el río y arrastrado a la orilla. Luego se hizo con el fino tallo de una alta flor violeta y azul, que crecía al lado de un arbusto. Se cuidó de cortar sólo lo justo para que la flor creciese de nuevo, y siguió su camino. No podía quedarse tan atrás, y no haría detenerse a los demás por algo tan nimio como una aigáhan.
El Fuego declinó por el lado este del bosque, y el frescor de la noche inundó Enerah, cubriendo las copas de los árboles con un manto de estrellas sólo salpicado por los tres refulgentes colores de Läwa, Lennet y Lâo, que ofrecían un inquietante espectáculo allá arriba. Esta última, la luna verde, desaparecería a la noche siguiente y no volvería a verse hasta Wethania, bien entrada ya la estación fría. Entonces Eweon se dio cuenta de que, aunque no sabía a qué distancia se encontraba el Castillo, debían apremiar, o las nieves alcanzarían su paso pronto, haciendo imposible continuar con su camino. Se tranquilizó pensando que Deston era un hombre previsor, que ya había reparado en aquello, que tenía un plan…
Pasaremos aquí la noche, pequeños – anunció el Gris, interrumpiendo las cavilaciones del muchacho. Dejó su mochila bajo las enormes raíces de un viejo oltak, que les cubriría en caso de que el viento les portase tormenta. El improvisado refugio estaba a varios pasos del río, por lo que pasarían desapercibidos en caso de que algún cervatillo decidiese beber de las aguas del Dopak, mas aún escuchaban el murmullo de las aguas – No podemos arriesgarnos a seguir en la noche, expuestos a los ârokeis que siguen nuestros pasos. Sin embargo, estaremos seguros si me ayudáis a encontrar algunas plantas y setas que crecen por aquí.
Empezó a nombrarles la lista de flores, raíces y hongos que necesitaría, tan variadas como la arânula, el rewen, la hoja de viselâina, o las setas cabezancha más viejas. No tardaron en encontrarlas todas, entre arbustos o bajo algún árbol. Entonces el mago hizo un gran círculo con ellas, alrededor de las raíces del oltak. Prendió fuego al circulo – conjuró una chispa murmurando alguna palabra en uno de aquellos extraños lenguajes que tanto dominaba el viejo – y éste ardió pronto en llamas azuladas, que sin embargo se extinguieron tan pronto como habían aparecido. Un agradable olor a flores y humo bañó los sentidos de todos.
- Esto lo aprendí en uno de mis viajes – explicó después a los muchachos – Los hacen las tribus bárbaras para defenderse de los lobos. El olor que a nosotros nos resulta agradable y relajante, a ellos los confunde y les impide seguir un rastro concreto. Además, impide que los humanos perdamos el control si nos topamos con un ârokei. ¡O eso espero! – soltó una carcajada, libre de temor.
- Entonces, ¿son ciertas las historias de los Mercantes? – preguntó Midhan.
- Todo depende de lo que cuenten, ¿no te parece? – Sonrió el viejo – ¿Por qué no intentas relatarnos alguna de esas historias, pequeño?
Midhan no parecía muy convencido pero, tras pensárselo un poco, empezó.
- Cada vez que vienen los mercaderes del sur, o los que menos del este, se pueden escuchar sus fanfarronas historias en Las Tres Valientes – alternó miradas con todos, como dejando claras sus palabras – Una vez escuché que uno de aquellos nómadas se desvió de la ruta que seguían, y anduvo vagando por Enerah durante cinco días y cinco noches – justo cuando dijo eso, Deston conjuró un par de esferas luminosas que se mantuvieron flotando tranquilas por el aire, sin alejarse demasiado – Y, adivinad, ¡se topó de lleno con una de esas bestias! ¿Y qué ocurrió? El gran lobo era furia y odio en esencia, el mayor de todos los males, de mirada asesina y dientes afilados como escarpias. Y el tipo, pese al miedo que sentía, pese al lógico deseo de salir huyendo, se quedó allí plantado. Y el miedo se disipó: una loca ira se apoderó de su cuerpo y… ¡No se le ocurrió otra cosa mejor que saltar contra el ârokei! ¡Exacto, sin armas, cuerpo a cuerpo! Aunque la pelea no duró mucho. Según dijo el hombre, que había estado a punto de perder un brazo, por cierto, un enorme individuo de piel oscura cayó del cielo y con un flautín mágico encandiló a la bestia y la hizo huir por el bosque.

que sentía, pese al impulso de huir, se quedó allí, plantado. Y el miedo se disipó; una loca ira se apoderó de su cuerpo y… ¡No se le ocurrió otra cosa mejor que saltar contra el ârokei! ¡Sí, sin armas, cuerpo a cuerpo! Pero la pelea no duró mucho. Escuché que un enorme individuo apareció de pronto, y con un flautín encandiló al lobo y lo hizo huir por el bosque.
Se hizo el silencio. Deston no había perdido aquella sonrisa picarona y refinada tan propia de él, y había disfrutado de la historia de Midhan con mucho interés, para orgullo del chico.
- Pues sí, eso es lo que pasa – contestó al fin el mago, mientras cogía una rama del suelo. Hizo algunos dibujos sin sentido con la tierra húmeda mientras decía – Por algún motivo, la raza de losos Hombres y los ârokeis están en guerra y no cabe una posible reconciliación. Cuando se encuentran, el odio les invade y pierden el control sobre ellos mismos, y se lanzan al ataque sin importar el momento, el lugar, el peligro. Y, sin armas, tened por seguro que es el Hombre quien tiene todas las de perder – escudriñó el cielo nocturno, y asintió – Bien, pequeños, es tarde, y mañana hemos de recorrer una gran distancia si queremos salir de aquí tal y como hemos previsto. Así que lo mejor que podéis hacer ahora es dormir todo lo posible. Midhan, tú harás la segunda guardia y Eweon la tercera. ¡Descansad, vamos! La noche os parecerá en pocas jornadas como esta demasiado corta, y aprenderéis a aprovechar cada momento de sueño – advirtió, e hizo un gesto con la mano para que las luces se fueran apagando hasta desaparecer en silencio.
Sobre una manta gruesa y tapado solamente con sus mismas ropas, Eweon cerró los ojos y se dispuso a dormir. Imaginó qué le depararía el viaje que acababa de emprender, las aventuras que se avenían, el riesgo, el peligro. Sin embargo, cuando la delgada línea que separa como un muro el reino de la imaginación del mundo salvaje e inexplorado del sueño, no pudo evitar que las espadas y las bolas de fuego dejaran paso al nítido recuerdo de sus padres, que protagonizarían aquél tranquilo y hermoso sueño…

- Eh, hermano, vamos, despierta. Es tu turno – la molesta voz de Midhan zumbaba en su oído, y sus fuertes manos le empujaban con torpe suavidad. Eweon tardó un poco en recordar dónde estaba y por qué su hermano le apremiaba a despertar. Entre gemidos, logró incorporarse – Deston me ha pedido que te de esto, ¡lo siento! – suplicó Midhan, mientras le sujetaba desde atrás y le arrimaba a la fuerza un vaso de barro para hacerle tragar un ardiente licor, que evocó en la obnubilada mente del chico la imagen del fuego de Sirith y las llameantes brasas de Elereth arrasando su garganta. Apunto anduvo de escupir aquella bebida del tercer Abismo, pero su hermano le tapó la boca – Quema, ¿eh? Es para que te espabiles, Eweon. Te mantendrá despierto hasta mañana. Deston ya ha hecho su guardia y yo la mía, y como habíamos acordado, te toca la tercera. Y ahora, mi joven hermano, me dispongo a acostarme y a dormir lo poco que quede de noche, y juro por todos los Dioses que como me despiertes te arrancaré los brazos y los tiraré al río, ¿entendido?
- Déjate de blasfemias y cierra los ojos y la boca, que no hay nada mejor para que el Sueño te atrape que hacerte pasar por ciego y mudo.
Midhan sonrió, recordando las historias que les contaba su madre acerca del Señor Sueño cuando eran pequeños.
- Buenas noches, Eweon.
- Disfruta, hermano – le guiñó un ojo, y le arrojó su propia manta, pues hacía ya frío bajo la cúpula de estrellas.
Eweon trepó por la raíz bajo la que había dormido, que tenía tres o cuatro codos de ancho. Allí se sentó y esperó. Una densa niebla se había hecho paso entre los árboles mientras él dormía, y ahora Enerah se le antojaba tétrico y oscuro. Los lamentos de docenas de animales resonaban por el bosque, como un fúnebre eco que coreaba un mal presentimiento. El ulular de un búho o el aleteo de un pájaro. Intentó ver las lunas, pero no pudo. Las ramas parecían encerrar la pequeña comitiva en una colosal prisión con vida propia. No, eran sensaciones suyas. Aquello no estaba bien, Eweon necesitaba algo entre las manos, dejar de pensar. Así que sacó las cañas de un bolsillo de la chaqueta y el cuchillo que se había colgado al cinto. Talló con cuidado la forma de la aigáhan, se cuidó de hacer los pliegues exactos en el tallo de flor, hizo los agujeros en los sitios exactos. Terminó, con algún que otro corte en las manos. Tocó entonces una canción, que no recordaba haber aprendido. Las tersas notas que se elevaban por el bosque hicieron quejarse a algún morador que dormía, así que Eweon prefirió no molestar. Se deslizó abajo por aquella raíz, y consiguió encontrar un palo casi recto que había por ahí tirado, y dio gracias por su suerte. Salió del círculo, aunque no perdió aquél refugio de vista, pues sabía que no tendría ninguna oportunidad si…
Apartó de sus recuerdos el odio, la rabia. No, el corar de las ranas, el gemido de los insectos, el suave crujir de las hojas. Todo podía escucharse, y aquello era una buena señal.
Eweon había intentado guardar en su retina algunos de los movimientos fuertes y estilizados de Deston. Encontró un árbol grueso, quizás un cedro o un énderlen del norte. Al principio despacio, y luego con más ímpetu, realizó los golpes, las fintas, los amagos y las estocadas. Intentó captar la esencia de aquél estilo tan preciso, pero…
Se preguntó de quién habría aprendido el viejo. ¿Enseñarían eso en el Castillo? ¿Había estado alistado en las filas de los soldados de la Reina? ¿O lo habría aprendido por su cuenta, a base de observación y práctica? Práctica… ¿Contra quién habría luchado el mago a lo largo de su vida?
Aún le costaba pensar en Deston como un mago.
Como algo más que el viejo Cuentacuentos amigos de su padre…
Y, ¿en qué lugar de aquél pergamino estaría Deston? ¿Sería uno de aquellos buenos magos, que utilizaban su poder para ayudar al pueblo, que ponían todo su espíritu en conseguir la paz y la calma? Seguro que así era. Conocía a Deston…
Rió. ¡Quién conocía a aquél viejo Gris!, pensó. Si había logrado ocultar su identidad, su rango durante tanto tiempo, ¿qué le impediría haber guardado otros secretos, mucho más oscuros, mucho más terribles?
Un trozo de la corteza del árbol saltó y le arañó la cara. Notó una gota de sangre resbalando por su rostro, caliente, reposada. Quizás aquella era la pequeña venganza por pensar así. ¿Qué le estaba pasando? Deston no había dado motivos para que dudara de su bondad, de su fidelidad, de su amistad.
No notó que había amanecido hasta que los Pastores del Alba despertaron Enerah con sus fuertes aullidos. Se dio prisa en volver al círculo, no quería que el mago se percatase de su imprudencia.
- ¡Buenos días! – saludó el chico, intentando despertar a los demás. Alenâi hizo caso, tenía el sueño ligero, y se levantó delicadamente. Sus ojos parecían castaños… No, también eran ilusiones suyas. Cuando cruzaron una mirada, descubrió que seguían siendo de aquél curioso color ambarino. Deston despertó al segundo aviso, y estiró los músculos y le crujieron los huesos. Eweon señaló a su hermano – Yo no pienso arriesgarme a despertarlo, no importa si tengo que dejármelo aquí.
Alenâi sonrió, y Deston no se planteó contener la primera carcajada del día.
- De eso ya me encargo yo, ¿verdad, mi pequeño compañero? – le susurró a Midhan, mientras hacía figuras con una mano. En la yema de su dedo índice apareció una diminuta gota de agua, que pronto se hizo grande como un puño. Entonces Deston la dirijo sin piedad sobre el rostro somnoliento del muchacho, que saltó casi al momento sobre el cuello del viejo, enfurecido y tiritando de frío. El mago se zafó de él sin mucha dificultad, riendo.
- ¡Estaréis contentos! Oh, por favor… Mirad mi ropa, ¡mirad! ¡Ahora tendré que ponerme algo seco! – Se apartó el pelo mojado de los ojos, para mostrar su entrecejo fruncido en un gesto de enfado – Ha sido idea tuya, ¿verdad, Eweon? ¡Te mato!
Salieron corriendo, aunque en pocas zancadas Midhan saltó por encima de Eweon y lo hizo caer al suelo. Se sentó a horcajadas sobre él, y empezó a hacerle cosquillas, impasible a los ruegos de su hermano.
Recogieron sus cosas y emprendieron de nuevo el viaje. El mago parecía conocer bien la ruta, aunque en Enerah Eweon no había visto aún ruta alguna. Quizás se debía a que las hojas de los oltaks taparían cualquier camino en cuestión de meses, quién sabe. Pronto volvieron a caminar al lado del Dopak, y repusieron sus reservas de agua en un pequeño remanso del río. Deston cogió con extremado cuidado una hoja verde y la remojó en el agua, luego apretó el tallo de la planta y extrajo un poco de savia blanca, que expandió por la hoja con cuidado de no desperdiciar ni una sola gota. Luego llamó a Eweon a su lado.
- Ponte esto en la mejilla, chico – le tendió la hoja, y Eweon obedeció – ¿Cómo te hiciste esa magulladura?
- Me caí – mintió, aún sabiendo que Deston lo notaría – ¿Qué es?
- Se llama jirwel. Su savia acelera la recuperación de la piel, por lo que se usa para curar heridas. Y sus raíces, combinadas con otras, pueden utilizarse en pócimas para curar inflamaciones de garganta, por ejemplo. Pero, ¡cuidado con sus hojas! Tienen un poco de veneno, ¿ves? – Señaló unas pequeñas protuberancias que había debajo – Sin embargo, con un poco de agua fría desaparecen como si nada y dejan de ser peligrosas.
- Recuerdo haber leído algo sobre esta en Consiliativo.
- ¿Lo has traído contigo?
- Por supuesto – rebuscó entre sus cosas y lo sacó. Lo llevaba cuidadosamente envuelto en un trapo para que no se dañase – No pude terminarlo antes de salir de Bridell, así que decidí acabármelo de camino.
- Bien, bien. Te enseñaré algo – cogió el libro, y buscó la página dedicada a la jirwel. Había dibujos muy detallados de la flor, y con una letra diminuta y cuidada estaban escritas todas las propiedades de las que había hablado el viejo. En un rincón aún limpio de la hoja, puso un pétalo de flor y posó su mano encima. Cuando la levantó, el pétalo se había convertido en un hermoso dibujo que adornaba la página. Deston sonrió – ¿A que es un buen truco?
- ¡Habrá resultado muy fácil hacer este libro, entonces! – se quejó el chico, que seguía atónito.
- No te confundas, Eweon – advirtió – El hecho de que la magia nos ayude, no significa que nos sustituya. Si yo puedo hacer este truco es porque también sé dibujar la flor, aunque me lleve más tiempo. Si el célebre Mùnchelin hizo estos dibujos con magia o no es lo de menos. La cuestión es que son bellos, y que sólo alguien con dotes extraordinarias pudo hacerlo, ¿me equivoco?
- Pero no toda la magia funciona de ese modo.
- Ah, ¿no?
- Los palos y las espadas, por ejemplo, o conjurar el fuego, o lo que le hiciste a Midhan.
- Sin embargo, sí puedo quemar las ramas para hacer arder el fuego del herrero que forje la espada. O puedo utilizar dos piedras para provocar una chispa, o puedo llenar un cubo del río y lanzárselo a tu hermano – aclaró el anciano – Esta es una lección muy importante, Eweon, y espero que te ayude a entender cómo funciona la energía mágica.
>> Apenas existe una tenue diferencia, una ligera marca que nos diferencia a los magos del resto de personas. Si bien cualquiera puede utilizar inconscientemente la magia, del mismo modo que la utiliza el río o el bosque o las lunas o las estrellas, nosotros, Eweon, los que tenemos el don, poseemos la capacidad para controlar este flujo de magia que circula entre todo lo que conforma el mundo. Nosotros utilizamos la energía con un fin, depuramos la magia, la mantenemos viva y en movimiento. Dependemos tanto de ella como ella de nosotros.
>> Esta capacidad de canalización no es, en realidad, una diferencia espectacular. No nos separa un gran abismo a los magos del resto de mortales, y esto es algo que muy pocos estarían dispuestos a asumir como cierto. Somos – sonrió, aunque en sus ojos se leía que aquello era una patética verdad- una raza de rematados ególatras orgullosos que sienten la necesidad de diferenciarse del pueblo común.
>> Por tanto, ¿qué define el poder de un mago? ¿Por qué existen shieffs, magos, Altos, Archimagos y Señores? La respuesta, hijo, está ahí dentro – le propinó un suave golpe en la frente – Imaginación, chico, tan fácil como eso.
>> Como dije antes, puedo golpear dos piedras para provocar fuego. Pero para ello debería encontrar las piedras adecuadas, golpearlas una y otra vez hasta lograr que la chispa prenda y haga arder una hoguera. Lo que hace la magia es… saltarnos esos pasos intermedios, ¿comprendes? Los conjuros, como estudiarás en el Castillo, no son más que un problema que conlleva una solución. Para obtener esta solución debemos tener presente un enlace, una conexión entre el inicio y el final. Esas piedras, esos golpes, son el enlace entre las flores y las setas que pretendo quemar y la chispa resultante. Y es esto, Eweon, lo que te diferenciará de cualquier otro: la capacidad de ver, la amplitud de miras que tengas a la hora de escoger tus enlaces. Los grandes Señores pueden hacer aparecer un libro con sólo decir “agua”, por ejemplo, porque saben ver más allá del mero significado de la palabra, porque pueden interpretar un cúmulo de pasos intermedios sin perder el hilo hasta que su conjuro termina. La magia es…
- Una herramienta que nos… ¿ahorra tiempo? – terminó Eweon, que creía haber entendido el conepto.
Deston rió.
- Podría decirse – le puso la mano sobre la cabeza y le enmarañó cariñosamente el pelo.

Deston les pasó los cuencos llenos de un humeante caldo, que olía a raíces, tierra y setas. Se habían detenido a orillas del río, y Midhan y Eweon refrescaban los cansados pies en el agua.
- Quizás os apetezca practicar un poco con la espada, cuando os terminéis la comida – propuso el anciano, sacando las pequeñas ramas de uno de sus bolsitos atados al cinto.
- Deston – susurró Alenâi, con la mirada perdida en su caldo.
- ¿Sí, querida?
- ¿Puedo usar hoy mi arco? – Pidió, aunque en realidad no había un atisbo de súplica en su voz – Prometo que practicaré mucho con la espada, pero… Echo de menos la necesidad de apuntar, esperar, disparar.
- Es muy interesante eso que propones, muchacha – felicitó el maestro – De acuerdo, ¡muy bien! Se me ha ocurrido una genial idea… – sonrió, pícaro, con el misterio brillando en sus ojos.

Los ojos ambarinos de Alenâi escrutaron la espesura, en pos de un ligero movimiento, una huella, algo. Aguzó el oído todo lo que pudo, dejó de respirar y hubiese detenido su propio corazón de haber podido. Pero las presas permanecían tan silenciosas como ella.
Presas. Un curioso punto de vista, pues quizás era ella la inocente víctima de aquél extraño juego, soñando con ganar algo que ya estaba perdido.
Viró bruscamente sobre sus talones, tensando el arco al máximo, con dos avizoras flechas apuntando al frente, aunque no había nada más que árboles y arbustos. ¿Dónde se habían metido? Siguió avanzando, con todos sus sentidos puestos en la caza. No apartó las flechas del arma en ningún momento, pues sabía que no tendría mucho tiempo si se topaba con alguno de aquellos…
Otro crujido. ¿Un animal? Pesado, si acaso. Se agachó, tenía que asegurarse, y se deslizó por detrás de un árbol, ocultando su posición. Se mantuvo expectante, en silencio, esperando a que el sonido se repitiera. Otra vez, hojas y ramas cediendo bajo un fuerte peso. Demasiado lento, pensó la joven, y sin duda andaba a dos patas. Sonrió para sus adentros, orgullosa. Ahora ella era la cazadora, no cabía duda alguna. Ella controlaba, ella daba vida o muerte, ella decidía cuándo sus danzarinas flechas saltarían buscando carne, sangre. Tensó el arco, muy lentamente; no quería jugarse su oportunidad por cometer una imprudencia. La madera no crujió, la cuerda no emitió sonido alguno. Esperó. Uno, dos, tres pasos más, cada vez más cerca. Sabía que no debía confiarse, pues era precisamente la distancia lo que la hacía tan letal. Cerró los ojos durante un breve instante, calculando sus movimientos. Otro lento paso más…
Salió de su escondrijo, disparó. Las flechas salieron disparadas de su mano con suavidad, y volaron majestuosas desgarrando el aire con un suave silbido, para ensartar con delicadeza mortal al pobre Eweon, que cayó de bruces al suelo. La flecha lo atravesó, y cayó unos pasos más allá, inerte, muerta, carente de la furia con la que había bailado un momento antes.
Abrió mucho los ojos cuando sintió el pesado brazo sobre su hombro, el acero latiendo amenazador sobre su fina piel, la susurrante voz del cazador, que se limitó a decir:
- Yo gano, hermana.
Midhan sonrió, orgulloso de su propia paciencia. Liberó de su abrazo a Alenâi, y ayudó a Eweon a incorporarse.
- ¡Sabía que sería divertido! – Exclamó Deston, que había seguido con interés aquél singular espectáculo desde una rama a varios codos de altura – Alenâi, muchacha, ¿no escuchaste el duelo de espadas de tus hermanos antes? Ay, hija mía… ¡Muévete, pierde el miedo a explorar lo desconocido! Y vosotros dos… Eweon, ¡descuidado! Agradece que mis conjuros nunca fallen y aquella flecha te pasase de largo. Midhan, de ti qué voy a decir. Por una vez has tenido paciencia, y creo que eso es lo más importante; pero recuerda no ser tan impulsivo, si hubieses esperado un poco más, podrías haber emboscado a Eweon, haber trazado un plan. Pero, ¡ánimo! Estoy muy orgulloso de vosotros, chicos de Bridell. Qué ironía que destaquéis como cazadores precisamente vosotros, encaramados, ¿verdad?
Saltó, y cayó con suma delicadeza sobre sus dos pies y con los brazos extendidos, como cuando los juglares se preparaban para hacer una reverencia. ¿Qué endiablado enlace se utilizaba para eso, acaso? La imaginación de Eweon no daba para tanto, por más que se esforzase.
- Venid aquí – exhortó, mientras le lanzaba una espada a Alenâi – Quiero enseñaros algo.
Les explicó, con aquella voz aterciopelada y tranquila, que había cientos de formas de empezar un duelo a espada, y muchos combates se decidían ya desde un principio, desde una acertada o equivocada apertura. Deston les enseñó una en concreto, que, según dijo, utilizaban los aprendices de la Orden de Maeriandhor, los Guerreros de la Letra. Era parecida a la que acostumbraba a utilizar Midhan, aunque quizás algo más ladeada y dinámica. El anciano les explicó cómo actuar si el enemigo cargaba desde la izquierda, o qué estocada utilizar si atacaba de frente. Pasó bastante tiempo, entre arcos y golpes, y los jóvenes acabaron exhaustos y sin una pizca de aliento. Sin embargo, aún quedaba jornada – y camino – por delante, por lo que Deston apenas les dio tiempo a retomar fuerzas.

Tras bajar una pendiente, Midhan aseguró que no aguantaría dar un paso más, que ya era suficiente. Afortunadamente para el obstinado chico, el Gris era ya anciano, por lo que aceptó gustosamente la propuesta de pasar allí la noche. En aquella zona del bosque había un puñado de cuevas repartidas a ambos lados del Dopak, que descendía frenético por una zona de rápidos que se deslizaban furiosamente por afiladas piedras negras que obstruían el transcurso del río. Así pues, decidieron refugiarse en una de ellas, y mientras los jóvenes preparaban sus austeros lechos y amontonaban sus escasas pertenencias, Deston preparaba la cena, queso de núa y pan de trigo, junto con un delicioso zumo de bayas que él mismo había ido recogiendo. Pese a lo frugal de aquella comida, el queso acabó por calmar el voraz apetito de los tres jóvenes mucho antes de lo que nadie hubiese podido concebir.
- Cuidado con no pasaros de raya con la núa – advirtió el viejo – Es un queso creado explícitamente para nómadas y cazadores, y llena mucho en apenas dos bocados. Pero si alguno come demasiado, os aseguró que se arrepentirá – guiñó un ojo, cómplice.
Midhan salió a lavar su plato y su vaso de barro al río.
- ¿Alguien más necesita un baño? ¡Porque os juro que yo tengo que quitarme esta ropa sudada y mojarme un poco! – exclamó, contento.
- Hecho – repuso Eweon, y en dos zancadas llegó al lado de su hermano.
- Supongo que nadie ha muerto nunca por un baño de más – sonrió el viejo, levantándose; parecía que, después de todo, aún le quedaban fuerzas para seguir cuidando de los chicos – ¿Alenâi?
- No, gracias. Me quedaré cuidando las cosas – contestó ella, tan fría como de costumbre.
- Oh, ¡vamos Na-Nâi! – insitió Midhan, aunque no logró hacer cambiar de opinión a la muchacha; la mirada de ella le fulminó, firme, tajante – Está bien, ¡tú te lo pierdes! Ahora resulta que somos los hombres quienes nos bañamos y perfumamos, y las chicas las que prefieren oler a chivo durante todo el día.
Nadie pudo contener la risa, ni siquiera la propia Alenâi. Aún sonriendo, ella les hizo un gesto apremiándolos para que la dejaran sola.
El agua estaba bastante fría, a decir verdad, pero a Eweon le sentó bien dejar el peso de dos jornadas de camino bajo el helado Dopak. Habían encontrado un buen remanso no muy lejos de las cuevas, justo cuando acababan los fieros rápidos que golpeaban las rocas y le daban un merecido respiro al río. Apenas medía ahora dos cadenas, puede que un poco más, de orilla a orilla, aunque Eweon imaginaba que el tierras del sur, el Dopak alcanzaría una legua o más de ancho, y quizás media milla de profundo.
Lavaron sus ropas y sus cuerpos, y se salpicaron y jugaron con el agua. Deston entonó una sosegada canción, a coro con el murmullo del tranquilo río, que los muchachos debían haber escuchado de sus mismos labios muchos allias antes.

Dopak, aguas que cantan,
Aquellos murmullos que no callan jamás;
Dopak, aguas que suenan
Como aquellas canciones que nunca acabarán;
Dopak, aguas que cuentan,
Aquellas historias que quise escuchar;
Dopak, aguas que sueñan,
Todo lo que quise y no pude soñar;
Dopak, aguas que susurran,
Palabras suaves que logré escuchar;
Dopak, aguas que esperan,
A aquellos amigos que no volverán;
Dopak, aguas que lloran,
Pesares amargos en la oscuridad;
Dopak, aguas que se alejan
Son aguas que no regresarán…

Con el último verso, el cielo dejó caer una fina lluvia que los sacó pronto del río. Se apresuraron a ponerse de nuevo sus ropas, que se mantuvieron secas gracias a uno de los conjuros del mago, y corrieron aprisa hasta la cueva. Midhan, tan rápido como siempre, se adelantó en un par de zancadas. Entonces se detuvo, en seco. ¿Qué era aquello? Era como… el sonido de las hojas rojas rozando con las ramas, como cuando su madre barría la casa. Miraba la cueva, que estaba un paso más arriba. ¿Aquello era su hermana? ¿Estaba murmurando… sola?
Entró, y se quedó allí, plantado en la entrada, con los brazos cruzados y el cuello inclinado, observando a su hermana. Alenâi le susurraba algo a sus rodillas, que cubrían su rostro, aunque Midhan no logró entender lo que decía.
- Pero, ¿qué…? – balbució él, con un confundido hilo de voz.
La muchacha alzó el rostro, sobresaltada. Sus ojos emitieron un tremendo fulgor dorado, que pareció cegar su miedo durante un segundo. Aquella mirada suplicante, aquél áureo ruego, aquella sollozante plegaria…
- ¿Qué hacías, Na-Nâi? – inquirió, con un tono de voz mucho más duro de lo que hubiese deseado.
- Aún no puedo… – se ruborizó. Nunca antes se había colorado de aquél modo. Y Midhan lo sabía.
Exhaló el aire lentamente, pensando.
- Midhan, yo… – balbució Alenâi, y hundió de nuevo sus ojos contra sus piernas dobladas – Aún no, Midhan, por favor… Aún no…
Él siguió mirándola, impasible. Si sentía algo en aquél momento, no lo demostró. Ni duda, ni dolor, ni sorpresa, ni lástima. Nada.
- Guárdatelo, si quieres – dijo al fin, bajando la mirada – Pero si Deston o Eweon o cualquiera se entera de… – no pudo decir nada más. Tampoco sabía qué más decir – Yo no sé qué voy a hacer, Na- Nâi.
- No digas nada, hermano – imploró la joven, clavando el ámbar en su corazón – No tienen por qué saber nada, nadie tiene por qué… Al menos, no aún.
- Pero…
- ¡No! – casi chilló ella, exasperada – Nada más. No, Midhan, nada, ¿me entiendes?
Él la miró, feroz.
- Te hago un favor, hermana. Y no sé las repercusiones que tendrá. Así que no vengas a decirme qué coño he de entender y qué no, ¿estamos? – su respiración se agitó.
Eweon entró corriendo, con una sonrisa. Sin embargo, al ver la tensión entre sus hermanos, su expresión se congeló y la preocupación sustituyó la inocente alegría de sus ojos.
- ¿Qué sucede?
Ninguno respondió. Una mirada se cruzó entre ambos. Suplicante pero fiero oro. Firme pero preocupada oscuridad.
Midhan se giró, y forzó una sonrisa.
- ¿Qué va a suceder? Que a Alenâi le ha dado por murmurar poesía romántica cuando se cree a solas – puso los ojos en blanco- Ya sabes cómo son las mujeres, te lo he dicho mil veces. Y, aunque no lo parezca, nuestra hermana mayor también es una de ellas. Oh, ¡vamos!
Retrocedió un paso y cargó contra Eweon como un buey, y se lo puso al hombro como si de un pesado saco de ponantes se tratase. El joven intentó gritar, pero la risa convertía su voz en un lamento ridículo.
- Pero, ¡Eweon! – exclamó él, empezando a dar vueltas – ¡Si siempre te ha encantado esto!
- ¡Basta, basta! ¡Bájame! – pataleaba, golpeaba con los puños la espalda de su hermano, pero no había forma de detener el empeño de Midhan.
Deston entró, echó un vistazo indiferente a los dos jóvenes y se hizo a un lado, sacando un par de hierbas que lanzó a la entrada de la cueva. La lluvia caía cada vez con más fuerza.
- Canto fatal – bromeó él, casi para sí mismo, y sacó un libro.
Al fin, los muchachos dejaron de hacer aquello, y bebieron agua de sus calabazas, cansados.
- ¿Haremos las mismas guardas, Deston? – preguntó Midhan, sentándose con la espalda recostada en la pared.
- No – contestó – Me quedaré un rato despierto mientras vosotros dormís, pero no creo necesaria más prevención que un pequeño conjuro en la entrada.
- ¡Oh, de acuerdo, entonces! – los ojos del joven brillaban, esperanzados – A dormir toda la noche, ¡como tiene que ser!
Eweon examinó el semblante melancólico, serio de su maestro.
- ¿Sucede algo, Deston?
El anciano hizo un gesto para que dejase de preocuparse.
- Nos es nada, muchacho – sonrió, aunque no con los ojos – Sólo me da por pensar en vosotros, en que ya nada será como antes.
- Ni en lo más mínimo – sacó su manta, y se tumbó sobre ella. Con la ropa puesta, no hacía frío durante la noche.
El Gris sonrió, ahora de veras.
- Pero, Deston – añadió Eweon, cambiándose de costado, para poder ver al viejo mago – Sé sincero. ¿De verdad es… tan grave? Lo que dice “la profecía”, me refiero.
El anciano pareció rumiarlo un momento.
- Se limita a advertirnos, eso es todo – repuso – Sólo nos dice que tú tienes el poder de traer de nuevo el equilibrio, que sólo tú posees la capacidad de elegir… La profecía nos dice tan pocas cosas, muchacho – murmuró, su voz parecía perdida, lejana- No nos dijo cuándo, no nos dijo dónde ni por qué. No nos dijo cómo, ¡no nos dijo nada! Nada más que eso pasará, o dejará de pasar. ¡Maldita sea! No entiendo como pudo pasar todo aquello por tan poco, ¡algo tan mísero, tan…! ¡Austero, escueto!
Vació el aire de los pulmones y el odio de su corazón.
- Perdona, Eweon – continuó, más tranquilo – Pero debes entender que en los allias anteriores a tu nacimiento, ocurrieron tantas, tantas cosas que…
- ¿Cometiste errores mientras buscabas… me buscabas? – preguntó él, dando justo en el clavo.
- Muchos, hijo. Demasiados.
- Lo lamento.
- ¿Qué más da? No sirve de nada lamentarse. Lo hecho, hecho está.
- Pero, aún hecho, te sigue haciendo daño.
Silencio.
- Perdona – dijo el chico, sabiendo que se había excedido.
- No, no te disculpes – murmuró el canoso mago – Algún día, lejos de aquí, descubrirás mi pasado, lo quiera o no. Digan lo que digan, muchacho, no se huye del pasado. Es él quién decide cuándo te dejará descansar en paz, y punto. Al ladrón le deja ir tranquilo a la mañana siguiente. Al explotador en dos estaciones. Al traidor, en uno o dos allias, como mucho. Al asesino… lo tortura para siempre, ¿entiendes?
- Entiendo, Deston, pero…
- No, calla – cortó él, mucho más serio de lo que lo había visto nunca- Ahora necesitas dormir. Necesito dormir. Todos necesitamos un poco de silencio. Descansa, muchacho.
- Buenas noches.
El mago se sentía dolido. Por su brusquedad para con el chico, por sus recuerdos, por sus errores pasados. Sí, Eweon tenía razón. Aquellos males seguían carcomiendo su alma desde hacía tanto, tanto tiempo… Las miradas, las lágrimas, la piel quemada, las fuentes de sangre escarlata. Los gritos, el olor. Y él, por encima de todo.
Quizás por eso Bridell le agradaba tanto. La paz de la ignorancia, pensó. Su nombre aún era límpido allí, su persona respetada. Todo lo que la gente recordaba eran cuentos, favores, anécdotas divertidas. ¿Qué había más allá de la segura frontera que marcaban aquellos árboles? ¿Rencor? Miedo.
Lloraba.
¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué había hecho tanto daño?
Porque así se lo mandaron. Porque como Gris, cumpliría su misión, sin objeciones, sin dudas, sin… sentimientos. Sin alma. Sin corazón.
¡Cómo pedir perdón! ¡Cómo mirar a las mujeres, a los hijos, a los padres, a los hermanos y a los amigos!
Treinta allias. ¿Quién lo recordaría? ¿Acaso alguien recordaba sus pecados?
Y, sin embargo…
Treinta allias, y él no se había perdonado.
No podía hacerlo. No estaba seguro si debía hacerlo.
Ya había muerto una vez. Recordaba cada instante de su viaje por el mundo de los muertos. Recordaba que, a izquierda y derecha, durante sus primeros pasos pudo contemplar a sus abuelos, que sonreían, apenados. A su lado, su madre, sonriente. Su padre, que no se atrevía a mirarlo a los ojos. Sus amigos, que se habían olvidado de él. Algún maestro, que lo examinó con frío detenimiento. Y después…
Aquellos ojos, congelados, muertos. Súplicas, agonía. Tanto dolor… Sus errores le devolvían preguntas sordas y mudas, las ánimas sollozaban sus ruegos, su desconcierto.
No podría aguantar eso otra vez. ¿Cómo…? No, simplemente, no podría.
Rezó. En silencio, en soledad. Perdido. Buscando… ¿qué? ¿Perdón? ¿Compasión?
No sabía nada. Todo era demasiado confuso. Sus ojos se cerraron, lentamente, y cayó rendido.
Las pesadillas habían vuelto.

La lluvia se había detenido. ¿Qué lo había despertado? No podría asegurarlo. Intentó dormirse de nuevo, pero no lo logró. Así que decidió salir de la cueva, sentía la vejiga llena.
Caminó con tiento, procurando no despertar al anciano, que se había quedado dormido sentado al lado de la cueva. Así que salió en silencio, y buscó el río a un lado.
Terminó, con esa sonrisa bobalicona llena de satisfacción. Un ruido, a sus espaldas. Se subió rápido el pantalón, alerta.
- ¿Midhan? ¿Eres tú?
Seguramente había sido un animalillo nocturno. Se lavó las manos en el agua, fría. Se mojó el despeinado cabello, y se levantó. Al girarse, casi muere del susto.
- ¡Calma, muchacho! – Sonrió el Ciervo, con los ojos cerrados – Sólo nos apetecía despedirnos.
- ¡Oh, Elluder! – Exclamó Eweon – Gracias. Con todo lo que ocurrió con el Girith…
- No recuerdes eso, chico. No fue una experiencia agradable. ¡Calmar a todos esos elfos desquiciados! Y todas esas preguntas, y sus quejas y sus impertinencias. La raza más alarmista de todas, créeme.
- Lamento si molesté a…
- ¡Por favor! ¿Qué tienes que lamentar tú? – Rió, quitándole importancia al asunto – Además, reconoce que mereció la pena.
Eweon sonrió, asintiendo.
- Nunca podré demostraros lo agradecido que me siento por todo, Guardián.
- Podrás, amigo mío – guiñó un ojo – Podrás cuando todo esto acabe. Cuando nos hayas salvado a todos.
Intentó que su expresión no mostrase la nostalgia por su hogar.
- Sin embargo – continuó el Ciervo -, debería ser yo quién se disculpara por todos los secretos, Eweon.
- Entiendo la situación, señor. Entiendo que no quisierais arriesgar más de lo necesario la situación. Pero…
- ¿Pero?
- ¿Recordáis…? Sigo sin saber si nos conocimos de veras antes de aquél incidente con el ârokei.
La carcajada de Elluder hizo eco por el bosque.
- Sin duda, el gran Deston te contó la historia del día de tu nacimiento.
- Así es – asintió el chico.
- Hubo un combate entre los dos, en el bosque.
- Y desaparecí…
- Te secuestraron – puntualizó él, guiñando un ojo – De hecho, te secuestré. Te puse a salvo, en el Qêndan, junto a Iânna. ¡Oh, Aelea, mi pequeño! No sabíamos nada, entonces. Ni siquiera tenías nombre, tu madre tuvo el sueño tardío. Así que decidimos bautizarte en nuestro pequeño estanque, con el nombre sin significado, sólo para nosotros, como un vínculo. Aelea…
- ¿Sois mis padrinos?
Otra vez, el Dorado rió.
- Por supuesto, mi pequeño – repuso, sonriendo con los ojos – Y así será por siempre.
- ¡Me siento afortunado, entonces! Hijo adoptivo del Guardián y la Última Elfa de Enerah. Suena bien, ¿no creéis? Mucho mejor que Islaquién. Aelea – rió, junto al Ciervo, dando brincos.
Caminaron mucho rato, sin rumbo, bromeando, hablando, cantando. Encontraron a Iânna tumbada entre las hojas, acariciándolas suavemente, sus dedos jugueteando con la tierra.
- El Bosque vive – susurró – Y me alegra sentirlo aún. Eweon, mi niño, ven. Ven y túmbate a mi lado, ¡siente Enerah conmigo!
El chico obedeció. Cerraron los ojos, entrelazaron sus manos. Lo sintió. Una energía, o un sonido. O un color, o una sensación. O todo a la vez. El Bosque pasó por su cuerpo, recorrió cada rincón de su ser, y su espíritu se volvió bosque, y pudo sentir la vida, la magia, recorriendo sus manos y sus ramas, besando sus labios y acariciando sus doradas hojas.
- Déjame hacerte un útlimo regalo, Aelea – susurró ella, muy cerca de su oído, y el cálido aliento erizó el cabello de su nuca.
Posó entonces dos dedos sobre la frente del muchacho. Otra energía se filtró en su alma, diferente pero igual de poderosa. Entonces… lo notó. Como cuando se abre un cerrojo con la llave. O cuando se desata un cinto demasiado apretado.
- Lo has…
- Ahora tus recuerdos son libres, Eweon – dijo la elfa, acariciando su mejilla – Fuimos nos quienes conjuramos el Ephean, quienes obramos mal para hacer el bien; postergamos tus preocupaciones con respecto hasta el viaje durante todo este tiempo. Intentamos que tuvieses una vida alejada del mundo, del futuro que te rodea. Ahora… – se le quebró la voz, pero logró reponerse – Ahora no sé si hicimos bien. Quizás, si nos hubiésemos abstenido de manipular tu mente siendo tan joven, quizás todo sería tan diferente…
- ¿Diferente? ¿En qué sentido?
- Lo estás alarmando por algo que no sabemos con seguridad si es real, si…
- ¡Cómo no va a serlo! – gritó ella, aunque parecía que su voz llegaba a sus mentes y no a sus oídos – La he visto, ¡con mis propios ojos! Más real que muchas de las cosas que existen en Adhôlean, ¡más real, Elluder! Me siento tan… triste, Eweon – confesó, y una silenciosa lágrima de líquido cristal iluminó sus ojos – No sé, no sabemos. Ignorantes, ciegos. Y quizás hayamos obrado mal, intentando hacer el bien. No sé, no sabemos. Y ese será la tortura que me acompañe a partir de hoy.
El muchacho se arriesgó. Secó la mejilla de la elfa con sus propios dedos. Hizo todo lo posible por que no le temblara el pulso. Ella pareció confundida; ¿acaso alguien, un humano, además, había hecho alguna vez algo tan impulsivo, impropio? Sin embargo, se alegraba. Se sentía en compañía, cosa que no pasaba a menudo. Se sentía plena, feliz. Su piel se iluminó, sus labios y sus ojos sonrieron, su cabello parecía más rubio y su cuerpo más cálido.
- Nunca podríais hacer nada malo – la consoló el chico – Yo sí lo sé. Sea lo que sea, dejad de preocuparos, no creo que sea para tanto.
Elluder asintió.
- Sin duda, tienes razón – afirmó él, doblando sus patas y tumbándose sobre las hojas mojadas – Iânna, deja de preocuparte por eso. Ambos sabemos la fuerza del pequeño Eweon, ambos sabemos que lo entenderá y lo superará. ¡Aelea! Nos perdonarás, lo sé. Lo que pase, sea lo que sea, no te impedirá pensar con el corazón y sentir con la cabeza. Quizás sientas que es demasiado, algún día, que no puedes seguir soportando esa pesada carga que hemos dejado a tus espaldas. Pero, ¡no lo olvides! Podrás con todo, lucharás. Y, ¿quién sabe, Iânna? ¡Quizás encontremos una cura para un problema que no sabemos si existe!
Eweon se mostraba calmo, ocultando su miedo. Pero sabía que no debía preocupar a la antigua Emperatriz; ahora debía sonreír, transmitir su felicidad. Olvidarse, por un instante, de su familia, de su viaje, de su poder y de cualquier profecía.
Olvidó.
Y supo que siempre, siempre, recordaría aquella noche en lo más profundo de su corazón.
La noche en la que no fue Eweon.
La noche en la que fue Aelea, hijo del Guardián Dorado y la antigua Emperatriz de los Elfos.

Eweon…
- ¡Eweon!
Despertó al fin, sacudido por su hermano. ¿Per qué…? ¿Dónde estaba? Sobre la piedra dura de la cueva. Se incorporó un poco. Sacudió la cabeza, y de sus cabellos cayeron hojas marrones y rojas, y sonrió. ¡Ah, no había sido ningún sueño! No, no. Real.
- Pero, ¡bueno! – exclamó Midhan, sonriendo desconcertado – ¡Jamás te habías despertado de tan buen humor! Ah, me alegro, sí. Mira, te he preparado algo.
Estaba caliente, humeaba, desprendía un cálido aroma a fruta, azúcar, y… ¿Hogar? Su propia casa.
- ¡Oh!
La sonrisa de Midhan se ensanchó aún más.
- Sí, ¿eh? Nunca antes me había parado a pensar lo que echaríamos en falta el célebre dulce de nonáe de Madre.
- ¡Gracias! – el dulce le quemó la lenga, pero no le importó – Oye, Midhan, ¿es muy tarde, o…?
- No te preocupes – hizo un gesto con la mano, y luego, en cuclillas, cogió unas piedrecitas que tenía entre los pies y las arremolinó suavemente – Na-Nâi ni se ha despertado, si quiera. Deston esta rellenando las calabazas de agua en el río, y ya hemos desayunado hace rato, pero está todo en orden. ¡Parimos enseguida! Ah, y, ¿sabes? ¡Este es nuestro último día en el bosque! Según me ha dicho el viejo, llegaremos a la Quiebra al atardecer, y luego son cuatro jornadas a pie hasta Erol. Le he propuesto comprarnos unos caballos en alguna aldea mañana, y, aunque no parece muy convencido, se lo está pensando.
- Buena idea.
- ¿Verdad? Llegaremos a Erol mucho antes.
- Pero no sabemos montar a caballo – apuntó el chico, dando otro sorbo a su caliente bebida.
- No me había dado cuenta – rió, propinándole una simpática palmadita en la mejilla de su hermano – De todos modos, ¿tan difícil crees que resultará aprender? ¡Vamos! Somos encaramados, ¡por los Dioses y sus deformes hijos mortales! ¡Nada puede con nosotros!
Se levantó, y salió en pos del anciano. Eweon acabó tranquilamente con el dulce de nonáe, que le despertó por completo. Alenâi se levantó, descansada.
- ¿Has dormido bien? – preguntó el chico, mientras recogía sus mantas.
- Oh, sí – repuso ella, aún distante – Como siempre, creo.
¿Aquello era… sarcasmo, quizás?
- Midhan dice que llegaremos al linde sur cuando atardezca.
- Creo que tiene razón.
- ¿Te pasa algo?
Ella no contestó.
- Déjalo, hermana – metió sus cosas en la mochila, se la puso al hombro y salió de la caverna, dispuesto a acabar pronto con el último día en Enerah. Su bosque, lo único que conocía. Su hogar.

Post- Lectura

- ¿Qué te ha parecido el capítulo en general? ¿Crees que va acorde con el ritmo de anteriores capítulos?

- ¿Echas en falta alguna explicación, la resolución de alguna incógnita planteada en algún otro capítulo?

- ¿Crees que se perfilan adecuadamente las personalidades de cada personaje? ¿Crees que se debería tratar algún aspecto con un poco más de énfasis?

- ¿Opinas que se transmiten adecuadamente los sentimientos que se pretenden tratar, que las situaciones son convincentes?

- ¿Te parece que el final es un tanto abrupto? – aviso! En el siguiente capítulo, se retoma el viaje al atardecer de este tercer día ^^

- ¿Qué te parecieron los diálogos de este capítulo?

Gracias, como siempre ^^

2 respuestas

26 07 2010
Kai

¡¡Eh!! Hola otra vez :) siempre estoy al tanto de tus publicaciones, asi que ya tengo este capítulo leído =D.

Primero he de decir que la narración ha sido sublime, no pareces para nada un escritor novel y tu extenso vocabulario lo propicia. Por otro lado, me ha gustado mucho tu forma de enfocar la magia: enlaces. Es un punto de vista que me llama mucho la atención y que me impulsa a descubrir con mas exactitud su funcionamiento. El capitulo en general ha sido muy tranquilo y los acontecimientos todavía no exprimen el género propiamente aventuresco, aun así, eso no es un defecto ni mucho menos. Solo espero que la acción empieze pronto :)

Bueno, paso con las preguntas:

1. Es uno de los mas extensos pero todo el hilo argumental se narra tan detallada y pausadamente como en los anteriores. Mantiene la línea rítimica a la perfección :)

2. Quiero saber lo del triángulo de cuatro vértices XD. A parte de eso, todo ha quedado bien explicado, incluso lo del bloqueo de la memoria.

3. No, todos los personajes tienen ciertas características que los hacen únicos y fácilmente diferenciables. Para mí sus personalidades están perfectamente dafinidas.
PD: Alenâi cada vez es un personaje más interesante :)

4. Sí, la despedida ha sido uno de los mejores momentos, la percepción de Eweon se ponía ante nuestros ojos, perfectamente descrita, y nos sumergía de lleno en esa atmósfera de melancolía y emoción simultáneas.

5. Para nada. Tal vez el encuentro con el ciervo y la elfa sea un poco repentino y rápido, pero creo que has escogido el momento adecuado. Solo tenía que destacar eso :)

6. Geniales =D. Como ya he dicho antes toda la narración del capítulo ha sido excelente.

No creas que no he intentado hablar de la historia a otras personas de mi entorno, pero a casi ninguno de mis conocidos les gusta el género fantástico :( De veras que lo siento, pero aun así, lo seguiré intentando :) .

¡A por el 7º capítulo!

28 07 2010
Nathaniel

Hello, Kai! :D Gracias por comentar^^

Dios… u.u Me disculpo. Lo que es acción como tal puede tardar aún en aparecer. Quizás en el cap. 8 veas algo, pero desde luego el capítulo 7 es muy, MUY tranquilito. Hay que entender que Eweon tiene 15 allias, es apenas un chico. Y que la búsqueda del Primero cesó mucho tiempo atrás. Así que nadie lo busca, y no voy a cometer la imprudencia de lanzar al muchacho a enfrentarse a enemigos a los que nunca podrá vencer.

No sé si he logrado transmitir que la Profecía sirve de poco. No hace que Eweon sea un Dios de la guerra, intocable, invencible. Él, lo quiera o no, sigue siendo el mismo chico de Bridell de hace unos días. Él no puede hacer nada, por ahora.

Dada la “seriedad” del libro, no podemos esperar que Adhôlean vaya a ser salvado por un imberbe adolescente, no? ^^

Así que esta parte del libro – el viaje hasta el Castillo – hace que nos adentremos en Nhyun desde un punto de vista. La intención es que se pueda ver este mundo, sus detalles, su complejidad, su todo. Así que, ¡calma y a echarle horas! ^^

La segunda parte – cuando Eweon sale del Castillo hecho un verdadero mago, unos seis o siete allias después – sí tendrá algo más de acción. ¡No desaniméis! Llegará ^^

Sobre el triángulo de cuatro vértices… ¿Recuerdas cuando Deston le habla a Eweon sobre el Cuarto Astro, la Luna Negra? En el Nhiithay, normalmente las tres lunas de color forman un triángulo con el Fuego en su centro. Pero, cada cierto tiempo, esta cuarta luna eclipsa el sol durante tres días, de ahí “el cuarto vértice del triángulo”.

Gracias por seguir leyendo! ^^

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