Capítulo IV: El Gris de las Brumas

Las palabras de aquella canción, hermosas y delicadas, melodiosas como el trino de los pájaros, lo envolvió por completo, con un agradable cosquilleo que recorría todo su cuerpo. Todo se difuminó, tornándose azul de pronto. Era un azul único, sutil y surcado de nervaduras plateadas; un azul como el cielo de la mañana y la noche, azul como el mar y las nubes; azul como los ojos de hielo de Eweon, que jamás vieron el hermoso color que se formaba a su alrededor, en la confusa línea que separa la realidad de la magia.
Cuando la canción terminó, el chico notó como sus pies pisaban de nuevo el suelo, aunque no recordaba haberse separado de él. ¿Suelo? Rama, en realidad; había aparecido frente a su casa, aún estando el Fuego suspendido bien alto en el cielo. En la agradable penumbra de su hogar se respiraba un alegre ambiente. El muchacho husmeó el aire, y el irresistible olor de las insuperables bambals de su madre llenó todos sus sentidos, haciendo que sus tripas rugieran de deseo. Dejó su bolsa sobre un asiento que había adosado a la pared, bajo una ventana, y llegó a la cocina, donde Lora preparaba aquella deliciosa comida que tanto adoraba Eweon. La mujer dedicó a su hijo una simpática sonrisa.
– Así que hablando de bichos, ¿eh, zagal? – dijo, guiñando un ojo y alzando un dedo cerca de su cara – Verás, verás qué útil te va a ser en la vida saber de mipá-doros que viven a jornadas de Bridell, muchacho- añadió, con sarcasmo.
– Miriápodos, madre – corrigió el chico, acercándose a Lora – Y son fascinantes, en serio. ¿Sabías que hay dragones que provienen de esos “bichos”, como tú los llamas? – rió Eweon. Ella lo miró aún sonriendo, y volvió a su labor – ¿Bambals?
– Ah, sí, sí – repuso Lora, sin apartar los pequeños ojos de un cacharro lleno de agua hirviendo – Tu padre se encargará un rato de la tienda, y me dijo que podía tomarme el día libre. ¿Te lo puedes creer? ¡Como si fuese una empleada!  Vigila esa bocaza tuya, Nôha, o no volverás a masticar nada de lo que prepare, ¿enten-dido?, le dije. De todos modos, creo que no lo dijo para mal, así que me vine a casa y me dispuse a preparar bambals. ¡Pero como se le ocurra volver a decir semejante estupidez, te aseguro que no comerá caliente jamás, no señor!
– Calma, madre – la tranquilizó Eweon – Como tú misma has dicho, no lo dijo para mal, ¿no es cierto? No le des más vueltas. ¡Ah! Se me olvidó decirte algo: ¡Deston me ha regalado un mapa de Nhyun! Y nada más y nada menos que la última obra del Maestro Cargeon el Caminante – el muchacho cogió una fruta alargada de sabor amargo, la cortó en tres gruesas rodajas, y la puso con cuidado en el agua.
– Debes estar contento como un retoño de Rethallia, ¿eh? – sonrió Lora, acari-ciando el rostro del joven – Ah, ese Deston; siempre te ha tenido mucho cariño. Pásame la molnith – pidió, y el chico no tardó en pasarle una verdura oscura, larga como su antebrazo entero – Déjame a mí seguir con esto, y ve a preparar la mesa. ¡Ah, y Midhan no vendrá! Me dijo antes que comería en las Tres Valientes – dijo en tono picaresco, sabiendo que Eweon entendería lo que querían decir sus pala-bras. Éste no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, alegrándose por su hermano mayor.
Preparó cuidadosamente los platos y los cubiertos y los vasos, y luego salió a la parte trasera de la casa a recoger del pequeño huerto un par de frutas rojas como el sol de la tarde para el postre. Las dejó en una fuente de barro, y volvió a la cocina .
– Voy a subir a mi cuarto – avisó, a unos pasos de su madre – ¿En serio no me necesitas?
Ella lo miró con gesto altivo.
– ¡Y cuándo he necesitado yo la ayuda de un mocoso de tu edad, zagal! – excla-mó, con una amplia sonrisa en los labios – En serio, haz lo que quieras hasta la hora de comer, ¿de acuerdo?
Eweon corrió escaleras arriba, escuchando las fingidas quejas de su madre, que decían ¡Pero ha donde hemos llegado! Ayuda, ¡ayuda, yo!  Cogió su mapa, y se puso a recordar cientos de historias que había leído, y a ubicarlas en el perga-mino; la Rebelión de los Lobos Rojos, en Munler, o el Regreso de Mòrtulan, en la Gireta de Morula, por ejemplo. No podría asegurar en qué momento sus pensa-mientos regresaron a Elluder, Iânna, el Eidhel, la Última de los Extintos, el Adhiê-lien, y… el Girith. Aún sintió un momento más aquellos ojos amarillos clavados en los suyos, rugiendo con la furia más intensa que jamás Eweon hubiere visto. In-tentó apartar aquella visión de su mente, pero no lo logró hasta que escuchó los pasos de su padre llegando a la casa. Sonrió mientras bajaba las escaleras, mien-tras Lora no dejaba de quejarse del comentario de su esposo. Alenâi estaba sen-tada ya en la mesa, en su sitio de siempre, mirando el plato vacío. El joven se detuvo un momento; su hermana no pareció inmutarse. Cuando Lora sirvió las bambals, luego de los saludos, las bromas y sentarse a la mesa, una alegría gene-ral inundó las bocas de la familia. El chico tembló; ¡ay, cómo adoraba aquella delicia!
– Me dijo Deston que habíais asistido a una clase de maese Comneir – comentó Nôha, tan serio como siempre – Dijo que era algo sobre miriápodos del Meirolon, me parece.
– Sí, esta mañana. Fue muy interesante. Y después hablamos un poco en las Tres Valientes; que, por cierto, esta tarde iré a su casa, a no ser que me necesitéis para algo…
– Descuida – atajó su padre, con un ademán tranquilizador – Tómate la… Quiero decir – rectificó, bajo la mirada encendida de Lora – que puedes ir a ver al viejo cuanto quieras.
– Apuesto a que se alegra de veras de charlar un rato contigo – afirmó la madre del chico – Es un tipo interesante, ese Deston.
– ¡Y que lo digas! Un poco majareta, quizás, pero aún así es la persona más lúci-da que he conocido, incluso más que los Ancianos – aseguró Nôha, con un atisbo de sonrisa en los labios.
– Yo… – susurró Alenâi, sin apartar la vista de su plato – Yo también tengo planes para esta tarde, si no os incomoda.
Lora sonrió un tanto socarrona, aunque dulce, y le dio una suave patada a su esposo, al tiempo que le dirigía una fugaz mirada de soslayo.
– Claro, hija, lo que quieras – Nôha tragó la mitad de su jarra mediana de zumo. Entonces clavó su mirada en el fondo de su recipiente, y murmuró – Espero que los mercaderes lleguen pronto. Todos lo esperamos, en realidad. Y aún estamos en Hindallia; nuestra única suerte es que pronto llegarán los Vientos y las Sílfides – hundió los hombros un tanto, y algo lóbrego, añadió – No se avecindan buenos tiempos. No…
Todos callaron, volviendo tras las palabras de Nôha a la degustación de las ex-quisitas bambals, que ahora tenían un gusto un tanto agridulce, sabor que no se debía a la impecable labor de Lora.

– ¿A qué se referirá Padre con eso de que no se avecindan buenos tiempos, hermana? – inquirió Eweon. Estaban sentados en la habitación del muchacho, que prefirió esperar un poco antes de acudir a su cita con el anciano Deston. Alenâi estaba también algo alicaída después de las palabras de su padre, aunque apenas se distinguía la tristeza y la preocupación en su porte eternamente impávido.
– No lo sé, Eweon, no lo sé… – suspiró, sacudiendo suavemente la cabeza de un lado a otro – Pero no me gusta. No me gusta nada en absoluto. No obstante, creo que lo mejor será no darle demasiadas vueltas, al menos de momento. Estamos en las Cenas de Víspera, ¿recuerdas lo que eso significa?
Eweon se tumbó por completo en su cama, mirando al techo, con las manos tras la nuca.
– Sí… – repuso, en un susurro – Que pronto llegarán los Vientos y las Sílfides, y Midhan pasará a ser un hombre maduro – bromeó, intentando quitarle peso al asunto – Y es un momento importante, tanto para Padre y Madre, como para Midhan, y como para nosotros. Así que lo mejor será alejar la sombra de casa… Pero aún así sigo temiendo, hermana, y no puedo librarme del temor que ha ger-minado en mi mente.
Se hizo un siseante silencio. Al fin, Alenâi acabó por tumbarse también sobre el lecho de su hermano, con los ojos cerrados. Y así permanecieron un momento, en silencio, pero compartiendo el mismo sentimiento de preocupación que se había adueñado de sus corazones.
Sin palabras innecesarias, Eweon se levantó y dejó a su hermana allí, meditando en silencio. Bajó las escaleras, y descubrió a su madre lavando los platos, y se despidió con un gesto, justo antes de salir de la puntiaguda casa de madera.
Recorrió a buen paso el camino que separaba su hogar de las Ramas Altas; esta vez no tomó el camino de la Cueva del Viento, pues la subida le retrasaría más que otra cosa. Decidió pues utilizar los puentes colgantes y las escaleras, y en alguna ocasión trepó por fuertes cuerdas, que acabaron por agotarlo.
Y así, cansado y jadeando, llegó a la casa de Deston, y apenas tocó un par de veces la puerta abierta antes de entrar. El viejo preparaba algo en una tetera que chirriaba al mismo tiempo que trataba de abrir un armario bajo con el pie.
– ¡Muchacho! – gritó, agobiado, con el rostro rojo e hinchado, y las venas palpi-tando en las sienes – Chico, llegas en el momento justo: ¡hazme el favor, y abre esta condenada puerta!
Eweon no tardó en hacer caso al anciano, que echó un rápido vistazo al interior del mueble.
– Nada, déjalo – dijo al fin, y bufando apartó la tetera del ferwen – No recuerdo donde demonios dejé yo el maldito chisme que se pone dentro de la tetera esta.
Eweon miró en el interior del armario, pero no encontró nada. Se levantó, y antes de decirle nada a Deston, empezó a reír, señalando al anciano.
– ¿Pero qué…? – dijo el arrugado hombre, alzando los brazos. Y, para su sorpre-sa, sostenía con ahínco el morvin que andaba buscando. Entonces ambos rieron un momento, a sonoras carcajadas – Ay, chico, no tienes idea de lo que acarrea hacerse viejo. ¡Fíjate! Me parece que fue ayer cuando era un zagal como tú, que trepaba a los árboles y cantaba canciones, y hoy descubro con asombro que em-piezo a chochear. Y me pregunto, ¡qué es lo justo de esto!
– No pasa nada, Deston – aseguró el joven, secándose una lágrima – Cualquiera puede tener un desliz como ese. ¿Qué preparas?
– Té de viselânia – contestó el anciano, sacando dos tazas de cerámica fina – Muy cargado – advirtió, mientras servía el líquido en las dos piezas, y se las tendía al muchacho – Déjalas sobre… Déjalas donde puedas, hijo.
Eweon se sentó en la mesa del lau tamner, y puso las tazas en una repisa cerca-na, donde descansaba también un jironado y desgastado volumen titulado Consi-liativo del caminante de bosques norteños, escrito por un tal Arokophin Mùnche-lin. Lo ojeó de pasada; en las páginas amarillas había bellos dibujos de flores, setas y frutos, y la caligrafía era excelente.
Deston trajo una bandeja repleta de pasas y galletas crujientes, de las que Ewe-on apenas probó una para acompañar su infusión. Entre abrasadores y breves sorbos, el anciano dijo:
– Ese libro resulta útil al principio, cuando eres un muchacho adolescente que sueña con aventuras y viajes. Pero, una vez has pateado Nhyun desde las Costas Blancas del país de Goran hasta los pantanos de Ushul, una vez has soportado el peso del sol durante días y el frío de la noche ha calado en tus huesos, una vez la lluvia ha hundido tus hombros y el cuello se ha agotado de mirar las estrellas para encontrar el camino de regreso, una vez has sufrido el veneno de las setas rojas del sur y has saboreado las dulces hojas de asrim del este, este viejo tomo carece de sentido, hijo – la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa, y se le hicie-ron arrugas en los ojos – A mí no me sirve de mucho, pero nunca en mi vida me he desprendido de un libro. Así que considera esto un préstamo, ¿de acuerdo? – inquirió, haciendo un gesto para que el muchacho tomase el volumen para sí – ¡Arriesgo mis manos al asegurar que te será de más utilidad a ti que ha mí en las próximas semanas! Está algo viejo, como ves, pero todas su páginas están intac-tas, salvo las que tienen mis propios apuntes.
Eweon miró agradecido al anciano, que frunció el ceño aún sonriendo.
– Eh, chico, recuerda que sólo es un préstamo, ¿entendido? – Advirtió, e hizo un ademán con la mano para acompañar sus palabras – Como no me lo devuelvas, te prometo que lo pagarás muy, muy caro.
– Descuida – fue lo único que repuso el muchacho, sabiendo que no era necesa-rio más.
– Bien, guaje… – murmuró el anciano, cerrando los ojos y pasándose dos dedos por las cejas, para después atusarse su corta barba de cinco días – Así que querías hablar del Ephean Imein, ¿no es cierto? – Eweon asintió, despacio, mientras to-maba un sorbo de su té – Vamos a ver… Ambos sabemos que ésta técnica de bloqueo mental está vedada a todo aquél que no sea Maestro del Quinto, pues sólo con altos conocimientos del arte mental se lograría mantener a alguien con los recuerdos reprimidos durante tanto tiempo. Sin embargo… Existe otro modo de lograr esto mismo; quizás sea más inverosímil, te parezca más ridículo y no logres dar crédito a mi sano juicio. Pero es lo único que se me ocurre…
– ¿Qué? – exclamó el chico, ante el pesado silencio del anciano, que parecía perdido en sus propias palabras, extraviado en sus pensamientos.
– Magia, Eweon – añadió Deston, serio y afligido, como si le doliese de algún modo continuar con la conversación; aún así, prosiguió: – Toda criatura que se valiese con el poder de la magia, sea o no un mago propiamente dicho, podría conjurar un Ephean Imein contra alguien no preparado, y no tendría problema alguno en prolongarlo durante tantos allias.
– Pero eso no tiene sentido, Deston – replicó Eweon, un tanto sorprendido, aun-que su rostro permaneció gélido como un témpano de hielo – Nadie podría tener interés en bloquear los pensamientos de alguien como yo, ¿no crees?
– ¿Y quién eres tú para saber qué o no debe hacerse con la magia, zagal imber-be? – Inquirió el viejo, visiblemente molesto – Creerlo o no es cosa tuya, mucha-cho; yo he dado mi opinión.
Eweon calló, en señal de disculpa. El anciano pareció complacido, y asintió, mientras dejaba su taza de humeante té en el suelo, cerca de una de las patas de su mullido asiento.
– Sea quien sea – continuó -, y ten por seguro que alguien es, debes andarte con ojo, Eweon, pues son muchos los que guardan secretos en Enerah – susurró, con una voz que hizo estremecer por entero el cuerpo del joven – Aprende esto, hijo: hasta los más puros y poderosos mienten, pues la verdad hoy día ya no es una virtud ni una gracia por la que merezca la pena conservar lo que en su día llama-mos honor.
Chasqueó la lengua, y frunció el gesto.
– Pero, ¡bueno! No pretendo asustarte, hijo, no – sonrió – No hagas caso de los desvaríos de este viejo: no te conducirán a ninguna parte. Sin embargo… – dijo, mientras se levantaba perezosamente de su sillón – Hay algo que quizás te ayude, en mayor o menor medida – cogió un par de hojas del suelo, les echó un rápido vistazo, y las tiró de nuevo. Después sacó de un mediano baúl algo que parecía una caja de piedra gris, o blanca y tremendamente polvorienta. Sacó de ella cua-tro pergaminos, que tendió al muchacho – Tratan sobre el bloqueo mental y las criaturas que pueden provocarlo. Ten cuidado, mucho cuidado, que se rompen con facilidad, y te sacan más de veintinueve allias cada uno – advirtió -, pero la información que contienen sigue igual de eficaz que cuando fueron escritos.
– Dime, Deston – empezó Eweon, mientras cogía delicadamente los cuatro ma-nuscritos – ¿qué clase de criaturas pueden provocar un Ephean Imein?
– ¿Aparte de los Hombres? – comentó, burlón, el anciano – Tanto el veneno de las mignetas como la mirada de un hulón de Campos Altos. ¡Ay, amigo, la cantidad de respuestas que podría citarte! Pero te llevará mucho menos tiempo memorizar las que están escritas en esos textos, créeme.
– ¡Espero tener tiempo como para leer todo esto! – rió Eweon. El viejo no dudó en unirse a su alegría con una simpática sonrisa.
– Oh, si no puedes con tanto lo entenderé, muchacho – dijo, socarrón.
– Descuida, Deston – replicó Eweon, con el mismo aire bromista – Si hasta tú has podido leerlos, no veo motivo por el que yo no pueda hacerlo.
El anciano rió entonces con verdaderas ganas.
– ¡Muy bien, chico, verdaderamente bien! – exclamó, con un par de lágrimas en los ojos – Tú ganas, muchacho. Eh, ¿qué te parece una partida de lau tamner?
– Fantástica idea – repuso Eweon, asintiendo con la cabeza. El anciano se sentó de nuevo frente a él, y sacó de unos pequeños cajones laterales de la mesa las cuatro torres del juego. Deston empezó primero, deslizando la pieza del shanellin de Viento. Eweon calculó pronto todas las posibilidades, y movió la serpiente de Tierra a uno de los puntos del tablero. Era imposible que el shanellin alcanzase ese punto, pues ninguna línea interconectaba ambas posiciones.
– Fatal error, hijo – comentó Deston, con los ojos encendidos. Entonces la pieza de la Sierpe de agua acabó por derrumbar su torre de tierra. Por lo tanto, Eweon tuvo que guardarla en su lado del tablero, señal de que había hecho caer a su elemento. Sólo si vencía dos de los animales del anciano podría ganar la partida, lo cual resultaría arduo como nada en el mundo, pues Deston era de veras un genio en el lau tamner. ¡Y eso que el joven sabía que sólo estaba viendo las pri-meras nieves de Hindallia! Intentó concentrarse. Usó el shanellin que había toca-do Deston dos turnos antes, y lo puso a buen recaudo, lejos de la pieza de Fuego y la de Tierra – Buen movimiento – comentó el viejo, antes de poner el ninnët fren-te a la posición de la torre de Viento. Era un cebo demasiado claro. Eweon movió sin dudar su pieza al otro extremo de la mesa. El anciano chasqueó la lengua, frunciendo el ceño. Entonces movió su pieza de agua, logrando en un movimiento acorralar tanto al shanellin como al ninëtt de fuego – Muy mal ese final, guaje – apuntó – Debes recordar siempre las piezas que puedes usar, y no las que has usado, pues no es lo mismo. ¡Abre bien los ojos! Tanto en este juego, como en la vida misma, no todo el enemigo luchará siempre contra ti, al igual que puede ser la espada de tu mejor aliado la que atraviese tu pecho de parte a parte. ¡Debes ver, muchacho! Has de tener tus ojos atentos a todas las posibilidades, a todas las supuestas resoluciones del conflicto. ¡No descartes ni des por seguro! Recuérdalo.
Eweon asintió, y tragó todo el té, ahora frío, que quedaba en su taza. Pasaron allí toda la tarde, entre bromas, infusiones de hierbas y flores, cuentos, juegos y alguna canción. El gran Fuego declinaba ya en el este cuando Eweon partió a su casa, con los pergaminos del anciano bajo el brazo. Poco tendría Deston que de-cirle más sobre el Ephean Imein, se dijo. Si el viejo sabía más, no estaba dispuesto a decírselo, no aún, al menos. Así que, ¿para qué importunarlo con sus pregun-tas? Como diría su padre: siempre habrá un mañana esperando; y, si no lo hubiese, ¿de qué sirve importunar a alguien el último día de nuestras vidas? 

Intentó que la etha iluminase lo menos posible, tan sólo lo suficiente como para poder echarle un ojo a sus nuevas lecturas. Dejó el Conciliativo en su mochila, y se centró en los pergaminos que trataban sobre el Ephean Imein. Empezó por uno titulado Criaturas de la Mente. Se mencionaban en éste nombres que para Eweon le eran absolutamente desconocidos: akânphara, ginoreth, unchen… En su mayo-ría, los términos que aprendió referían a animales de montaña y zonas pantano-sas, y algunas criaturas del bosque como el dándion. Sin embargo, ninguna de las criaturas parecía ser propia del bosque de Enerah, sino a lugares tan lejanos como los pantanos de Ushul o los picos de Akish.
Sólo fue en el último pergamino, cuando sus ojos estaban apunto de caer rendi-dos en el reino de los sueños, cuando pudo entrever la palabra “elfos” perdida en un oscuro mar de letras, ahora carentes de sentido.

La frescura del aire matutino inundó su cuerpo, llenándolo de una alegre ener-gía. Tenía los manuscritos aún encima de la cama, y agradeció a su suerte no haberlos roto mientras dormía. Los puso cuidadosamente sobre su pequeña me-sa, y se desperezó, bostezando sin ningún reparo. Miró sus sucias ropas, y se dio cuenta de que tenía que adecentarse un poco.
En el patio interior de la casa había un pequeño estanque de madera, lleno del agua que circulaba por todo Bridell y cubierto con un manto gris y pesado. Tras levantar la tela y quitarse la ropa, el joven se metió en el agua. Con profundo placer, sintió el reparador efecto que infligía el agua fría al contacto de su piel. Usó un colorido jabón que habían comprado hacía algunas semanas, y que toda-vía parecía nuevo. Limpió su rostro y su cuerpo, y se impregnó del aroma floral del baño.
Desde la bañera, Eweon vio cómo su hermano salía de su habitación y caminaba por el pasillo que daba al pequeño patio interior. Se saludaron con un cabeceo, y Midhan desapareció para bajar las escaleras. Al rato Eweon escuchó el silbido del otro muchacho, y cogió una manzana al vuelo, a escasos centímetros de su cara.
– ¡Buenos reflejos! – exclamó Midhan, saliendo a trompicones de la casa, tam-bién con una fruta en las manos – Pero mira que esta costumbre de bañarte por la mañana… Y lo que es peor, ¡antes de pegar bocado!
– Déjame salir, anda – apremió el chico, apartando a su hermano con el brazo – ¿Practicaremos hoy con la espada?
Midhan respondió con un chasquido de lengua.
– Pese a que mis numerosas ocupaciones amenazan con requerir de todo el tiempo que pueda ofrecer – anunció, de modo pomposo y burlón – creo que pue-do sacar unos segundos para ser humillantemente derrotado por mi hermano menor.
– No digas eso, Midhan – replicó Eweon, mientras se ponía la fina camisa – No te derrotará casi con desidia tu hermano menor, sino por tu querido hermano me-nor.
– Ah, qué gracioso, ¡genial! Pero ten presente que hoy no ganarás, querido que-ridito hermanito pequeñito. ¡Ya veremos si de verdad la suerte estará a tu favor esta vez!
– Poco me importa que la suerte esté o no a mi lado, hermano – apuntó, gui-ñando un ojo -, pues son mi destreza y mis movimientos los que me hacen ven-certe una, y otra, y otra vez.
Midhan no pudo si no reír la gracia, mientras devoraba lo que a su juicio era un indispensable manjar, la razón por la que empezar el día con ganas de vivirlo to-do: frutas saladas de kop. Bien era cierto que el color oscuro, y la cantidad del abundante jugo que liberaba hacían la pieza poco apetecible. Pero a Midhan le parecía que la vida sería inútil sin kops.
Salieron de la casa, y se separaron antes de llegar al primer puente.
– No tardo nada, Eweon, lo prometo. Espérame en la Rama de Entrenamiento, ¡por favor! – y se volvió y fue corriendo ramas abajo, como era su costumbre.
El muchacho se encogió de hombros, y siguió su camino, corriendo, pues sabía que debía estirar bien los músculos antes de luchar contra su hermano. Tropezó con Bearlin, y cayeron al suelo en mitad del barullo de gente, lo que provocó nu-merosas carcajadas entre la multitud. La joven sacudió su falda, y miró a Eweon, algo confusa. El chico sonrió, y se ofreció para ayudarla con las compras que ella cargaba hasta Las Tres Valientes. Durante el camino charlaron y tararearon como solían hacer cuando paseaban juntos, y en la Rama de Entrenamiento fue donde se separaron. La chica desapareció tras una cortina de la posada que atendía Gordo, quien parecía sofocado, aún no habiendo más de once personas sentadas en las mesas de gruesa madera. El gordo tabernero lo saludó con un cabeceo de su oronda y acalorada cara. El muchacho sonrió, y devolvió el saludo. Había algu-nos muchachos de su edad jugando con la taurin de Fedregan; Eweon hizo caso omiso de ellos, y con visible molestia, se alejó de los guajes hasta sentarse en un banco cercano a donde Midhan y él acostumbraban a entrenar.
No habría pasado demasiado tiempo cuando vio a su hermano correr desbocado hacia él, con un palo en cada mano. Lanzó uno, con tanta fuerza que Eweon tuvo que apartarse y dejar caer el objeto unos metros más allá.
– ¡Vaya, hermano! ¿Por qué has dejado tus reflejos en casa, en vez de traerlos contigo? – bromeó Midhan, socarrón como sólo él sabía.
– No creo que sean mis reflejos los que fallen, si te sirve; pero, dejémonos de cháchara ahora. ¡Demuéstrame si estoy equivocado, Midhan! – exclamó, aún cuando su voz acabó en un áspero susurro.
Aquella vez el duelo de miradas estalló junto a los mandobles de los muchachos, que chocaron en un rugido de energía contenida. Cambiaron posiciones tras sus estocadas, pero no apartaron los ojos del rival en ningún momento. Midhan apuntó directo al pecho de su hermano, que se zafó del ataque con un burlón y desidioso gesto de su arma, que chasqueó hueca en el aire. El joven no lograba ser tan hábil en el contraataque como Eweon, lo cuál éste último aprovechaba cada vez que la situación se lo permitía. Giró sobre sus talones, y con una mano en la espalda en gesto socarrón, se colocó tras su hermano y hizo descender su espada, rápido como una flecha, hasta el cuerpo del indefenso Midhan, que ape-nas logró arrodillarse al recibir el golpe.
– ¡Maldita sea! – Gimió, apretando los dientes, para no llorar -¡Podrías haber parado antes!, ¿no te parece? ¡Ay!
Eweon soltó su palo y corrió a atender a su hermano, que no parecía tener más que un arañazo sangrante y un morado en la espalda. Sacó de uno de los bolsillos de su abrigo una hoja ancha y dentada, que parecía untada en alguna clase de aceite. Aplicó aquella burda aunque eficaz medicina, que alivió pronto el dolor y la hemorragia.
– Haznos un favor – gruñó Midhan, con gesto torvo – y controla tus impulsos, ¿de acuerdo? Porque todos sabemos aporrear al contrario. Así que si no quieres recibir de palos hasta las Ramas Altas, te aconsejo que vigiles esa espada.
– Entendido – respondió Eweon, con una pequeña reverencia en señal de arre-pentimiento.
Se levantaron, y aunque cojeaba, Midhan no intimidaba menos. Era un mucha-cho alto, fibroso y de mirada dura cuando se lo proponía. Muchas veces era el guaje más alegre de todo Bridell; otras, en cambio, era tan serio y frío como un témpano de hielo. Sabía cuándo era apropiado bromear, y cuándo debía compor-tarse como un adulto. Como Nôha, en realidad. A veces Eweon tenía la impresión de que su hermano pretendía imitar al hombretón en la mayoría de cosas que éste hacía. De hecho, a ambos se les rasgaba la voz del mismo modo cada vez que la presión desmoronaba sus férreos nervios.
Apenas se dio cuenta de que su hermano lanzaba ya una rápida estocada dirigi-da a su pecho. Hizo una finta a la izquierda, y saltó atrás, sin perder en ningún momento el equilibrio. Apenas sus pies se aferraron un instante al suelo, saltó de nuevo contra su hermano, que ya había preparado un movimiento defensivo. El choque hizo caer a ambos chicos a un lado, aunque no tardaron en levantarse de nuevo, entre jadeos. Sin dudarlo, se lanzaron el uno contra el otro, espadas en alto, dispuestos a dar el golpe definitivo. Y, sin embargo, todo el frenesí cesó abruptamente en un instante, como si el tiempo se hubiese detenido. Ambos sabían que era mejor detenerse ahí, y no arriesgarse a continuar; habían llegado al punto cúspide del combate, y nada bueno podía esperarles a partir de ahora. Cada uno aprendería de la victoria y la derrota, pero dejarían los huesos rotos para otro momento.
Apunto estaban de empezar un nuevo duelo, de volver a lanzar sus rápidas y fieras estocadas, cuando Aqüanda llegó, acompañada de Isthin y Henhaila, sus dos mejores amigas, que, entre risas, se detuvieron a varios pasos de los muchachos, cuchicheando entre ellas como hacían todas las chicas a aquella terrible edad. Sin embargo, Aqüa se mantuvo serena cuando les dijo:
– ¡Hey, mis soldados de madera! – otra de sus formas cariñosas de nombrarlos cuando estaban juntos. Palichines, espada-palos, maestros de las ramas y aún había una interminable lista de motes como aquellos – Esta noche es la segunda Cena de Víspera, y… vamos a hacer una gran cena en Las Tres Valientes, así que, ¿os apetece venir?
– Bueno, tendríamos que consultárselo a padre y madre, pero…
– ¡Cuenta con nosotros! – exclamó Midhan, con una amplia sonrisa en los labios. Casi empujó a Eweon a un lado, pero controló sus brazos y se sujetó las manos a la espalda.
Aqüa les dedicó una coqueta sonrisa, y volvió junto a Isthin y Hen, que no habí-an dejado de soltar ridículas risitas y cuchicheos, para irse a Las Tres Valientes, donde Aqüanda debía ayudar a su hermana en las tareas de la posada.
– Eres imprudente e irreflexivo, Midhan – apuntó Eweon, con una sonrisa.
– Y tú demasiado recogido y ecuánime en cuanto a mujeres refiere, mi buen hermano – replicó el joven, guiñando un ojo – Pero albergo ninguna duda en que, dentro de mucho, mucho tiempo, aprenderás a poseer la fabulosa bizarría del talentoso Midhan – ambos rompieron en una regocijada carcajada – Ah, pero, en serio, Eweon, ¿acaso crees que a Madre o Padre les importunará el hecho de que ya hayamos elegido sabiamente a nuestros anfitriones?
– Sin duda, tu reflexivo y meditado juicio hará las delicias de nuestros padres, hermano.
– ¡Y es así como el joven Eweon empieza a hablar con algo más de sensatez! – exclamó, poniendo los brazos en jarra y dando un brinco, como cada vez que se burlaba cariñosamente de su hermano.
Una suave brisa hizo tiritar las hojas amarillentas de Bridell.
– Esperemos que el viento sea benigno esta noche – cuchicheó alguien a su lado, aunque no alcanzaron a reconocer la susurrante voz. Bien era cierto, que por aquella época del año, las fuertes corrientes de aire se hacían temer en todo Ene-rah. Y todos sabían que las fuertes tormentas nacían de los apacibles céfiros del sur…

El plomizo gris que tiñó el cielo luchaba por atravesar la inexpugnable muralla que formaban las pardas hojas del oltak; bajo ellas, en cada rama y en cada casa, brillaban gozosas cientos de ethas, y cualquiera podría asegurar que todo Bridell disfrutaba dichoso de la deliciosa velada que ofrecía la Segunda Cena de Víspera.
Y, si bien la jovialidad era general en todo el pueblo, la posada de Las Tres Va-lientes resplandecía aquella noche con verdadera algarabía; las jarras se llenaban continuamente, y la música se hacía escuchar por doquier, y muchos bailaban dando brincos y cabriolas al compás de cada una de las canciones, que se enlaza-ban unas con otras en un círculo que no parecía tener fin, ni desear poseerlo.
– ¿Qué decías de mi acertada, sabia y siempre excepcional ocurrencia, hermano? – le preguntó Midhan, en un momento dado en el que ambos estaban sentados en las sillas de madera, mientras que, con un amplio gesto de su brazo, señalaba a todos los invitados danzar de un lado a otro.
– Cállate, y bebe – sonrió Eweon, tendiendo una jarra a su hermano, que la be-bió toda con ansia – Y recupera fuerzas, que me parece que debes volver a sacar de nuevo a bailar a Aqüa.
– Pero, ¡bueno! – Exclamó el muchacho, frunciendo el gesto – ¿Acaso esta criatu-ra no se cansará nunca? Ay, ¡qué se le va a hacer! ¡A las armas de nuevo, soldado! – dijo, y le palmeó la espalda a su hermano.
– ¡Si supieras las horas de guerra que aún te quedan por afrontar, mi buen Mid-han! – bromeó éste, dándole un último empellón.
Dejó a su vez la jarra de lahin ya finiquitada, y saltó dispuesto a buscar a la her-mosa Namie entre la multitud que se había congregado en la posada con motivo de la fiesta. Muchos, al acabar la cena en la casa de cada familia, salían por Bridell a disfrutar de la música y el espectáculo que ofrecía el pueblo en aquellas hermo-sas noches cargadas de algarabía y fuerza. Tardó con dar con la muchacha, que estaba bailando con Landor, un chico algo mayor que él, y que se asemejaba a una ardilla de bosque. Cuando ambos acabaron su danza – el guaje era patoso como nada, y estaba sudando como un puerco, aunque hacía una noche agrada-blemente fresca -, Eweon se acercó con una sonrisa a ella y le tendió una mano mientras hacía una pequeña reverencia, en señal de cortesía. La joven se la tomó, gustosa de haber encontrado a alguien que podía seguir sus pasos sin dañar sus pequeños pies.
– ¿Estás preparado? – preguntó ella, con una mano alzada, lista para dar el chas-quido que daría comienzo a la danza.
Todos se unieron, del mismo modo, para dar comienzo a un gran baile. Las pri-meras notas vibraron en el aire, ascendiendo la melodía suave al principio, más rápido según pasaba la noche. Muchos acabaron por dormir en mitad de la rama, agotados; otros fueron a sus casas poco antes del amanecer, dispuestos a dormir todo lo posible.
Y, sin saber cómo, el sol salió por el oeste, como cada día. Aquél se avecinaba un día tranquilo, pues tras la Segunda Cena de Víspera, pocos eran los que se atreví-an a hacer nada hasta la noche. Así, Bridell amanecía tranquilo y silencioso su-mergido en el bosque de Enerah, aún cuando los Pastores del Alba habían lanzado ya sus matutinos aullidos al cielo azul.
Eweon abrió los párpados, abandonando su sueño, del que apenas recordaba una alegre música y luz… Se desperezó un poco, y fue incorporándose lentamen-te. Casi exclamó una maldición al ver a su hermano a su lado, que roncaba pro-fundamente. Le invitó a levantarse con un codazo, y apenas tuvo tiempo de es-quivar el fuerte puñetazo que Midhan le lanzó a la cara. Nunca había tenido un buen despertar.
– Vamos, vamos – susurró Eweon, saltando de la cama – A saber qué hora es…
– Temprano – respondió Midhan, antes de taparse por completo con las dos mantas que había en el lecho – Demasiado temprano – concluyó.
Nôha dormía junto a su mujer, y Alenâi desayunaba cuando Eweon llegó al co-medor. Se saludaron con un cabeceo. La joven había dormido poco; Eweon lo sabía siempre, pues la llama de los ojos amarillentos de aquellos ojos ambarinos se apagaba, y dos profundas sombras oscurecían crueles la mirada de la mucha-cha. Y pocas cosas podían turbar la mente de Alenâi. Muy pocas.
– Dime, hermana – murmuró Eweon, mientras se sentaba en la mesa, frente a la joven – ¿Cómo?
– ¿Cómo? – ella enarcó una ceja, sin apartar la mirada de su desayuno.
– ¿Cómo conociste al Ciervo, cómo sabías que me esperaría la bestia de ojos amarillos, cómo…?
La chica alzó la cabeza, ahora con los ojos muy abiertos y una extraña ira gélida llameando en su mirada.
– Sé lo que he de saber, hermano, porque escucho a quien he de escuchar. Aun-que no lo quiera- Eweon notó como su gesto se crispaba en una angustia reprimi-da – Siempre escucho. Siempre he de estar ahí, para prestar atención a la sabidu-ría de quien ha sido olvidado… Deberías agradecer que comparta lo que sé conti-go, en vez de hacerte cuestiones innecesarias. No siempre voy a…
La muchacha calló al escuchar los fuertes tumbos de su padre bajando la escale-ra. Su encendida mirada volvió a su labor, y todo su cuerpo volvió a su habitual estado de calma. Eweon intentó adivinar aquellas últimas palabras; sin embargo, nada en Alenâi delató el fin de la conversación.

– ¿No vendrá tu hermano hoy? – Preguntó Aqüa, mientras se sentaba en la mesa en la que estaban los dos chicos – Ay… Qué mal le sientan las noches demasiado largas.
– Y los sueños demasiado cortos – apuntó Duende, chasqueando los dedos.
– Absolutamente de acuerdo, amigo mío – dijo Eweon, antes de darle el primer -y último- trago a su jarra.
La muchacha hizo otro tanto con su lahin, y sólo Duende necesitó dar tres apu-rados tragos a su vaso de vino dorado de aindali. En realidad su nombre era Dún-deloid Endedóien, nombre que le pusieron sus padres, obviamente natales de Onnetta, en honor a su abuelo Dundeloid Gormu Ended Óien (quien nació antes de que las familias Ended y Óien uniesen por completo sus lazos de sangre). Sin duda, Duende era un chico tan excepcional como su nombre. Tenía apenas doce allias, pero era sagaz como el que más, y nada pasaba inadvertido a sus inquietos ojos; aunque la mayor cualidad de este original muchacho era su lengua, su in-creíble habilidad para las historias absurdas y las más cómicas parodias de las epopeyas que traían los juglares desde el sur. El aspecto de duende no era por menos curioso que el resto de su persona: de poca estatura aún para su edad, apenas alcanzaba su cabeza el pecho de Eweon. Sus manos eran menudas y sus brazos, demasiado largos. Su pequeña nariz contrastaba con sus grandes ojos, y sus orejas eran quizás un tanto desmesuradas para la pequeña cara del joven. Sin embargo, no era desagradable, como otros muchos guajes atacados por la curiosa fealdad de la adolescencia. Y si todo aquello podía conferirle a Duende una apa-riencia ridícula y un aspecto bufonesco, sus ropas, tejidas por su madre, acababan por dar a su persona el ridículo aire por el que todos le conocían.
– Eh, ¿dónde iréis esta noche?
– Yo le prometí a Hen que estaría con ella en la Tercera Noche – repuso Aqüa.
– ¿Y tú, Eweon? – insistió el chico.
– Pues… lo cierto es que aún no lo sé.
– ¡Fantástico! Entonces diles a tus padres que la familia Endedóien os recibe con los brazos abiertos esta sin duda magnífica Cena de Víspera – sonrió Duende, dando una palmada a la mesa.
– Que no sé si ya hemos hecho planes…
– ¡Ya está dicho! Y no puedes faltar a tu promesa, insignificante Ojos de hielo, ¿me equivoco?
– ¡Pero si yo no he prometido nada! – exclamó Eweon, saltando de su silla.
– Acaso… ¿Acaso no deseas venir a la casa de Duende? – sollozó el muchacho, abrazándose las rodillas – ¿Te avergüenzas de tu pequeño amigo Dúndeloid? ¿Pe-ro qué te hemos hecho nosotros, Eweon, que sólo nos brindas tu desprecio y tu rencor?
– ¡Yo no he dicho eso! – las risas de Aqüa y las suyas contrastaban con la patética actuación del joven Endedóien – Basta ya, Duende. Eres un caso aparte… De acuerdo, ¡tú ganas! Iremos a la célebre casa de los Endedóien si aún somos bien recibidos en su seno – hizo una burlona reverencia, mientras Duende saltaba de su asiento, y aplaudía ansioso las palabras de Eweon.
– ¡Bien, bien! Endedóien queda satisfecha, y os recibe cordialmente entre los suyos. ¡Sabrá todo el Reino cuánta es la generosidad de mi familia antes de que el Fuego se eleve desde las Montañas Bárbaras!
– Y no sabes lo que nos alegramos todos – concluyó Aqüa, con una sonrisa – Yo ahora tengo que irme a servir más y más jarras, así que, ¡hasta otra, chicos!
Se despidieron con un gesto de la joven, y Duende y Eweon decidieron avisar a sus padres de que el gran encuentro entre las familias era inminente, y que esa noche habría comida, bebida, música y estrellas.
Y quizás lluvia, si la suerte no les era propicia.

No llovió, sin embargo, aquella noche. Pero el frío que volaba en el aire calaba fondo en los huesos de todo ser viviente que estuviese a descubierto.
Y Eweon notó cómo su cuerpo estaba extrañamente caliente, casi febril. No, no se encontraba enfermo, y este hecho no parecía afectarle en el trato con Duende y sus padres. Pero era extraño, sin duda. Era algo que no podía obviar, algo a lo que no se podía dejar de conceder su merecida importancia. Salió de la casa, y el viento helado golpeó su pecho y su garganta, haciéndole sentir mejor, acallando su calor interno.
– ¿Te pasa algo, amigo mío? – le preguntó Duende, que había salido al notar su ausencia.
– Sólo necesito sentir… – las palabras murieron antes de ser pronunciadas. Algo estaba pasando más allá de la casa de Duende. Algo pasaba más allá de Bridell: Enerah gritaba, se agitaba, luchaba contra un enemigo perverso, maligno, lejano. Ascuas doradas que gemían, dos profundos pozos de muerte incandescente que recorrían el cuerpo del muchacho sin contemplación alguna. El Girith le había encontrado, y ya nada podría salvarlo de la ira de la Espesura…

Despertó, sintiendo cómo el miedo acosaba el latido de su corazón. Y el aire llegó unos momentos después, depurando su cuerpo, aliviando su dolor, llenando su pecho. Por un momento creyó seguir en casa de Dúndeloid. Sin embargo, des-cubrió pronto que se encontraba en un lugar acogedor, cálido, pero sereno. Silen-cioso, calmo, como si aquél paraíso de reposo estuviese en desacuerdo con las opresoras garras del Girith, que aún tenían presos los ojos helados del muchacho.
– Deston… – susurró Eweon, levantando una temblorosa mano.
El viejo la tomó, y compartió con él su propia vitalidad.
– No ha sido una buena forma de despedirte de Duende, zagal – apuntó el an-ciano- y esto de aparecer en mi casa inconsciente se está convirtiendo en una desagradable costumbre, muchacho.
– Lo entiendo… No sé por qué demonios siempre me traen aquí cuando…
– Oh, no te ha traído nadie – cortó Deston, clavando sus ojos en el chico – En ninguna de las ocasiones has necesitado ayuda.
– ¿He venido por mi propio pie?
– No, eso sería absurdo.
Hubo un silencio corto, en el que Deston dudaba y Eweon esperaba algo más.
– ¿Entonces? – preguntó el chico, incómodo.
– Es obvio que asocias este lugar a la cura – repuso Deston – de tus problemas, o del problema que tienen otros y que acaba por recaer en ti.
– Os aseguro que no entiendo nada…
– Será mejor que empecemos, entonces, por aclarar la principal duda que nos atañe, duda que concierne a mi persona. Pues, ¿quién soy? Es algo difícil de expli-car, difícil de entender y difícil de creer.
Eweon se puso cómodo, y recordó la calidez de la voz de Deston al contar sus viejas historias y sus fantásticas aventuras.
– Hace tiempo, todo Nhyun se vio agitado por una noticia, una noticia que corrió como la pólvora, y que pronto era conocida por todos cuantos poblaban las tie-rras de este reino. Esta noticia era una profecía, que narraba con palabras de distintas lenguas unos versos que presagiaban el milagro, el gran Acto que nos habían concedido los Dioses. Lamento decirte, mi buen Eweon, que no alcanzo a reunir las fuerzas suficientes como para recordar estos versos, y te suplico que no me hagas recordarlos en mucho tiempo.
“Pues estos versos, si bien recobraban nuestros corazones de una esperanza perdida, traía consigo un trágico mal, una febril locura que azotó las vidas de inocentes y las condenó por siempre al oscuro desierto de Langrand. Se cometie-ron crímenes atroces en su nombre, y en su nombre se inició una guerra silencio-sa, un veneno mortal que aún corroe el mundo que nos rodea.
“Esta profecía, esta desgracia o bendición, proclamaba el retorno del Primero, y confesaban que sería él quien regalaría a nuestro mundo el equilibrio que había-mos quebrado.
“Todos, pues, querían tener el control sobre este salvador inderrocable, sobre el Gran Antiguo que nos daría paz y victoria. La Reina, aún niña, fue aconsejada por su propio Círculo, y mandó a sus esbirros a capturar al Primero. Los Rebeldes desplegaron todo su empeño en encontrar su última esperanza, y mandaron a los Señores de los Caballos en pos de aquél anhelo de triunfo. Los Elfos prepararon a sus Naië’th y tomaron control de bosques y ríos, aún sin que nadie lo supiese. Las criaturas de los Vientos agudizaron sus afilados ojos, al igual que Enanos y Gentes del Agua, pues no podían estar preparados en tan poco tiempo para una guerra tan feroz como silenciosa. Y los Magos… Negros, Blancos y Grises, los más ciegos y ofuscados de todos, mandaron a tres Maestros Blancos, ocho Señores Grises de las Brumas, y a un único Mago Negro.
“Durante más de cinco allias, estos males azotaron todo Nhyun de norte a sur, casi sin excepción y, desde luego, sin ningún resultado. La incertidumbre podía leerse en cualquier rostro de granjero, noble o ladrón, y nadie sabía, sin embargo, cuál era el motivo de tanta sangre, de tantas vidas segadas en tan poco tiempo.
“Hasta que un día, como si de una conspiración se tratase, todo aquél implicado en la búsqueda dio la empresa por imposible, por incoherente, por absurda. Así que, en un intento de olvidar los crímenes cometidos en el pasado, muchos de los integrantes de cada bando decidieron huir en silencio y acarreando la vergüenza de su derrota.
“Y el Gris llegó a verse oculto entre la multitud de un enclave perdido entre montañas y árboles, durante muchos años, y pasó allí gran parte de su vida. Y entiende, Eweon, que nunca se puede llegar a olvidar del todo el horror, el sufri-miento, la muerte…
“Pero un día, el pasado regresó con la furia de la tempestad. Una noche, un temblor crispó el corazón del Gris, y supo de inmediato que la Sombra Negra había regresado, incansable, para cobrar su merecido trofeo: el Mago Negro hab-ía encontrado al Primero. Todos habían interpretado la profecía mal, pues todos pensaron que sería una llegada inminente, una cura inmediata a todos los males del reino. Pero la cura llegó mucho tiempo después, cuando todos los males pare-cían una enfermedad inherente a Nhyun, con el nacimiento de un niño.
“La Sombra intentó llevarse al recién nacido en mitad de la noche. El Gris salió tras él, y durante mucho tiempo luchó por alcanzarlo, sin resultado. Sin embargo, la ambición del Mago es algo difícil de comprender. El Negro pareció pensarlo mejor, y se planteó llevar no sólo al Primero si no también al viejo mago Gris con-sigo, para demostrar así que la Torre Oscura era la casa suprema de la Magia. Así que se sentó, y esperó. El combate se hizo inminente, y ambas fuerzas chocaron con furia desbocada, en una última batalla donde los elementos se agitaron como nunca antes se había visto. Fue un duelo largo, del que ninguno salió victorioso; sin embargo, ambos perdieron. El bebé había desaparecido. La Sombra gritó fu-riosa, y el Gris se desplomó. Cruzaron una dura mirada, en la que se libró una pugna aún más intensa que la anterior. Controlaron sus nervios, y cada uno tomó un camino, sintiendo el peso de la vergüenza, el pasado y la pérdida de esperanza.
Deston hizo una pausa, y suspiró, como si le costase un tremendo esfuerzo arrancar esa historia de lo más profundo de su ser. Sacó una moneda de uno de sus bolsillos, y luego la hizo pasar por sus nudillos. Con un rápido gesto, la hizo desaparecer, y al rato cayó desde lo alto.
– Disculpa la pausa, pero no es fácil contarte esto – suspiró de nuevo, y armán-dose de valor, continuó contando.
“Durante allias, el Gris cuidó veladamente del chico, y lo vio crecer y madurar. Supo desde el primer momento que la Sombra Negra no se había equivocado, y que aquél muchacho era la encarnación del Primero. Pero, ¿qué es lo que debía hacer el viejo Gris, ahora que su búsqueda parecía haber perdido el sentido? La sangre ya había sido derramada tiempo atrás, y nada podría salvar Nhyun del caos que se avecinaba desde cualquier punto al que mirásemos. Así que el Señor de las Brumas partió de nuevo en un largo viaje, que le llevó allias enteros llevar a cabo: viajó por el Valle de los Montes de las Lunas y el Abismo, pasó el Monte Espiral y conoció el pequeño país de los Lobos, Jhounes; atrás dejó Munier, y pasó la Grieta de Maerula, y llegó casi sin quererlo al inmenso Lago de Goran. Consultó a sus mejores consejeros, a sus mejores amigos y a sus mejores Maestros. Sin embargo, ninguna respuesta parecía estar libre del interés mezquino que se había adueña-do de ellos en otros tiempos. Partió entonces al lugar donde habitaba el único que podría darle la cura a sus dudas, el Caminante del Danhälle, el Eterno Perdido. El alma en pena que erraba sin descanso y que conduciría por siempre a las almas que habían hallado la paz en la muerte.
“Y para esto tuvo que morir. Se aseguró de que su cuerpo pudiese ser encontra-do de nuevo por su espíritu, pues sabía que el viaje al que se enfrentaba le costa-ría tiempo. Y aún más tiempo le costaría regresar, pues si bien el Caminante deci-dió darle las respuestas que buscaba, no estaba dispuesto a dejar escapar al Gris del fatal destino al que había atrevido a encarar.
“Pese a que el encuentro duró poco tiempo en el plano espiritual, habían pasa-do tres allias en el Nhyun mortal desde el suicido del Gris. Tiempo de sobra para que el cuerpo del mago hubiese muerto por siempre. Sin embargo, consiguió despertar. Aquél fue el gran favor que le concedieron las hadas del gran Bosque, pues tiempo atrás el Gris curó el mal de las raíces del Árbol Dhonóthondell, el Guardián de Shinku. Bien, dejaré de lado todos los peligros que tuvo que aguan-tar el Gris en el camino de vuelta a casa, que no fueron pocos, y te diré que cono-ces gran parte de la historia a partir de entonces. El Gris llegó al pueblo en el que había nacido el Primero, Bridell, hace algunos días, y empezó a crear la ilusión de que rehacía su antigua vida. Si bien sólo es la primera parada, el inicio de un largo viaje.
“Pues yo soy el Gris, Eweon. Soy el Mago que ha muerto y regresado por ti.”

Preguntas Post-Lectura

- ¿Te ha parecido que se alternaban con mucha frecuencia momentos serios y momentos un poco más “alegres” o “relajados”?
- ¿Echaste de menos la ausencia de Elluder e Iânna? ¿O piensas que era necesario un capítulo de descanso para saber más sobre el misterio que se está formando?
- ¿Cómo ves los diálogos a lo largo del capítulo?
- ¿Te pareció “esperable” la historia de Deston?

2 respuestas

2 04 2010
Kai

¡Vaya, esto pinta realmente bien! Deston un mago y Eweon el protagonista de una profecía, esto cada vez me gusta más =D

Por cierto, he leido tu post-data en el capítulo cinco. Jajajaja, tranquilo, evitaré quedarme atrás. Además, ya tengo el cuarto capítulo leído.

Hay algunas cosillas que quería enseñarte. Son tanterías, pero yo de todas formas te las muestro:
“Sonrió mientras bajaba las escaleras, mientras Lora no dejaba de quejarse del comentario de su esposo”
La palabra “mientras” se repite dos veces y no suena demasiado bien.

“Y si todo aquello podía conferirle a Duende una apa-riencia ridícula y bufonesca apariencia”
Aquí solo debería estar “apariencia” una sola vez.

Ya digo que son cosas sin importancia, por lo demás toda la narración genial.
Bueno, empiezo con las preguntas.

- No. En este capítulo se muestra la vida cotidiana que siempre sigue Eweon salvo por la Cena de la Víspera, festividad que suscita el interés. Todo está bien estructurado y descrito, no encuentro nada que remarcar.

- Esos personajes son bastante interesantes pero, sino me equivoco, aparecían en los dos capítulos anteriores así que tampoco importa demasiado que no salgan en este. Por otro lado sí es cierto que era necesario ya algún avance de la trama :)

- Son muy buenos. Has logrado representar con mucha precisión la naturalidad en ellos y además los has cargado de comicidad, algo que me ha encantado. Cabe destacar la conversación durante el almuerzo, está sumergida en una atmósfera familiar muy conseguida.

- No, al menos el hecho de que él fuera un personaje tan trascendental. De Eweon, el protagonista, ya me esperaba algo así. Después de todo, ¿por qué sino le harían un hechizo para bloquear su memoria? Pero de Deston no.

Otra cosa que quería preguntarte es que significa Hindallia, ¿es una estación del año? y los Naië’th, ¿qué clase de criaturas son?

Me encantaría que colocases algo más sobre todo este mundo en los anexos. Estoy deseando ver un mapa entero de esta tierra o los distintos tipos de animales y plantas que la habitan. Hablas de ellos en todos estos capítulos pero yo no los conozco y, la verdad, ¡Tengo muchas ganas de saber todo sobre ellos!

Bueno, me despido que voy a ver si me empiezo el quinto capítulo ¡Hasta pronto! :)

2 04 2010
Nathaniel

Kai, te devo la vida :D

¿Ves? Son esa clase de detallitos los que me ayudan a mejorar. Escribo la historia en ratos muertos, y no siempre puedo pararme a buscar los pequeños fallitos… Muchas gracias ^^ – Lo de los guiones aún no lo pudo corregir, pero intentaré que en los próximos capítulos no ocurra. Se deben a que copio cada capítulo desde el documento en word justo antes de pasarlos a pdf, y tengo la página de modo que se corten las palabras al final de renglón.

Avanzar algo más de la trama… umm… Lee el 5º capítulo. Es una continuación directa de la conversación de Deston y Eweon. Así que, digamos, es la parte de “descubrir la trama” del capítulo 4º. Y, si te sigue sin convencer, ya me contarás ;D

Hindallia es, en realidad, un mes del calendario humano de Nhyun.

Naië’th, pues… Sí, tengo que poner mis bocetos en los anexos >.< Tengo muy abandonada esa parte del proyecto… Quizás en estas pascuas prepare algo ^^

Y, de nuevo, muchas gracias por tu dedicación ^^

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