Despertó. Estaba en su habitación… No. Estaba en otro lugar, en una casa de madera, como todas las de Bridell. Un fuerte olor a pipa inundaba la estancia. Intentó incorporarse, pero la cabeza le dio un fuerte tumbo, y cayó de nuevo sobre la cama. Alguien le había atendido. ¿Elluder? ¿Iânna? No, imposible, ya no estaba en el Qendân, sino en una casa tan normal como cualquier otra. Al-guien pareció entrar en la sala contigua, tan sólo separada por una cortina de tela roja y simples bordados. Unos pasos firmes se acercaron, y una viejas ma-nos corrieron la cortina, para dejar ver al viejo Deston, que sonreía.
– Vaya, por fin te despiertas, chico – dijo, con su peculiar áspera voz – Empe-zaba a temer que no despertarías para nuestra charla vespertina. Pero antes, bebe – le colocó un humeante cazo en la boca, y el joven bebió el espeso lí-quido, caliente y asqueroso, pero no escupió- Muy bien, muy bien. Dime, ¿qué ha ocurrido, hijo?
– Ummm… – titubeó el joven, sin saber bien si debía o no decirle nada sobre su viaje al Agua Pura. Sus recuerdos eran aún un velo que empezaba a volver-se nítido, y no lograba encontrar razón a la desconfianza ni a la familiaridad que sentía hacia Deston. Al final optó por guardar su secreto – No lo recuerdo bien. Pero, un momento, un momento… Dónde me encontrasteis, señor? – in-quirió con recelo, mientras se incorporaba un poco.
Deston estalló en una sonora y franca carcajada. Una vez calmado, entre ri-sas articuló:
– Ahí tumbado. Había ido a las Tres Valientes a tomar una jarra de lahin, y, cómo no, todo Bridell empezó a volverse como loco al verme. La verdad es que me parece que sólo lo hacen por cumplir, pero… Reconozco que no me importa demasiado – dijo, fingiendo un aire de soberbia- Cuando regresé es-tabas sobre la cama, tapado con una manta, y con… – murmuró, cogiendo algo de una mesita que había cerca – esto sobre la frente – le mostró una hoja ex-traña, estrellada, con siete bifurcaciones que se extendían como rectas llamas en la noche – Se llama hoja de mirela. Lo más curioso no es el alto efecto cura-tivo que posee, si no que sólo crecía en el oeste de Enerah. Y digo crecía, por-que se estimaba extinta desde hace diez mil allias, hijo.
– Vaya… – susurró Eweon, un tanto confuso – ¿Y cómo ha…?
– Eh – cortó el anciano, con el gesto fruncido – ¿No te parece que esa pregun-ta la debería hacer yo? De todas formas, no vas a darme una respuesta segura, ¿no es cierto? Al igual que no vas a saber decirme qué estabas haciendo aquí cuando llegué, ni por qué te tomas la libertad de entrar en mi casa sin estar yo, y mucho menos qué diantre estabas haciendo antes de tu inesperada apa-rición.
Eweon quedó sin palabras. Verdaderamente, no sabía qué decir. La cabeza le daba tumbos, el calor y el frío se mezclaban en incesantes oleadas que gol-peaban sus sentidos, turbando su mente.
– ¿Hay… algo de beber? – preguntó el chico, con la boca seca – Algo decente, digo, no eso que me habéis dado antes.
– Pues… – dijo el anciano, levantándose. Removió objetos en algunos arma-rios, hasta que al fin exclamó – ¡Ah! Tenemos… agua, y… No, sólo agua.
– De acuerdo – aceptó el Eweon, sonriendo. Le gustaba la jovialidad y la eterna simpatía de Deston; le traía buenos recuerdos. Y no estaba acostum-brado a que nada le trajese ningún tipo de recuerdo. Sujetó el vaso de barro lleno de agua, y le dio un largo trago. Miró la ventana que tenía a la derecha, por la que entraba la luz de una etha colgada en el exterior. Entonces se dio cuenta de que era ya de noche. ¿Había pasado todo el día fuera? Ni siquiera había comido. Y sus padres… Debían estar preocupados. Maldijo su impruden-cia. Esperaba que Alenâi les hubiera avisado, aunque ni siquiera ella podría esperar que su ausencia se prolongase tanto – He de irme, ahora. Gracias, se-ñor, y disculpadme por mi osadía.
Intentó levantarse, cuando una nube gris ofuscó su mirada. Casi cayó de nuevo a la cama, pero quedó de pie, aunque tambaleándose de un lado a otro. Sintió las manos del anciano sujetándolo, y tuvo la vaga sensación de que Des-ton le decía algo, pero no estaba seguro.
Se sentó en una silla. Todo se aclaró pronto, dejando paso al silencio. No… No podía perder más tiempo. Casi corriendo, salió de la casa del anciano como una flecha en mitad de la noche. Las lunas lograban iluminar de forma acepta-ble el camino a su casa. Pasó los puentes colgantes y las ramas principales de las Ramas Altas, para llegar a la Cueva del Eco, una guarida natural que habían en el árbol, y que ofrecía un modo rápido pero un tanto arriesgado de pasar del nivel alto al medio de Bridell. Así que se internó en la mal iluminada gruta arbórea, y descendió los peldaños de dos en dos, sabiendo que nadie tomaría el camino de la Cueva pasado el crepúsculo.
La Cueva del Eco daba a la Cueva del Viento, lo que muchos viajeros no com-prendían. En realidad, el hecho de que la entrada y la salida de la misma ca-verna se llamasen de modos distintos no se debía a nada concreto; simple-mente, siempre se habían llamado así. La Cueva del Viento conducía a la Rama de los Cultivos, la cual daba, después de un largo puente, a la rama en la que se encontraba su hogar, iluminado desde dentro en toda la planta baja.
Corrió la cortina que cubría el umbral, y se topó con un alegre panorama: Aqüanda y Querum Laville, junto con Pewan, la esposa del posadero, y Bearlin, la hija menor de la pareja, habían acudido a su casa, cargados de ensaladas y pasteles de bayas. Tambien reconoció a Hort, el Ebanista, y a su hijo y aprendiz Dondel; y tardó en reconocer al alcalde, maese Dasphort, y a su bella hija, Namie, que hablaba animadamente con Alenâi. Todo el mundo se giró hacia el muchacho, lo que provocó que sus mejillas se colorasen como brasas y su cuerpo empezase a flaquear.
¡Cómo se le había podido olvidar! Habían preparado aquél encuentro desde hacía días. La tradición de las Cenas de Víspera se había impuesto con alegría entre las gentes de Bridell; con motivo de la proximidad de la fiesta de los Vientos y las Sílfides, cada noche se invitaba a tres familias, que invitaban en la noche siguiente a otras tres, y así seguían hasta ocho noches. Ay, y precisa-mente no se acordaba de la Cena de Víspera en la que habían invitado a Na-mie Dasphort…
– ¡Eweon! – gritó su madre, que se levantó de la mesa y llegó a la puerta tan rápida como el viento de tormenta; se detuvo junto al chico, y, sin perder la sonrisa, prosiguió – ¿Se puede saber dónde has estado, eh? ¡No! ¡No quiero saberlo! – gesticulaba exageradamente con los brazos, sólo para dar énfasis a lo que decía. Entonces le dio un fuerte beso en la mejilla, y lo acompañó hasta la mesa – Ahora sí, ¡que empiece la primera Cena de Víspera!
Todos se lanzaron sobre la comida al momento. Eweon fue el que menos comió, aún sintiendo el cansancio en todos sus músculos. Pese a ello, se esfor-zó por mantener el ritmo de la animada conversación. La cena terminó, y mientras Nôha, Hort y maese Dasphort hablaban del comercio y la política de Bridell y Nhyun, aunque las noticias de este último resultaban más bien esca-sas, el Gordo contó una de aquellas maravillosas historias que nadie podría asegurar si eran reales, o fruto de su propia fantasía. Fuere cual fuere la res-puesta, lo cierto es que a todos les encantó.
Los invitados se fueron bien entrada la noche, bajo el manto de estrellas que punteaban el cielo nocturno y las luces bicolores que manchaban la cúpula ce-leste. Pronto, todo Bridell quedó sumido en el silencio más absoluto, y, una a una, las luces de las ethas se fueron apagando.
En Enerah quedaban los vestigios de lo que en otro tiempo se conocía como Bosques Centrales, las florestas que cubrían Nhyun de norte a sur y este a oes-te tras la Cólera del Girith. No sólo los oltaks son el recuerdo de aquella época, si no también animales y plantas que no se veían en ninguna otra parte del Re-ino del Este, como bien son los ârokeis o los Pastores del Alba. Nadie, nadie que no fuera de Bridell se plantearía pensar que había lobos que aullaban al sol matutino en vez de a las lunas. Cuando los gallos cantaban a la mañana con su chirriante cacareo, los Pastores del Alba aullaban desde cualquier rincón del bosque, señalando el inicio del día.
Y así, como todas las mañanas desde que podía recordar, Eweon se levantó de un salto, olvidado el cansancio que se había apoderado de él la tarde ante-rior. Bajó a brincos las escaleras de su casa, y llegó a la mesa, donde aún des-cansaban algunos platos de la noche anterior. Los recogió y los lavó, y luego cogió dos manzanas. Bebió casi medio litro de leche de un tirón, y salió de la casa tan lleno de energía como un potro salvaje.
Tan pronto llegó a la Rama de la Biblioteca, apareció por ahí Deston, cargado con una enorme mochila de un asa. Esperó a que el viejo llegase a su lado.
– ¿Tú por aquí, hijo? – Preguntó el anciano, sonriente – Eso está bien, mu-chacho: debes aprender mucho en esta vida, créeme. ¡Espera! Creo… Me pa-rece que tengo un regalo para ti – rebuscó en su talega, y sacó un pergamino amarillento y doblado por infinitas partes – Toma. Lo conseguí en una apuesta, y hazme caso si te digo que ni por todas las monedas que perdí aquella noche devolvería esto a las manos de su antiguo dueño.
Eweon lo desdobló, y lo miró atentamente. No podía ser… ¡Un mapa de Nhyun! Miró al viejo, con los ojos radiantes de felicidad.
– Sí, muchacho, todo tuyo – aseguró Deston, curvando aún más sus labios – Ya no se hacen estas cosas, al menos no de este modo. Comprobé con varios cartógrafos su autenticidad, y todos me dijeron lo mismo: Esta es la última y más valiosa obra del Maestro Cargeon el Caminante El más exacto, y el de mejor calidad, según he averiguado: ni se quema, ni la tinta se corre con el agua.
– Por los Dioses, Deston… ¡Gracias! – Reprimió el impulso de saltar y abrazar al anciano – Jamás pensé que podría tener un mapa igual… ¡Ni siquiera en la Biblioteca de los Ancianos tienen uno! Ahora debería hacer una copia, y…
– Espera, espera – cortó Deston, sacando de su bolsa dos pergaminos más – Mira. Mandé hacer tres copias exactas del mapa, aunque estas no son, ni mu-cho menos, de igual valor o resistencia. Dale una al Anciano Ghilmor Austher-nesse, y la otra, déjala en manos de Séperen Koan. En la Biblioteca estará a buen resguardo, y todos podrán disfrutarlo. Ahora, vamos; tengo entendido que hoy tratarán un par de cosas acerca de las especies de miriápodos que habitan en las cavernas subacuáticas del lago Meirolon, y estoy impaciente por averiguar un poco más sobre estos odiados bichos.
Eweon sonrió. Entraron juntos en la sala del segundo Arte, y se sentaron en los tocones dispuestos en círculo alrededor de una pequeña plataforma de madera, donde el Anciano Comneir daría su explicación. Pese a que había po-co más de veinte asientos, de momento sólo siete estaban ocupados. Eweon dudaba que viniese nadie más.
El atento silencio dio la bienvenida al Anciano cuando éste apareció en la sa-la. Maese Comneir era respetado en el pueblo por sus infinitos conocimientos sobre las especies de animales, insectos y nubes de todo Nhyun. Era un hom-bre cansado, encorvado por le edad, y sus ojos estaban siempre tan entrece-rrados que parecía que se pasase todo el día sonámbulo. Sacudió casi imper-ceptiblemente la cabeza, no por estar decepcionado por su audiencia, sino por la falta de interés que apreciaba en la mayoría de personas de Bridell.
Gracias a la ayuda de su habilidad con la taurin y su talento para prestar una explicación y atender a las dudas de los demás, la clase de Maese Comneir re-sultó tan sorprendente e interesante como amena y divertida; una lástima que hubieran asistido tan pocos interesados.
Deston y Eweon hablaban animadamente al salir de la sala, mientras se diri-gían a la Rama del Retozo. Se sentaron en una de las mesas exteriores de las Tres Valientes, y pidieron lahin para Eweon, gahin para el viejo. Ambas bebidas se obtenían de la misma caña, pero el gahin era mucho más fuerte que el lahin, bebida que acostumbraban a tomar los jóvenes de Bridell en todas las tabernas del pueblo. Bearlin les atendió; Eweon sabía que Aqüanda estaría en clase, y por ello su hermana atendía junto con el Gordo y Pewan la posada. Bear no era tan bella como su hermana, pero aún así, todas sus facciones re-sultaban agradables e invitaban a los demás a sonreír.
– Me ha fascinado la teoría de los dragones que ha contado Maese Comneir – comentó el muchacho, tras beber un buen trago de su jarra – ¿Creéis en ella, señor?
– Por supuesto – repuso el viejo, casi al instante – Dragones Verdes o Drago-nes Insecto, conocidos como kinopos entre los humanos, o shein’th entre los elfos. Aunque no se los considera miriápodos, es cierto que su más antiguo an-tecesor fue uno de esos endiablados milpiés de mar. A mi juicio, son la mejor raza de dragones que ha habitado jamás Nhyun.
– ¿En serio? ¿Por qué? – inquirió Eweon, con ademán interesado.
– Existen cinco razas de dragones en el mundo – explicó – Los Rojos, los Ar-génteos, los Cambiantes, los Negros y los Verdes. Según creo, sólo tres de es-tas especies son más inteligentes que los humanos: los Verdes, los Argénteos y los Cambiantes. De estas, sin embargo, sólo existe uno que no tiene escritas las roehs o Leyes del Dragón: los Dragones Insecto. En resumidas cuentas: sólo los Verdes tienen la capacidad de controlar sus instintos en cualquier situación que se presente.
– ¿Qué son las roehs? – preguntó el chico, con los ojos muy abiertos.
Deston empinó el codo, y acabó con lo que quedaba de su bebida.
– Las Leyes del Dragón reiferen a los instintos de cuatro especies de drago-nes. Por ejemplo, la octava roeh reza que un dragón torcerá siempre a favor de un elfo en una disputa entre éste y otro dragón. Instintos primitivos que marcan sus impulsivas conductas y de los que jamás podrán librarse. Excepto, como ya te he dicho, los Verdes, que poseen la capacidad de juzgar y actuar en consecuencia sin estar ligados a ninguna pauta preestablecida.
– Vaya – murmuró Eweon.
– ¡Oh, lo lamento! No pretendía explayarme tanto en…
– Por los Dioses, señor, que agradezco vuestra explicación – aclaró el chico, contento – Me gustaría saber, además, cómo son esos dragones Insecto de los que habláis.
– Según he leído – advirtió el viejo – su apariencia es similar a la del resto de dragones, aunque se asemejan a un cúmulo de plantas que crece en capricho-sas formas. Cuentan que sólo sus ojos pueden distinguirse entre los bosques en los que habitan, que pueden sintetizarse con la floresta de tal modo, que ni aún teniéndolo al lado podrías notar su presencia.
– Oh… Sabéis mucho de dragones, señor. Y me parce que sabéis mucho de muchas cosas, si me lo permitís.
– La verdad – dijo Deston, mientras llamaba a Bear con un gesto – es que sí lo intento. Te sorprendería la cantidad de cosas que podemos llegar a aprender si nos lo proponemos – la joven se acercó, y el anciano puso en sus manos un par de monedas – Gracias, Bear.
La muchacha se despidió con una sonrisa en los labios, mientras Eweon y Deston se levantaban de sus asientos. La frescura de la mañana bañaba cada rama de Bridell. Deston se despidió cerca de la casa del joven Eweon.
– Me gustaría… – balbució el chico, un tanto indeciso – Me gustaría que hablásemos esta tarde sobre el Ephean Imein en su casa, maese Deston.
El viejo pareció dudar un segundo.
– De acuerdo. Ven después de comer, y procura tener la mente despejada, ¿entendido? Hasta entonces, aún queda mucho tiempo – dio unos pasos, y se giró, de pronto – ¡Ah! Hazme un favor. ¡Déjate esos anticuados modales en ca-sa! Prefiero que me llames Deston, y que me trates con un poco más de fami-liaridad. ¿Acaso no se merece este anciano un poco de fraternidad?
Eweon entró en su casa, ahora vacía. Devoró una manzana, y se dirigió a su cuarto, en el piso superior. Sacó su preciado mapa de Nhyun, y lo colocó en un estante de madera. Dejó su mochila sobre la cama, y volvió a salir de su hogar. Descendió a buen paso las Ramas Bajas y el Tronco, y cuando sus pies tocaron el suelo sintió que su último aliento expiraba de sus pulmones.
Las hojas crujían a su paso, y de vez en cuando un animalillo se cruzaba de-lante de sus pies. Esperaba no encontrarse de nuevo con aquél lobo maldito de ojos amarillos. Aún sentía el odio ofuscando sus helados ojos.
Bridell quedó atrás antes de que Eweon se percatase de ello, oculto entre la tupida floresta. Sus pasos lo llevaban de un lado a otro, sin ningún rumbo, mientras buscaba con la mirada al Ciervo. Pensó el lo que Alenâi le había di-cho: Recuerda, no lo busques. Será Él quien te encuentre. Así que decidió pensar en el encuentro que tenía planeado con Deston aquella tarde. ¿Sabría el anciano quién había bloqueado sus recuerdos? ¿Podría ayudarlo a recupe-rarlos? Esperaba que sí. Y también deseaba recibir la ayuda de Elluder e Iânna, aunque sabía que eran muy reacios a contarle la verdad. ¿Acaso nadie era completamente sincero en todo Enerah?
El áureo destello que cegó sus ojos fue gratamente recibido. La voz de Ellu-der sonó entre las hojas de los árboles cuando dijo:
– Deberías pensar de forma más positiva, muchacho.
– Lo lamento, señor, pero… – la vergüenza pretendía impedirle continuar – Estos han sido días confusos, Ciervo Dorado, y no puedo evitar pensar…
– Lo comprendo, joven humano – cortó el soberbio guardián, inclinando su fuerte cornamenta en un leve cabeceo – Ahora, si así lo deseas, ven, vayamos al Agua. ¿Sabes? Iânna y yo tenemos una sorpresa para ti, muchacho.
– ¿En serio? – exclamó Eweon, recuperando su habitual buen humor – ¿De qué se trata?
El Ciervo rió.
– No puedo decírtelo aún, Islêriënn – repuso, con una invisible sonrisa en sus palabras – Lo sabrás cuando lleguemos, tranquilo.
Eweon se fijó por primera vez que Elluder no movía la boca para hablar. Ni siquiera la abría. Sus palabras venían con el susurro del viento, y con él espirar del bosque. Sin duda alguna, el Guardián de Enerah era una criatura tan pode-rosa como sabia, y la magia parecía acompañarlo como la luz dorada que emanaba su figura.
Inexplicable y maravilloso, antes de que se diese cuenta, el cambio de la ve-getación se hizo notorio ante sus ojos. Los arbustos, las hojas de los árboles, las flores presentaban los colores más extraños, mas en perfecta armonía unos con otros. A izquierda y derecha, las purpúreas flores crecían junto a los ver-des helechos, y las entrelazadas ramas de los árboles formaban aquella cúpula vegetal que impedía el paso de la luz. Resultaba curioso como algunas plantas refulgían en la oscuridad e iluminaban el estanque con una tenue luz de todos los colores.
Iânna estaba arrodillada, con una mano extendida sobre la oscura y húmeda tierra. Elluder y Eweon contemplaron en silencio cómo la elfa entonaba un cántico casi silencioso, con los ojos cerrados, pero clavados en un punto muy concreto del suelo. Sus dedos se iluminaron un instante, justo cuando las últi-mas palabras eran arrastradas por el viento hasta oídos del muchacho huma-no. Iânna retiró cuidadosamente la mano, y, en profundo silencio, esperó.
Tímidamente, un brote empezó a emerger de la tierra, y pronto se convirtió en una bella flor de pétalos negros como la noche, y de ellos surgía el aroma más idílico que Eweon hubiera sentido hasta entonces.
La elfa reparó en su presencia, y les dedicó una suave sonrisa. Se levantó, y sólo entonces Eweon reparó en su elevada estatura, y en la delicadeza de sus proporciones. Con ligeros pasos, Iânna llegó hasta ellos, y puso sus suaves y aterciopeladas manos sobre la frente del muchacho y el Ciervo.
En la tierra marchita, allí donde ya no queda nada, debemos buscar siem-pre una forma de recuperar la vida perdida susurró en sus mentes. Cuando todo ha sido derrotado, cuando no perduran ni el bien ni el mal, cuando todo ha muerto… Aún así debemos tener esperanza. Debemos tener fe en la vida. Ahora, seguidme; Eweon, hemos preparado algo especial para ti
Iânna caminaba lentamente, pero siempre parecía ir por delante del Ciervo y del humano. Se dirigieron al Trono, donde Elluder se sentó junto a Iânna. Eweon se arrodilló frente a ellos.
– Hemos pensado que quizás… te gustaría contemplar a la criatura más bella de todo Enerah – dijo Elluder, y la verdad podía leerse en sus ojos cuando pro-siguió – un unicornio.
Eweon casi cayó de la sorpresa. No era posible ver un unicornio. No era po-sible, se repitió para sus adentros.
– Pero… Todos los unicornios murieron en la Cólera del Girith, ¿no es cierto? – susurró, confuso.
– Cierto – repuso la elfa, desviando la mirada a un lado – ¡Cuánta desgracia traen al mundo las guerras, todas ellas! Ni siquiera los elfos, mi propia raza, han sabido evitarlas. Y, con el patético aliento de la sangre, la pureza muere ante nuestros ojos. Hubo un tiempo en el que el mundo era libre, perfecto, pero… Esas eras han quedado atrás, sepultadas bajo el peso de la muerte y la desgracia. Y la raza de la pureza es un ejemplo de ello.
Elluder coreó sus palabras con un melancólico silencio.
– Sin embargo, aún hay una – añadió Iânna, y en el timbre de su voz se atisbó la esperanza y la alegría – Enviada del cielo, como en su día los primeros de su especie, cayó hace algunas estaciones sobre Adhiêlien, y su blanca luz iluminó el alma de los elfos que la han cuidado desde entonces. ¡Oh, pequeño Eweon, una gota de esperanza en un mar de tristeza! Aún no sabemos el paradero de su macho, si es que existe. Espero que así sea, y que pronto la pureza regrese a Nhyun.
– Ningún humano ha visto a Ethilêndhe nhi Wdëlien, joven Eweon, pues los elfos mantienen las puertas de su bosque cerradas para tu raza – explicó el Ciervo, con su profunda y antigua voz – Sin embargo, harán una excepción contigo, muchacho. Iânna les ha convencido para que te dejen ver a la Pirmera de los Extintos en el mismo Adhiêlien, siempre y cuando los árboles no escu-chen palabra alguna emanar de tus labios.
– Pero… ¡el Bosque de los Elfos queda demasiado al sur! – exclamó Eweon, aunque su voz sonó como el murmullo de un tranquilo manantial de montaña – Es completamente imposible partir y regresar hoy; son muchas las millas que separan Enerah con el Gran Bosque.
– Eweon – dijo Iânna, clavando en él su mirada – el Qendân no se encuentra en Enerah. Ni en ningún otro bosque de Nhyun. El Agua es un mundo diferen-te, humano, y está conectada a todos los lugares del mundo que conoces. Po-demos viajar a lugares que no sabes que existen en Nhyun, podemos llegar a los Bosques Centrales o al Bosque de los Elfos con la misma facilidad con la que podemos arribar a Enerah. Ni el tiempo ni la distancia son comparables en ambos mundos; por lo tanto, podemos llegar hoy mismo al Adhiêlien y regre-sar, si lo deseas.
Un viento frío recorrió su espalda, y el calor del deseo y la impaciencia rozó sus sentidos. Iría a ver a la unicornio, tenía que verla. Ver a la criatura era mu-cho más importante ahora, y faltar a su compromiso era un mal menor, en comparación.
– De acuerdo – cedió al fin, con un aire decidido en su voz – Pero antes, una última cosa.
– ¿De qué se trata? – inquirió Elluder, alzándose al lado de Iânna.
– ¿Pueden escuchar los árboles lo que digo?
La elfa sonrió, a la par que el Ciervo.
– Por supuesto – contestó el Guardián – Todos los bosques escuchan atentos las palabras de las criaturas que habitan en ellos; los árboles del Gran Bosque, sin embargo, han aprendido a odiar a los humanos tanto como lo hacen los el-fos. Por ello resulta peligroso que hables allí, ¿entendido? No pronuncies pa-labra alguna.
Eweon asintió. Poco a poco, los tres se alejaron del Trono y el estanque para emprender el camino que les llevaría al Adhiêlien, el Bosque del Sur, el Bosque de los Elfos.
El camino no viró en ningún momento. Siempre recto, siempre diferente, se abría paso entre la oscura floresta. Pesadas nubes grises rugían en el cielo, im-pidiendo el paso de la luz, por lo que todo el bosque estaba sumido en una fría penumbra. Los árboles, de negros troncos y retorcidas ramas, crecían sin con-trol aquí y allá, sorteando piedras y arroyos. La tierra húmeda manchaba las botas de Eweon, que caminaba atento, mirando a ambos lados, con la sensa-ción de que miles de ojos se clavaban en él, consumiendo en silencio toda su alegría.
Una corriente de aire frío gimió entre los árboles, helando las venas del jo-ven humano conocido como Islêriënn entre los elfos de Adhiêlien. Amenaza-doras palabras en un idioma que Eweon no conocía llegaron arrastradas por el viento, y Eweon casi podría haber palpado la maldad, el odio y la tristeza en cada rincón de la espesura.
– Cuidado, joven humano – dijo Iânna, cuya voz era apenas un susurro – Los árboles cantan sus más oscuras canciones, vigilando con odio su reino. No te dejes arrastrar por su maldad, no te sumas en el océano de tristeza en el que todas las almas de este bosque se han sumido.
Una lágrima cristalina como una gota de lluvia se derramó por su mejilla, y, aunque se esforzaba por mantener su mirada fría como un témpano de hielo y su mente tan impasible como el transcurso del tiempo, nada podía ocultar la oscura aflicción que oprimía su corazón.
– Llamamos a la Primera de los Extintos, si ésta desea mostrarse ante el humano que porta el nombre del Primero! – exclamó Elluder; su luz se intensi-ficó, luchando contra la despiadada penumbra que se expandía sobre sus ca-bezas.
Nosotros debemos irnos ahora, dijo Iânna en su mente, mientras mira-ba a ambos lados, con la preocupación reflejada en sus esmeraldinos ojos al-mendrados, Que la Pureza te vea con los mismos ojos que yo, Islêriënn. Y, recuerda siempre que los árboles siempre están escuchando, y sus inexisten-tes ojos escudriñan sin ver el mundo que los rodea, en busca de aquellos a los que ofrecen todo el odio de sus corazones. No les des oportunidad alguna; el silencio es lo único que te protege de su latente furia
Eweon deseó que se quedasen, pero no pudo hacer nada; de súbito, la elfa y el Ciervo se desvanecieron en el aire, y Eweon perdió de vista el refulgente destello dorado y la blanca túnica de Iânna.
Allí, solo, perdido en medio de un mar boscoso, los siseos del viento y las úl-timas palabras de la elfa llenaron de temor su corazón. Pero no cedió ante el miedo; se limitó a esperar lo que fuera que tuviese que ocurrir.
Y ocurrió.
Los tenebrosos susurros cesaron, dejando paso a un fresco verdor que ilumi-nó la penumbra. Y a esta explosión de vida, donde las flores recuperaron su color y los árboles, por un momento, volvieron a ser felices, dejando a un lado el odio, se sumó la luz del unicornio.
La criatura avanzaba decidida hacia el muchacho, que no podía apartar sus ojos de la mirada blanca de la Primera entre los Extintos. Su corazón palpitaba en su pecho frenéticamente, aunque a Eweon le parecía que no latiese ya; su respiración se agitó, y la consciencia sobre su cuerpo pareció desaparecer du-rante un maravilloso instante.
Eweon grabó en su memoria la imagen del corcel blanco como las estrellas, con las crines plateadas y los ojos pálidos como su largo cuerno, que crecía en su frente en una perfecta espiral.
El animal se acercó al chico, que luchaba por no gritar de júbilo, o salir co-rriendo de allí, dispuesto a enfrentarse con todos los males del mundo; nada podría detenerlo, no ahora, que sentía toda la fuerza de Nhyn inundando su ser, llenándolo de vida.
Eweon extendió su temblorosa mano hacia las crines del unicornio, que no la evitó. El humano acarició el argénteo cabello, tan sedoso como el agua de un arroyo. Sintió como toda la inocencia de la hermosa criatura penetraba en su cuerpo por la yema de sus dedos, como toda la fuerza del unicornio examina-ba sus pensamientos.
Una terrible explosión clamó en el horizonte, en algún rincón del Bosque de los Elfos. La Primera de los Extintos relinchó asustada; presa del pánico, salió galopando de allí, y el verde aliento de la vida, al igual que la blanca luz de la pureza, se fue con ella, dejando a Eweon en la soledad más absoluta.
– ¡¡EWEON!!- gritaron las voces de la elfa Iânna y de Elluder detrás del mu-chacho.
El muchacho viró sobre sus pies, y la escena le sobrecogió: Elluder e Iânna corrían hacia él, con el pánico reflejado en sus rostros. La elfa saltó, y le abrazó con fuerza; una mano sujetaba la nuca del chico, y la otra trazaba complicados símbolos en el aire con el mismo frenesí que las incesantes palabras que pro-nunciaba.
Elluder no pudo hacer nada para evitar que Eweon viese a su perseguidor. Aunque sus ojos no daban crédito, sabía que aquello era real. Sus músculos no respondieron, su mente no reaccionó. Todo se fue evaporando, todo dejó de ser tangible con las últimas palabras del conjuro de Iânna; lo último que pudo ver fue la hueca mirada del gran ente de los bosques, el enviado por la Diosa de los árboles: el legendario Girith, el Mal de la Espesura.
Aquellos ojos amarillos, aquella figura que se alzaba colosal apartando el bosque a su paso, aquellas garras que se abalanzaron sobre ellos hasta el últi-mo momento, aquellas fauces arbóreas, aquél grito desgarrador…
Eweon despertó, sintiendo aún el miedo que invadía sus sentidos. El sudor perlaba su frente, su respiración hacía que su pecho se agitase frenético. Se tranquilizó al poco, al ver que estaba en el Qendân. Se sorprendió al descubrir que, más concretamente, estaba sentado sobre el estanque, que soportaba inalterable su peso. Acarició el agua, que cedía ante el roce de sus dedos.
– Lamento mucho lo ocurrido, Islêriënn – susurró Iânna, con aquella modula-da voz, desde el trono; Elluder no estaba por ninguna parte – Ni el Ciervo ni yo somos suficientemente poderosos como para enfrentarnos al Girith; conoces los pergaminos que narran la Cólera del Mal de la Espesura, ¿no es cierto?
– Sí, todos los que he podido tener entre mis manos – dijo Eweon, sonriendo – Pero, según tengo entendido, vos vivisteis en aquellos tiempos. ¿Podríais contarme la historia que conocéis, lady Iânna? – imploró, mientras caminaba sobre el Agua para llegar frente al trono. La elfa parecía tan sorprendida como complacida por el ruego del muchacho.
– De acuerdo, joven humano. Jamás he contado a nadie más que a Elluder episodio alguno que mis antiguos ojos hayan visto, y sería un honor para mí satisfacer tu deseo – la sonrisa de sus labios se ensanchó un poco, y por pri-mera vez, sus ojos sonrieron con sinceridad – Ven, ven y escucha mi historia, joven Islêriënn, y atiende con toda la voluntad de tu ser.
Hace muchos milenios, se me conoció como Emperatriz Nhadhyèrill’ nho Lilnûreth en todos los bosques de Nhyun, incluso en bosques que ningún hombre ha visto jamás, más allá del Adhiêlien élfico, más allá de las Tierras que quedaron en el olvido. Y aún muchos elfos reconocerían mi nombre y mi poder; sin embargo, después de la Cólera, toda la fuerza de mi corazón des-apareció, y sólo Elluder parece tener el poder de alumbrarme con su luz, difu-minando el manto de sombras que cayó sobre mí.
Pues es así, Islêriënn, yo soy la responsable de tanta desgracia, de toda la muerte que la Cólera trajo consigo.
En los albores de la Quinta Era, nuestros eternos ojos contemplaron con angustia cómo los salvajes y hermosos bosques dejaban paso a ciudades de piedra fría, y los ciclos de la vida eran alterados thay tras thay; temimos en-tonces, tanto como tememos aún en estos días, haber cometido un error al permitir el paso de los Hombres a través del Adhiêlien y ofrecerles la tierra que pertenecía a los árboles.
Y el miedo que inundó nuestros corazones ofuscó el alma de los elfos, y la debilidad que provoca la ausencia de esperanza nos condujo a la desespera-ción; así, yo, y conmigo todos los elfos, liberé al único que podría salvarnos, prestarnos su ayuda como en eras pasadas acudió a nuestros ruegos.
La mirada del Girith, que había permanecido latente en lo más profundo del Adhiêlien, recorrió entonces el mundo que habían tomado los humanos, y el odio se encendió en su corazón.
Has de saber, mi querido Islêriënn, que, como creador de todos los bos-ques y las criaturas que en ellos habitan, el Girith tiene el poder de doblegar la voluntad de los elfos, aünides y sílfides; mish’th, ghenidhes y ninfas, y todas las razas que nacieron bajo la protección de sus reinos verdes.
Nada pudimos hacer nos para evitar su incesante reclamo; cegados por el odio y alentados por el Girith, todas las razas de los bosques partieron a la ba-talla. Los lindes del Bosque de los Elfos llegó, seguido de la muerte, hasta Na-wyr y Shionor, y más allá de Shionor llegó Vashieth, que aún hoy sigue velando por Ingailë’ t la Célebre.
Y en los lindes del bosque, celebramos la gran Batalla de la Cólera, como se la recuerda entre los humanos.
Al lado de los humanos acudieron enanos, ghelluns, huulanthars, ilcrä’th, celedhiners, dragones y todas las razas de la tierra. El acero gimió en el cielo, teñido de gris y negro, y el Fuego se ocultó tras el mar; las flechas surcaron el cielo, ocultando la luz de las lunas, y, por encima de todo, el clamor tomó tie-rra, cielo agua, fuego y bosques, y las fuerzas chocaron sin piedad unas con otras.
¿Por qué, oh, por qué todo aquello? La sangre de los humanos tiñó de es-carlata nuestras refulgentes espadas; la sangre élfica iluminó la ávida mirada de los hombres.
A Iânna pareció quebrársele la voz, que hasta entonces había sonado melan-cólicamente suave, como el ulular de los búhos grises.
– Muchas leyendas se cuentan sobre quién y cómo venció aquella contienda – logró articular la elfa, mientras una cristalina lágrima se dibujaba en sus ojos -; mas sólo te aseguraré lo que mis eternos ojos observaron en el último día de aquella absurda batalla.
Las filas humanas mermaban cada instante, junto con las de todos sus aliados; la victoria era segura para nuestras fuerzas, que no dejaban de acabar con la vida de los enemigos.
Mas, en un instante, toda la ofuscación, la ceguera que nos había tomado durante tantas estaciones pasadas, desapareció, sin más. Nos vimos a noso-tros mismos allí, en medio del oscuro fragor que marca todas las guerras; nuestras espadas cayeron al suelo sin hacer ruido, y nuestras lágrimas se de-rramaron del mismo modo. Sólo entonces nos dimos cuenta del mal que hab-íamos hecho. Y allí le vimos, conduciéndonos a todos como marionetas de la muerte: el Mal de la Espesura, rugiendo al cielo y a la tierra mancillada. Y de-cidimos que el mal traído por nos, sería por nos extinguido.
No puedo recordar cuántos elfos murieron, ni cuantos me acompañaron a luchar contra el Girith. Sólo sé que, cuando llegamos, el gran Ente del Bos-que se tornó la peor de las pesadillas jamás soñadas por un elfo. La sangre sal-picó mi rostro, y e pánico manchó mis ojos, pero seguí luchando, y, aunque mi cimitarra no parecía hacer mella en el Mal de la Espesura, no cejé en mi em-peño.
Aún hoy no consigo explicar cómo ocurrió. Un gran destello que cruzó el oscuro cielo, un estruendoso grito que desgarró las nubes de tormenta, una fuerza que se expandió por todo Nhyun e hizo que humanos, elfos enanos y dragones por igual cayesen al suelo encharcado en sangre. Los ojos amarillos desaparecieron, y, con ellos, la batalla pareció llegar a su término. Nadie me-dió palabra alguna. Recogimos a nuestros heridos, rezamos por nuestros muertos, y desaparecimos en silencio.
Mucho tiempo después, nuestros árboles se replegaron hasta lo que hoy conforma el Bosque de los Elfos, y ya nada queda de aquella sangrienta con-tienda. Sea, pues. Y esta es la única historia que puedo contarte sobre la Cóle-ra, joven Eweon; lamento que sea menos interesante que las historias que cuentan los bardos humanos sobre tiempos que no conocieron.
Eweon deseó poder negar aquello con amables palabras, pero algo le impe-día expresar sus pensamientos, algo que oprimía su voz sin piedad y sin dolor alguno.
– Debes marchar ahora a Bridell, muchacho humano – expresó Iânna, con un susurro, mientras la perla que sus ojos habían intentado ocultar resbalaba por su blanca piel – Si no me equivoco, hay un hombre que espera tu llegada.
– Deston… – murmuró Eweon para sí – ¿Cómo regresaré? Y, ¿en qué momen-to? – inquirió el chico, haciendo acopio de todas sus fuerzas para poder articu-lar sus preguntas.
– Llegarás antes de tu cita – aseguró la dama elfa -, si haces lo que yo te diga; de todos modos, Elluder no está para acompañarte, y yo no puedo abandonar de nuevo el Qendân, así que no te queda otro remedio.
El muchacho asintió, y se levantó de un salto, aunque estuvo apunto de tro-pezar, pues sentía entumecidas las piernas.
– Debes cerrar los ojos, y caminar a tientas sobre la superficie del Agua – ex-plicó, con una sonrisa en los labios – Y dejar de pensar en nada salvo en la can-ción que vas a escuchar.
– De acuerdo – susurró Eweon, aunque no sabía bien cómo iba a hacer aque-llo.
Llegó a la orilla del plácido estanque, que le regalaba el eterno silencio de sus aguas. Eweon hizo lo que Iânna había dicho; para su posterior sorpresa, el Agua no se inmutó ante su peso, permitiéndole caminar sobre ella de forma tan firme como en las ramas de Bridell. Lo único en lo que podía pensar, sin embargo, era en la canción que, sutilmente, llenaba todos los rincones de su mente.
Uldènien, ladhêrien,
Eth aimner nhoum;
Althen nhai wëil’ êilië!
Mwelden dûi anaiêl,
Eshië’ leith nhoum galdhei!
Mwelden dûi anaiêl,
Althen nhai wëil’ êilië!
Nùlden nêi ahlö,
Merniel nêi siân dhïal;
Noimnë lëith nhoum’ th dôh!
Mwelden dûi anaiêl,
Eshië’ leith nhoum galdhei!
Mwelden dûi anaiêl,
Galdhei ny Girith, galdhei!
Post- lectura:
- ¿Qué te ha parecido el despertar de Eweon en la casa de Deston?
- ¿Crees que esa escena merece de algún diálogo más elaborado?
- ¿Se te antoja extraña la escena del unicornio y el Girith?
- ¿Te pareció interesante la historia de Iânna?
- ¿Crees que el diálogo final entre la elfa y el muchacho resulta escueto?
- ¿Te desagrada la idea de un título tan largo para el capítulo?
¡Buenas, aquí estoy otra vez! Siento la tardanza (cuestiones de tiempo como casi siempre), pero al menos ya me he terminado el capítulo, así que voy a pasar a las preguntas:
1. La verdad es que no lo esperaba, pero, por otro lado, es muy interesante el hecho de que Eweon despierte en la casa del misterioso y sabio anciano, ya que supongo que tendrá una explicación. ¿Por qué ha ido Eweon a la casa de Deston en lugar de a la suya propia tras hablar con el ciervo? Esa es la pregunta que, como ya he dicho, creo que tendrá respuesta.
2. No es demasiado largo y, bueno, el tema que tratan es bastante trivial, pero creo que se ajusta bien al momento. Para mí no necesita ningún cambio, además, si consideramos que después vuelven a encontrarse pues aún más motivos para no modificarlo.
3. No, aporta emoción al momento. Aunque tal vez sucede todo un poco rápido (el unicornio aparece y desaparece en un escaso intervalo de tiempo).
4. Sí. Toda la historia del combate de los elfos, movidos por el poderoso Girith, contra los Hombres y el resto de razas aliados con ellos, está muy bien formada, además de que es épica y sumamente atractiva.
5. A mí me ha parecido muy bueno.
6. Un poco largo sí es. Tal vez deberías elegir solo una de las frases que has puesto, pero lo cierto es que te adelanta los dos acontecimientos importantes que vas a encontrar en el capítulo, así que… No sé que pensar…
PD: ¿Qué unidad de tiempo (porque creo que es eso) es un thay (perdona por si lo has puesto y no me he fijado, pero sino me gustaría que me lo aclarases)?
Bueno, ya espero el cuarto capítulo. ¡Hasta entonces!
¡De nuevo, mil gracias, amigo Kai! Gracias por dedicar tanto a la historia ^^ ¡Y gracias por ayudar con tus respuestas! Las tendré muy encuenta, te lo aseguro.
Bien, a mí también me resulta… breve el momento del uniciornio, pero… ¿qué más? Es decir: es un instante, fugaz pero hermoso, no es que tenga que pasar demasiado, ¿no crees? Sin embargo, es posible que tenga que profundizar mucho en la descripción del sentimiento interior de Eweon… Ya se verá ^^
Y, respondiendo a tu post data: no sé si alguien se habrá dado cuenta, pero en ninguna parte del texto encontraréis la palabra “año”. Esto es porque, al igual que otras unidades de medida, como el peso y la distancia [ que corregiré cuando las haya establecido todas correctamente] son diferentes a las de nuestro mundo.
Aclararé todas las equivalencias en algún tipo de anexo.
Sigo: en todo el relato encontraréis la palabra allia, que es lo que podríamos traducir por “año”, aunque equivale a, en realidad, 341 días, 344 en los años de Nhê Nhiithay. Entonces, ¿thay? Es bastante sencillo: la pronunciación de thay es… a ver cómo describirla… cèi? Bueno, eso: cei pero con una è abierta, y la “c” es MUY suave, más que un zumbido de abejas. La cosa es que el término proviene del élfico, y podría ser traducido como “ciclo” [hay muchos tipos de ciclos: lluvias, estaciones, vidas humanas, vidas de las estrellas...] , un ciclo relativamente corto – muy corto, para un elfo. ¡Ay, espero no estar liándoos con tanta historia! A lo que iba es que: thay es un sinónimo de allia, sólo que sólo lo usan los elfos. Sin embargo, es curioso observar como, en la palabra Nhiithay, se ha conservado el vestigio del antiguo término thay (aunque cabe decir que, en la pronunciación humana, la palabra se pronuncia más bien como Ni-izai, en vez de Na- ai – cèi, como sería en élfico).
¡Siento haberme explayado tanto! Para que te quede más claro: sí, el thay es el allia élfico ^^