Capítulo V: Tu decisión es lo único que importa

  Hay momentos en la vida en los que todos sentimos lo que sintió Eweon en-tonces. Cuando perdemos un ser querido, cuando nos revelan una verdad oculta tras una mentira, cuando nos dicen a la cara quienes somos en realidad. Son momentos que recordaremos por siempre, pues en esos fugaces instan-tes, nos hundimos sin quererlo en una disputa interior que cambiará por com-pleto nuestras vidas. Una elección. Creer, o no. Creer que ese ser que ha muerto regresará, como cada día, o asumir la verdad. Creer la verdad, aún cuando sabemos que la mentira es la opción más deseada. Creer en quienes somos, o desconfiar de nosotros mismos. Existen esos momentos, sin duda, y que se presentan en mayor o menor medida en la vida de una persona. Y, no, no hay una opción correcta: sólo opciones. Sin embargo, sí hay una elección incorrecta. Huir de esta disputa. Miedo.
***
El tiempo parecía algo lejano, algo que no importaba ahora, una mera ilusión del pasado. Y eso les ayudó a mantener la paciencia durante un tiempo. Eweon había descansado durante horas, y Deston parecía de pronto allias más joven, como si contar aquella historia (por primera vez en voz alta) le hubiese quitado una pesada carga de los hombros. Pese a todo, el muchacho tenía que asimilar algo que le resultaba cada vez más una fantasía difícil de creer. ¿Des-ton era un mago? Sin embargo, a cada segundo notaba cómo su mente se despejaba, como se aclaraban algunas de sus dudas. Sí, tenía que serlo. Sus recuerdos mostraban al mismo anciano que tenía delante, jugueteando con llamas entre sus dedos o haciendo desaparecer bolas de cristal.
– Del nombre de Sombra sólo puedo decirte que se le conoció en su tiempo como Môhan – continuó el viejo, pretendiendo ultimar los detalles más ínfi-mos de su historia- Poco puedo saber yo sobre él, salvo que era el Mago Negro más brillante que ha pisado jamás la Torre Oscura; brillante, y ambicioso. Sembró durante allias el terror en el Reino, y cuidó de éste, haciéndolo enrai-zar hondo en el corazón de la gente ajena a la contienda del Conflicto.
>> Sobre él, me temo, mejor que yo te hablará tu padre. Él guarda receloso sus secretos, del mismo modo que yo he hecho con los míos, sólo para poner-te a salvo. Y no hablaré por Nôha lo que él debe decirte.
Eweon comprendió, aún en aquél estado de aturdimiento e insensatez.
– El Primero – prosiguió el anciano – fue el Gran Eweon. Y, por supuesto, no es casualidad que tú lleves su nombre – le guiñó un ojo – Y él vive ahora en ti, muchacho. Pues eres su nuevo cuerpo, sus nuevos ojos. Nunca notarás nada extraño, pues pese a que compartís hilos astrales entre vosotros, ambos sois almas diferenciadas. Entenderás esto con el tiempo. Tiempo que ahora no te-nemos, amigo mío.
El viejo se recostó aún más en su asiento. Tiró la cristalina esfera al techo, que desapareció en el aire.
– Ahora te contaré la importancia del papel que desempeñas en este tiempo, Eweon – advirtió Deston, serio – Hace miles de allias, poco después del inicio de la Novena Era, sucedió algo… extraño. Aún no sabemos qué, pese a todo el tiempo que ha pasado. Y no fue un cambio repentino. Se fue agraviando esta-ción tras estación, como una enfermedad de los huesos. Quizás nos dimos cuenta tarde. O quizás, simplemente, no pudimos hacer nada por ir contra la voluntad de los Dioses. Allia tras allia, cada vez nacían menos magos. Y la ma-ga, sin magos, está condenada a la más trágica de las muertes.
>> Pues, del mismo modo que el hombre necesita del fuego para ahuyentar a los lobos, el fuego necesita del hombre para seguir ardiendo.
>> Y este hecho, esta peste invisible que se extendía sin piedad, originó el Conflicto.
>> Una guerra entre las dos Torres, el Castillo y el Trono, sin contar, obvia-mente, a las numerosas sectas mágicas que brotaban como la mala hierba en-tre la multitud. Aquello fue, y sigue siendo, el caos más puro que puedas ima-ginar. Cada nuevo shieff significaba un nuevo mago, y cada nuevo mago resul-taba un bien escaso y precioso. Y, si bien en aquellos tiempos casi remotos, aquello fue la peor de las pestes, ahora tenemos el problema de los lazos sen-timentales que vinculan a la Reina con la Torre Blanca. El ejército tiene la or-den de buscar a cualquier nuevo shieff y llevarlo a la Torre Blanca, por lo que la situación de los magos oscuros es crítica. El Castillo, lugar donde todo mago debe pasar aprendiendo los principios elementales de la magia, ha perdido todo el poder de antaño. Y, ¿qué clase de magos Blancos se puede esperar, si no tienen idea de los fundamentos más elementales de la magia? ¡Caos, Ewe-on, terror, codicia, corrupción!
>> He ahí tu importancia. Pues sólo tú eres quien puede recuperar el equili-brio, el orden. En tus manos está recuperar la magia de Nhyun, o dejar morir el mundo tal y como lo conocemos. Ésa, hijo, es tu decisión, y lamento que se-as tú quien tenga cargar con tal carga.
– Entonces soy…
– Un futuro mago, si así lo decides.
***
Ocurre algo extraño, en estos momentos. Durante un ínfimo momento, el tiempo se detiene. Nos sentimos en paz, ahora que sabemos la verdad. Por-que estamos seguros de que nadie nos engaña, de que podemos confiar ple-namente en las fuerzas del destino. Es un instante en que no concebimos la mentira en un etéreo mar de verdad. Y pretendemos llegar al fondo de las pu-ras aguas de este mar de seguridad, para sentirnos arropados por las cálidas corrientes de felicidad que conlleva estar seguro.
Sin embargo, cuando estamos alcanzando este punto de calma total, pode-mos ver de nuevo como, allá a lo lejos, está la superficie, el lugar de mentiras del que tanto ansiamos huir. Y, nos detenemos, dudamos un segundo. Porque en todo viaje que emprendemos dudamos en seguir adelante, o regresar.
Y entonces, el tiempo regresa, con renovada fuerza. Nos damos cuenta de que en este cálido océano de reposo y serenidad, no podemos respirar. De que esto es una mera ilusión, que no deseamos saber la verdad. Que morimos. Y nos debatimos en la agonía. Porque hemos descubierto que queremos negar esta verdad, sólo por seguir respirando. Respirando un aire cargado de menti-ras. Mentiras que nos mantienen vivos.
***
Eweon no pudo creer a Deston. Y, aunque le hubiese gustado mantener la calma, sólo pudo soltar una furiosa carcajada.
Mago. ¿Cómo? ¿Estaba aquél anciano totalmente loco? Un chico de Bridell normal y corriente, eso era Eweon. Jamás había tenido nada que ver con la magia. Ni él ni su familia, y toda aquella maravillosa historia no tenía sentido.
Elluder e Iânna… ¡Ellos podían sacarlo de dudas! Pues ellos decían la verdad, y no podrían mentirle…
Islêriënn dhe’ n Eâll, recordó. Un nombre élfico. Su nombre. Aquél que porta el nombre del Primero.
¿Acaso todo su mundo se había confabulado para engañarlo? ¿Acaso todos parecían cruelmente interesados en confundir su mente y su corazón?
Su carcajada se había convertido, sin quererlo, en una rueda cambiante de sentimientos. Una lágrima resbaló por su mejilla. Una mueca de dolor marcó su rostro. Sus ojos se encendieron con la llama del odio.
– Eweon, por favor, calma…
– Ciego… ¡Ciego! – bramó, como la peor de las tormentas – ¡Ciego y loco, vie-jo Gris! ¡No ves, anciano, que yo no puedo ser mago? – no escuchó la voz ás-pera de Deston, no quería escuchar palabras que pretendieron consolarlo o aliviar su fuego interno. La cólera le impedía razonar con frialdad. Puede que, en otras circunstancias, hubiese dudado de la buena salud mental de Deston, o de la suya propia. Pero en aquél momento sólo pudo pensar en una cosa: correr, correr lejos de allí y huir de aquél viejo chiflado. Salió de la casa segui-do por el estruendoso portazo, y empezó a correr descendiendo por las ramas altas de Bridell en la oscuridad de la noche. No podía ser cierto, no… Era algo totalmente ridículo. ¡No tenía sentido, por los Dioses! Un Mago… Eweon había escuchado las historias de magos que traía la gente desde el este. <>, decían, <> Y no era lo peor que había escuchado. Los Magos no eran gente de fiar, y Eweon no deseaba convertirse en uno de ellos. No de-seaba ser arrogante y poderoso, no ansiaba la supremacía; él quería ser un chico de Bridell tan normal como otro cualquiera.
No notó enseguida cómo sucedió. ¿Había tropezado en la oscuridad? Era lo más probable. Sabía que caía desde un puente colgante, que no resistió el fre-nesí de la loca carrera. Pero en ese momento sólo podía sentir cómo las luces de algunas casas ascendían a una velocidad de vértigo, mientras un agrio mie-do empezaba a mezclarse con la excitación del momento. El aire zumbando en sus oídos, la sensación de impotencia y la velocidad parecían rodearlo todo, todo salvo un pequeño detalle que a Eweon no le pasó desapercibido: tendría que tocar suelo, en algún momento. Y esa perspectiva del momento le aterró. Intentó sujetarse a cualquier cosa, pero no pudo. Imaginó en una fracción de segundo cómo sería caer sobre las ramas más gruesas, y no le gustó. Pero no había solución alguna: iba a morir. ¿Era éste el final de su vida, una larga caída y después… nada?
Pero de pronto algo detuvo su caída. Una especie de suave y cálida energía, que le pareció cómoda y agradable. Pronto aquello que le había salvado conti-nuó bajando, hasta depositarle delicadamente sobre una rama gruesa. Estaba vivo, debía dar las gracias a todo por ello. Sonrió, tan sólo por seguir con los ojos abiertos. ¿Qué había sido aquello? ¿Acaso era cierta aquella locura, y te-nía algún poder? Otra vez la confusión punzó su cabeza como una gran aguja. Un sinfín de recuerdos le invadieron de pronto: imágenes inconexas, imágenes extrañas de momentos que no recordaba, imágenes que había olvidado, que le habían hecho olvidar. Cuando el flujo de recuerdos cesó, rápido como había llegado, sólo pudo hacer una cosa.
Caer en el sueño más profundo de su vida.

La mañana llegó, y la luz del sol bailó danzarina sobre las hojas y las ramas de Bridell. Estaba tumbado allí en medio, cuando abrió los ojos, despacio. Se des-perezó, estiró los brazos, y se fue incorporando, poco a poco. No estaba en su cuarto, ni en su casa, ni siquiera cerca de ella, si no en la parte más baja de las ramas medias. Miró arriba, recordando su caída. No alcanzó a ver el puente por el que había caído. Y, ante todo, había un dato tan importante como insó-lito. Estaba vivo. Y de una pieza, además de entera. ¿Había pasado allí toda la noche? Vaya. Sonrió de nuevo, alegre sin saber por qué, mientras emprendía el camino a su casa. Pensó entretanto en el incidente con Deston. El anciano le había dicho que era mago, y que Eweon también lo sería. ¿Acaso aquella his-toria eran los desvaríos de un anciano? ¿O era fruto de una locura que había tomado su propia e infantil mente? Quién sabe si no había imaginado el Qendân y la historia del viejo mientras dormía. Pero, de algún modo, sabía que no era posible. No podía haber imaginado la tristeza de Elluder ni la delicadeza de Iânna, ni un nombre que no quería decir nada. Si estaba dispuesto a asumir al Ciervo Dorado y a la Última Elfa de Enerah como reales… ¿por qué no acep-tar que él mismo era mago? Y, pese a todo, aquello seguía sin tener sentido… Poco a poco, aquella historia le resultó, casi sin quererlo, extraña e inquietan-te, así que decidió averiguar un poco más sobre ella. Se dispuso a retomar la historia del Mago Oscuro. Hablaría con su padre.

Entró en la casa, que parecía vacía y oscura, para ser pleno día. Todas las cortinas estaban echadas, dando un tétrico aspecto a las habitaciones. Eweon conocía palmo a palmo su hogar, así que no tuvo problemas para encontrar una manzana, lavarla y salir de nuevo. Supuso que Nôha estaría ya en la tien-da, con su madre. Alenâi estaría en clase y Midhan… Bueno, Midhan estaría haciendo cualquier tontería. Encogió los hombros, y se dispuso a recorrer los puentes colgantes y las ramas que le separaban de su objetivo.
La tienda de su familia estaba en las ramas bajas, junto con otros comercios en la Rama de los Mercaderes. Era una de las ramas más transitadas de Bridell, bulliciosa pero a la vez tranquila como el resto del pueblo. Tanto la gente que estaba de paso como los habitantes del poblado, más números estos últimos, la concurrían a menudo, pues allí estaba el único medio para conseguir víve-res, herramientas, semillas…
Así que allí fue el muchacho, con cuidado de no caerse de nuevo. Aquél día había más gente de la habitual, y tuvo que esperar mucho antes de llegar a ver, entre cabezas y hombros, la tienda de sus padres. Bastante modesta, era cierto, pero una de las más reclamadas en toda la Rama. Lora, su madre, esta-ba atendiendo a los clientes que se asomaban al mostrador exterior de la tienda. Eweon contempló un momento a su madre, intentando memorizar sus rasgos, su gracia natural, y ese aire alegre, jovial. Observó atento cómo el sol arrancaba destellos purpúreos de su cabello oscuro, que caía hasta su cintura. Y se percató de lo poco que se parecían. El muchacho heredó tan sólo aquellas manos, finas pero fuertes, y los dedos largos y esbeltos. Y, por supuesto, tam-bién había heredado el color del cabello, morado oscuro, que parecía distin-guirlos de todos los demás. Pero el rostro de Lora era absolutamente diferente al de Eweon, al punto de que nadie diría que eran madre e hijo. Lora tenía los ojos pequeños y rasgados, tan vivos como la propia mujer. Ella siempre sonre-ía, y sus colorados mofletes se alzaban y hacían que sus ojos fuesen sólo dos finas líneas negras de largas pestañas. Entró a la tienda, y se acercó a su ma-dre.
– ¡Vaya, mi pequeño zagal! – Sonrió ella, poniendo los brazos en jarra – Así que ayer estuviste con Deston hasta tarde, ¿eh? Podías haber avisado de tu ausencia, ¿sabes?
– Lo siento mucho, madre, te juro que no volverá a pasar – dijo, y le dio un fuerte beso en la mejilla. Dejó allí a su madre, atendiendo a los numerosos clientes que no dejaban de pedir más y más productos.
Nôha estaba detrás, arreglando una extraña silla de montar. Miró al joven, serio, con sus fuertes músculos tensados.
– Ayer no volviste – fue lo único que dijo.
– Lo sé, se lo he dicho a madre – replicó – Lo lamento. Pero hay algo que de-bes aclararme, padre. Deston me dijo que sabrías decirme algo acerca de un tal Sombra Negra. ¿Es cierto, podrías hacerlo?
Nôha parecía sorprendido.
– ¿Y por qué mi hijo desea saber algo sobre un Mago Negro? – interrogó, perplejo ante la pregunta de su hijo.
Eweon no respondió. Con eso no había contado.
– La verdad – repuso – es que no puedo explicar mi pregunta, aún. No sé si lo que dice Deston es cierto, y no quiero alarmaros con las sandeces de un an-ciano – en verdad era cierto, y le resultó bastante satisfactorio encontrar una excusa que no resultase engaño. Nôha asintió, conforme con la respuesta de su hijo. Se sentó sobre una gran piedra que recordaba una mesa sin patas. Le indicó a Eweon con un gesto que también él debía sentarse.
– Supongo que ya tienes edad como para saber de él – empezó su padre – Hace tiempo que en Bridell nadie pronuncia su nombre, que yo sepa. Môhan, el Túnica Negra. Archimago de la Torre Oscura, de enorme poder y una afini-dad especial para la magia de las Sombras. Entró en la Torre con apenas nueve allias, siendo un niño enclenque y enfermizo. No era gran cosa, eso sí es cierto. Pero algo en su mirada, quizá el odio, quizá el ansia por ser el mejor mago de Nhyun, hacía temblar a todos los que tenían el valor de hablar con él. La ver-dad es que, para su corta edad, tenía unas ideas muy peculiares. Por ejemplo, los libros. Amaba los libros, los antiguos pergaminos, pero se negaba a que su acceso fuese libre para todos. No entendía por qué las sucias manos de al-guien que no conocía la magia podían tener el derecho de leer sus preciados manuscritos.
>> Sí, verdaderamente poderoso, el que más, diría yo, únicamente superado por su Maestro Qhiel – Ainôëll, el Amo de la Torre Oscura. Pero quizás esto no sea lo más interesante de todo lo que sé acerca de Môhan – dijo, con un pro-fundo pesar – Aunque jamás se lo haya dicho a tus hermanos, ni a tu madre, debes saber, hijo mío, que el gran Archimago Môhan es mi hermano, Eweon.
>> Tu tío fue el Mago más temido de Nhyun.
El muchacho no encajó del todo bien la noticia. Aquello significaba que, en realidad, sí había posibilidades de que él hubiese heredado los oscuros pode-res de su tío. ¿Deston tenía razón? Era posible. Entonces, su propio tío había intentado raptarle, confinarle en la Torre Oscura… Apartarle de sus padres. Arrebatarle su vida. Esa era la verdadera cara de los magos.
– Padre… – un nudo empezó a oprimir su garganta – ¿Qué es de Môhan? ¿Si-gue… con vida?
Nôha calló. Hundió la cabeza entre sus grandes y curtidas manos.
– Hace tiempo noté algo… Algo extraño en el fondo de mi ser, no sé si es po-sible definirlo con palabras. Era como si se rompiese algo que no está dentro de mí, una especie de conexión. Sin embargo, no puedo asegurar que la muer-te de mi hermano tenga la culpa. Pude habérmelo imaginado, pero fue una sensación tan real… – suspiró. De pronto, Eweon tuvo la sensación de que era mejor no seguir hablando del Archimago. Ambos parecían demasiado preocu-pados como para seguir con aquello, así que, sin mediar palabra, el muchacho se levantó y partió de regreso a las ramas altas, en busca del viejo Deston.

Había pensado durante el camino en lo que significaba la sensación de su padre. Sólo podía querer decir una cosa.
Môhan estaba muerto.
Con apenas unos días de vida, Eweon había matado a alguien. A su tío, más concretamente. No daba crédito, pero tampoco desechaba las posibilidades de que aquella historia, de pronto tan profunda y complicada, fuese cierta. Un Mago… ¿Quería decir ello que, al heredar los poderes de Môhan, ahora tam-bién sería un Túnica Negra? ¿Debía realmente recibir una educación arcana, o podría vivir aquello con normalidad?
Aporreó la puerta de la casa del anciano. Le abrió un rostro triste y cansado, surcado de arrugas y una corta barba gris.
– Deston – susurró – Lo siento…
– Pasa – dijo el anciano, entendiendo que Eweon empezaba a creer en aque-lla locura de la que ojalá no formase parte.
El muchacho entró en la casa, detrás del viejo. La casa seguía igual que la no-che anterior, salvo que la cama estaba hecha y no había trapos húmedos en cubos de agua caliente. Una sensación de orden en el desorden se le antojó de pronto al chico, pero la dejó de lado, pues ahora tenía cosas más importantes que decir. Se sentaron en las sillas que rodeaban la mesa del lau tamner.
– He hablado con mi padre – su voz sonó algo ronca, carraspeó y continuó después de aclararla – Me ha contado lo de Môhan. Y empiezo a pensar que es posible, remotamente posible en realidad, que yo también sea mago. Pero esto no hace sino aumentar mi recelo, Deston. Así que quiero saber algunas cosas, antes de hacer algo de lo que pueda arrepentirme.
El viejo sonrió interiormente. Eweon no dudaba de su palabra. No tanto, al menos. Extendió la mano enfrente de la cara del muchacho, muy recta. A los pocos segundos, una esfera de cristal cayó de la nada sobre la palma del viejo, que parecía encantado con aquél truco.
– Bien, bien entonces – dijo – Una de tus dudas, será, sin duda, por qué ni Midhan ni Alenâi tienen los mismos poderes, ¿no es cierto? – el joven asintió, pero dejó al anciano continuar – Los designios mágicos son extraños a veces. Es posible que hayan pasado cientos de generaciones desde la muerte de un mago hasta el nacimiento de otro en la misma familia, o que sea algo que hereden todos los hijos de un mago. Todos los pensadores y Archimagos han intentado hallar una pauta para averiguar cuándo nacerían siguientes magos, pero nadie lo ha conseguido. Te ha tocado a ti, y debes asumirlo, pues el po-der arcano es un don, hijo, un don que puede convertirse en una maldición si no se cuida bien.
De acuerdo, era concebible que sólo él entre los tres hermanos hubiese heredado las dotes de Môhan.
– Anoche – balbució Eweon, un poco indeciso acerca de si debía contarle aquello al viejo Deston – … Anoche, mientras regresaba a casa, caí desde un puente que hay derca de aquí, puede que un par de ramas más abajo. Y, antes de… morir, algo me mantuvo en el aire, y me depositó en una de las Ramas Medias. ¿Eso era magia? ¿Eso lo hice yo?
Deston rumió un rato, con los ojos cerrados.
– Es posible – contestó, al fin – Pero no puedo estar seguro. Contigo, hijo, las cosas cambian, no puedo aplicar todas las normas que conozco acerca de la magia. Por lo general, existen episodios ocasionales en los que un shieff logra usar la magia en situaciones extremas, aún sin tener conciencia de lo que hace.
– ¿Shieff? –preguntó Eweon, sin comprender.
– Un término de la antigua lengua de los humanos, que refiere a “quién po-see”. Los magos de las primeras eras lo adoptaron para referirse a quienes no han llegado aún a ser verdaderos aprendices.
Deston chasqueó la lengua, y luego cogió un vaso de barro lleno de agua que descansaba sobre una repisa de madera. Le dio tres grandes sorbos, y después lo dejó en el mismo sitio.
– ¿Qué será de mí si acepto estudiar lo que me propones, Deston? – interro-gó el muchacho.
– En realidad – dijo el anciano – eso es algo sobre lo que no te puedo decir demasiado. En otros tiempos, el primer paso sería el Castillo Eterno, donde los aprendices desenvuelven sus habilidades y amplían sus conocimientos mági-cos. Desde ese momento, todo Mago ha de elegir entre distintos caminos: la Torre de la Luz, la Torre de las Sombras, viajar por el mundo en busca de la sa-biduría y la perfección, continuar en el Castillo… Nada está escrito en el desti-no de un Túnica.
Salvo en mi caso, ¿verdad? En el que sí que hay algo escrito – apuntó Eweon, dando justo en el clavo.
– No sabes cuánto lamento eso, hijo…
Eweon asintió. Su falta de experiencia le impidió comprender con absoluta precisión la importancia de su decisión, pero se hizo una ligera idea. Veía aho-ra a Deston, y una sensación de lástima le invadió. No, de pronto no quería hacer desaparecer la casta arcana. De todas formas, no había acabado con el viejo.
– ¿Qué pasará si digo que no? ¿Si la magia muere? – preguntó.
Deston abrió mucho los ojos.
– Que todo se detendría, muchacho. Pues la magia no es más que cambio, hijo, todo acabaría por ser frío y yermo. Nada, Eweon, me temo: no pasaría nada. Y es esa nada, esa ausencia de vida… Es lo que tememos por encima de todo. Desaparecer, eso nos espera. A todos.
– Entonces no tengo opción, Deston.
– La tienes. Siempre tienes la posibilidad de elegir. Pero debes acarrear con las consecuencias de tus actos. No podemos tenerlo todo – suspiró.
– ¡Eso es tan fácil de decir! Quiero quedarme en Bridell, con mi familia, quie-ro mi vida tal y como la conozco. ¡Pero ello implica que, tarde o temprano, es-ta misma vida, y la miles de personas desaparezca!
El anciano asintió, pesaroso, en un lento movimiento, como única respuesta.
– ¿Sólo existen dos Torres? ¿Todo se reduce a Blanco y Negro?
– ¿Qué diferencia a las Torres, Deston? ¿Acaso son tan perversas Luz y Som-bra como tú me cuentas? – Preguntó el joven – ¿A lo bueno y a lo malo?
– Atento, Eweon – advirtió el cano -, pues no es color de su túnica lo que de-fine al mago. Si bien mucha gente asocia la Luz al Bien y la Sombra al Mal, es algo totalmente erróneo. Lo que define el color es la tendencia natural im-puesta por el interés del mismo mago. La Luz llama especialmente su atención por el dominio del orden, la perfección y la disciplina. La Oscuridad o las Som-bras atraen a los magos que admiran la sutilidad y la fluidez de esa rama de la magia. Sí es cierto, sin embargo, que hace tiempo los ideales de las Torres se diferenciaron, lo que ocasionó guerras y disputas entre los magos. Supongo que cada mago vive obsesionado por perfeccionar su magia, mas es en esa ob-sesión donde se descubre si un mago es portador del bien o del mal, y no de la Luz o la Sombra.
Aquello inquietó al muchacho, pues era como tantos otros, pensó, que habían temido a la oscuridad por el miedo del Mal, y respetado tanto la luz por la se-guridad y el regocijo de saber – o creer saber – que estaban en el lado correc-to. Pues, como tantas otras veces le habían dicho, no había un lado correcto, en realidad. Sólo opciones. Sólo puertas que abrir…
– La magia, hijo – añadió Deston -, es algo apasionante, un estudio al que no todos pueden acceder. Sin duda, la vida de un Mago requiere privaciones y descubrimientos que no siempre son agradables, pero no dudes ni por un ins-tante que alguna vez me haya llegado a arrepentir de la decisión que tomé a estudiar el arte arcano. Me ha aportado mucho, mucho más de lo que imaginé el día en que entré en el Castillo. Y, es cierto, me gustaría que alguien como tú disfrutase de algo tan hermoso como es el conocimiento mágico, pero tampo-co deseo forzarte a tomar una decisión. Elige, elige con cuidado, elige bien. El futuro de Nhyun depende de que elijas, al fin y al cabo.
Se hizo un pesado silencio. Eweon sentía que no estaba preparado para ele-gir, no aún.
– Tú, sin embargo, me dices que eres un Señor Gris, un mago de las Brumas. Eso quiere decir que estudiaste en el Castillo Gris, ¿verdad? – dijo, recordando lo que el viejo le había comentado acerca de su historia – Pero también me has dicho que todo mago debía de pasar por el Castillo para iniciar su forma-ción. ¿En qué te convierte eso? – preguntó.
– También el Castillo Gris requiere de maestros, hijo – respondió, calmo – Es-to no me convierte en nada más que un instructor. Hubo un tiempo que los Señores de las Brumas nos ganamos el respeto por todos, tiempo en que con-tábamos con la seguridad de que nuestras voces serían escuchadas… Ese tiempo pasó para nos, y, del mismo modo en que el mundo ha dado la espalda al Castillo, éste ha dado la espalda al mundo. Los antiguos maestros, que yo sepa, viven inmortales entre sus paredes de piedra, atentos a los movimientos de las Torres y de la Reina. Supongo que… eso me convierte en poca cosa – sonrió, con cierta tristeza.
Eweon sabía que Deston no deseaba para él mal alguno, que ni siquiera de-seaba privarle de su familia o su hogar. Pero aquello era importante; el destino de muchos podía estar en sus manos, en sus palabras, en una decisión. Pero quedaban dudas.
– Pero, ¿siempre ha sido así? Es decir… ¿Siempre ha habido tres escuelas?
Deston lo pensó un poco, en silencio, mientras tamborileaba con los dedos, intranquilo.
– Cuentan – susurró al fin, con la mirada gacha, perdida en algún recuerdo le-jano – que en la Octava Era, existían aún diez escuelas que habían sobrevivido a las Guerras del Retorno. De ellas sólo quedan las Torres y el Castillo, Eweon.
El muchacho hizo crujir sus entumecidas manos, pensando.
– ¿Cómo cayeron las otras ocho escuelas? – preguntó, sin apartar la mirada de los ojos del viejo.
– Tras las últimas Guerras del Retorno – repuso, absorto de forma total en sus recuerdos – muchas de las escuelas entraron en conflicto, al igual que los Hombres de Nhyun. El Castillo permaneció ajeno a la disputa; ambas Torres formaron una alianza. Así, mientras las ocho se destruían entre sí, estas tres se garantizaban el devenir en tiempos futuros.
Vaya. Aquello daba qué pensar.
Eweon se levantó lentamente.
– Deston, – dijo, estirando las manos – creo que debo hablarlo con mis pa-dres, pues es una decisión demasiado importante y necesito contar con su apoyo en todo momento. Pero siento que no podré hacerlo solo, así que nece-sito que también tú me ayudes a hablar con ellos.
Una sonrisa iluminó la cara del viejo.
– Sin duda, Eweon, sin duda. Iré a tu casa esta misma noche, descuida.
Se despidieron, con profunda preocupación en sus rostros. El joven sabía que decidir quedarse resultaba egoísta, pero también sabía que no deseaba abandonar a Nôha y a Lora.
Sus pasos le arrastraron a su casa, justo a tiempo para la comida.

– Esta noche vendrá Deston a casa – soltó de pronto el joven, mirando el plato de bayas picantes – Tiene que hablar con vosotros.
Lora pareció alegrarse de la visita del anciano, y rió. En el rostro de Nôha, sin embargo, sólo se asomó un atisbo de preocupación… quizás tristeza.
Terminaron el plato de bayas, al que siguieron varios tipos de verduras y una gran fruta de la que Eweon nunca recordaba el nombre. Se levantaron todos, lavaron sus platos y se retiraron a sus cuartos, a descansar. Al rato, Alenâi en-tró en la estancia del muchacho.
– ¿Qué dirá Deston esta noche, hermano? – preguntó, inquisitiva.
– Quizás deberías esperar un poco, Alenâi – contestó el joven, un tanto mo-lesto.
La chica suspiró, y negó con la cabeza. Y salió de la habitación con el mismo sigilo felino con el que había entrado.
Sin embargo, algo le decía al muchacho que su hermana sabía algo más. Co-mo siempre. Alenâi siempre iba por delante de todo, aunque nadie supiese por qué.
Eweon se sumergió de nuevo en la lectura de algunos pergaminos, esta vez alejados de sus favoritos de la Quinta Era. Hablaban de grandes magos y sus grandes obras, como Angaer Ipallä, que ideó el idioma Común, o Shio Ku– Rion, que desveló los misterios de la Lengua Antigua y miles de secretos de la alquimia, o Querû Halliaë, que escribió el Códice de las Leyes de Nhyun. Supu-so que en algún momento de sus inicios, ellos también habían tenido dudas, pero las habían superado y habían creado gracias a su educación las cosas más increíbles del reino. Descubrió que Huô el Benefactor, curiosamente un Mago Oscuro, había evitado las sequías del sur descubriendo un conjuro que permi-tía crear lluvia, y cientos de aldeanos sobrevivieron a aquellos tiempos gracias a ello. Sin embargo, no todos su prejuicios fueron infundados. Descubrió tam-bién grandes magos (tanto bancos como negros) que habían oprimido al pue-blo y asesinado personas por placer, que habían traído del Abismo a las peores criaturas imaginables para vencer en la batalla. Viwell Áunok había asesinado al Príncipe Sùeth y a toda la familia real de hacía miles de allias para ocupar el trono, por ejemplo. Hallua Ôr arrasó la antigua ciudad de Mirâl (donde ahora se alzaba la gran Hendoh) junto a su interminable ejército de Luz, sólo por un estúpido conflicto de desamor. Le impresionó un breve relato sobre la historia de Vôra Mhûwä, que inventó miles de maldiciones y cientos de nuevas formas de tortura.
Eweon se prometió a sí mismo que jamás sería como aquellos magos, capri-chosos y inhumanamente crueles. Mantendría esa promesa por siempre, aun-que le costase la vida hacerlo.

La noche calló sobre Enerah como un manto suave y aterciopelado. Las lunas brillaban allá lejos en una noche repleta de estrellas, y el oscuro cielo parecía más claro que otras veces. Sin embargo, pese al hermoso espectáculo que ofrecían Lâo, Lawä y Lennet aquella noche, en Bridell sólo lo contempló fu-gazmente un viejo que salía de su casa, y que apenas prestó atención al hecho, pues algo mucho más trascendental para aquella Era ocurriría, sorprendente y ridículamente, en la casa de una corriente familia de un pueblo. Sonrió, pues resultaba increíble pensar que el futuro de cientos de generaciones dependía de una simple respuesta de un chico de quince allias. La casa de ese muchacho estaba en silencio, y un par de luces iluminaban una estancia. Tocó a la puerta. Le abrió un hombre alto, de aspecto fornido y vital, pero de presencia espe-cialmente afligida, hundida. Compartieron una profunda mirada como único saludo. El viejo entró, y el alto hombre cerró la puerta tras de él.
– ¡Deston!- gritó la aguda voz de Lora – ¡Hola, hombre, hola! Ya era hora. ¡Pa-sa, pasa, te esperamos!
El anciano hombre pasó a una especie de sala central, escuetamente deco-rada con algunos muebles de madera y escasos adornos. Se sentó en una silla de un lado de la mesa, mientras el Nôha y Lora se sentaban del otro. De las es-caleras se escucharon los tímidos pasos de Eweon, que se quedó un poco conmocionado al ver que el momento de decidir se acercaba inevitablemente. Se sentó en un lateral, para no estar del lado del viejo, pero tampoco en el mismo que sus padres. Tenía que ser totalmente imparcial cuando eligiese qué destino le esperaba.
– Lora. Nôha – dijo, mirando a cada uno respectivamente – Tenemos que hablar, amigos míos, de vuestro hijo Eweon.
El alto hombre bajó la mirada, intentado evitar lo que se avecinaba.
– ¿En serio? – Lora miró al muchacho, perpleja – ¿Acaso se ha metido en al-gún lío, Deston? Porque recibirá su castigo, descuida.
– No, no, el chico no se ha metido en ningún lío, Lora- explicó el viejo – En realidad lo que vengo a deciros concierna a su educación. Su educación arca-na, amiga mía.
El tiempo se deslizó entre sus manos mientras Deston les hablaba de Eweon, de poderes mágicos, de la importancia que tenía para el futuro del mundo que el muchacho fuese educado como mago, y les habló también de la relevancia de la decisión que tomasen en aquél momento. Mientras el anciano decía aquello, Nôha iba hundiendo la cabeza entre sus grandes manos, y Lora pare-cía consternada, y su sonrisa acabó por convertirse en una atónita expresión de asombro.
Terminó. Lora seguía boquiabierta, y Nôha estaba a punto de caer en una si-lenciosa locura.
– ¿Y bien? – preguntó el anciano, expectante.
– Supongo que… ¿Y tú, hijo mío? – Interrogó la mujer, clavando sus agranda-dos ojos en el joven – ¿Qué es lo que deseas?
Eweon necesitó un momento para saber cómo responder a esa pregunta.
– Mis deseos se ven relegados en pos de algo mayor, madre – repuso – En pos de la vuestra vida, de la de todo Nhyun. No hay nada que pueda desear más que vivir con vosotros, con Midhan, Alenâi, con Duende y Aqüa y con to-do Bridell, pero… No puedo hacerles esto, madre. No puedo hacerle esto a nadie – concluyó, antes de que se le quebrara la voz.
Se hizo el silencio. Lora se levantó. Avanzó con paso firme y abrazó a Eweon, mientras le decía:
– Eres ya mayor, mi pequeño zagal. Debes empezar a elegir por ti mismo, y eso quiere decir que tienes que asumir las responsabilidades y consecuencias de tus pasos. He intentado educarte lo mejor que he sabido, Eweon, y si ahora tienes que partir, no te preocupes por nosotros. Has sido nuestra bendición, y siempre te querremos, hagas lo que hagas, vayas donde vayas. Tu decisión es lo único que importa.
Unas lágrimas amargas se deslizaron por sus sonrosadas mejillas, y Eweon supo lo que tenía que hacer, aunque no le gustase. Miró a su padre, que leyó en sus pensamientos como en un libro abierto, y después clavó su fría mirada en los profundos ojos del anciano, y firme y tranquilo dijo:
– Estudiaré magia, Deston, y lograré ser el mago que deseas que sea, aunque eso signifique separarme de mi familia… por un tiempo – apuntó, con una tris-te sonrisa en los labios.
La verdad es que no le parecieron palabras lo suficientemente nobles, pero creyó que bastarían. El viejo asintió, con una mezcla de alegría y tristeza mar-cada en su oscura mirada. Volvió a su casa, solo, arrastrando sus pasos.
El increíble cielo nocturno volvió a pasarle desapercibido.

Post-Lectura:

- ¿Cuál ha sido tu opinión general sobre el capítulo? ¿Te ha parecido más aburrido que los anteriores?

- ¿Crees que el título es apropiado para el contenido del capítulo?

- ¿Te parece que el final es algo precipitado?

- ¿Has podido seguir el ritmo de la historia de Deston, de las Torres…?

- ¿Te parecen poco naturales los diálogos?

- ¿Crees que falta matizar algún aspecto del episodio?

4 respuestas

6 04 2010
Kai

Otro capítulo leído :) Sin duda lo que más me ha gustado ha sido el inicio, esos párrafos reflexivos que intercalabas han sido geniales y también me ha gustado mucho la parte en la que caía desde el puente (parece un poco macabro ¿no? jajaja) En realidad no por el hecho de que cayese sino por la cuantía del momento, su enorme fugacidad y el descubrimiento de lo que el protagonista más parecía temer.

Bueno, he encontrado algunos detalles que podrías cambiar:

“Le abrió un hombre alto, de aspecto fornido y vital, pero de aspecto especialmente triste y hundido”
La palabra aspecto solo debería aparecer una vez.

“¡Pero ello implica que, tarde o temprano, esta misma vida, y la miles de personas desaparezca!”
En la frase final parece que te has comido una preposición. Este error no tiene ninguna importancia y, si te sirve de consuelo, a mí me pasa con asiduidad =D.

Ya sabes que son tonterías pero quiero que consigas los mejores resultados de esta obra y ojalá algún día la pueda leer en papel, que me parece que será dentro de poco.

Voy con las preguntas:

- Es un capítulo muy decisivo y trascendental para el protagonista, y está muy bien narrado como tal. No es demasiado aburrido, sobre todo porque estaba esperando este momento con impaciencia. ¡Por fin comienza el viaje! Estoy deseando saber que le deparará el futuro a Eweon en la escuela de magia.

- Sí. Desde que lo vi supe que este capítulo tendría un peso ejemplar en la historia, así que te empuja a seguir leyendo, a descubrir cuál es esa decisión tan importante.

- No. el transcurso de los hechos has sido bastante pausado aunque interesante en los últimos cuatro capítulos así que, ¿para que retrasar más el comienzo de la trama real? Ahora siento que realmente empieza la aventura :) .

- Sí. Bien es cierto que su historia es algo complicada porque apenas se conoce aún nada del mundo de Adhôlean pero, con el tiempo, cuando se vayan descubriendo todas las citas y términos que el anciano hace en cu explicación, supongo que todo se entenderá mucho mejor. Por otro lado la conversación que Eweon y Deston entablan antes de que el chico tome la importante decisión queda totalmente clara.

- No, están muy bien, como siempre :D . Consigues adecuarlos a cada diferente contexto con bastante precisión. Aunque a veces encuentro algunas palabras un poco inadecuadas para el léxico de un chico de quince años pero, por mí, no las cambies. Supongo que es porque ese es un mundo muy diferente al nuestro y, ya te digo, me encanta como suena así que dejalo tal como está :) .

- Para mí, al menos, no. Todo está perfectamente descrito.

Por cierto, gracias por la ampliación de los anexos. Ya les he hechado un vistazo y son realmente interesantes.

Es hora de despedirse. Espero el sexto capítulo ya ¿eh? :)

6 04 2010
Nathaniel

Muchas gracias por tu siempre esperada opinión, Kai! Y, descuida, siempre es un placer corregir mis pequeños fallos – y estos, en realidad, tienen una suma importancia, y me alegro de que puedas pillarlos al dedillo ^^

Cuando terminé el borrador del capítulo me pareció que tenía que reescribir el pincipio y darle un toque… no sé, diferente. Así que intercalé esos dos “parrafos reflexivos”, como muy bien los has bautizado, para darle un poco más de movimiento a la lectura.

Siento que Eweon suelte algunos palabros así :D pero no puedo evitarlo. Al fin y al cabo, Eweon es una creación mía, ¡y yo hablo así en la vida real! ^^

El sexto capítulo llegará muy prontito, y estará bastante cargado, Kai ^^

Gracias por todo, como siempre ^^

PD: Deberías de traerte a alguien para que siguese también la novela, y así tener una tercera opinión XD El boca a boca es el mejor modo de publicitar un blog. Y, si logramos tener muchos seguidores, podemos dar pie a foros de rol ambientados en Adhôlean, discusiones sobre la trama y el desarrollo del libro, etc. Bueno, gracias de nuevo ^^

27 05 2010
FABBLE

Bueno voy a leerme los 5 capitulos, y como buscabas una 3º opinion te la dare, hace tiempo lei los tres primeros capítulos y la verdad que me parecio una novela, que enganchaba bastante, no obstante me voy a releer los 5 capitulos, y te comento. Un saludo y sigue escribiendo, esperamos el 6º ^^

30 05 2010
Nathaniel

Vaya, FABBLE, mucho gusto haber encontrado un tercer fan de las EDA ^^
Muuuchas gracias por la molestia ^^

PD: Estoy teniendo problemas con el ordenador últimamente, y no sé cuándo tendré suficiente tiempo como para terminar de pulir los últimos retoques… Jop. De todos modos, sigo al pie del cañón! [Más o menos]

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