Miró al cielo, despejado, mientras el viento acariciaba suavemente su cara. Cerró los ojos por un breve instante, disfrutando de una bocanada de aire puro. No temía una caída, sabía que las ramas de un oltak aguantarían cualquier peso sin flaquear. Estaba tumbado, unos metros por encima de su hogar, una casita de madera de dos plantas y un ático, situada en una parte media del gigantesco ár-bol. Miró hacia abajo, y se sorprendió como tantas otras veces admirando aquél pueblo, su hogar, que se alzaba por encima de los pueblos de los Hombres, que se alzaba por encima del Reino, que sobrevolaba los rios y bosques de Nhyun. Las casas estaban conectadas a través de puentes colgantes, que sustituían las calles de los pueblos que estaban a ras del suelo. Había numerosas plazas, tabernas, hogares… Era un pueblo bastante grande, al fin y al cabo, pues a la gente de Bri-dell no le gustaba tener que subir y bajar los escalones que ascendían serpentean-tes en el grueso tronco del oltak. La vida allí era tranquila y hermosa, casi nunca pasaba nada, y sólo el fuerte viento de la temporada fría podía molestar a las agradables gentes de Bridell, llamados muchas veces los encaramados, por vivir en lo alto de un árbol. Pero a aquella gente no le importaba, nada de lo que en el exterior ocurriese parecía importarles. Aquel poblado llevaba muchos siglos en pie, sin aceptar que se corroyera nada durante tanto tiempo, sus habitantes habí-an aprendido a no asimilar el cambio para mal, y esa era una de las magias más sorprendentes del lugar: el tiempo no hacía meya en el corazón de Bridell. Mien-tras que en las grandes ciudades los nobles discutían sobre la política a seguir en sus condados y ducados, bailaban al son de música refinada y vestían con las ro-pas más modernas del reino, las gentes de Bridell mantenían sus hábitos desde hacía allias, bailaban del mismo modo que hacía doscientas Caídas y vestían los mismos ropajes de vaun. Cuando los jóvenes, deseos de descubrir el agitado mundo que rodea el bosque, partían a las lejanas ciudades del este, podían sentir cómo dejaban parte de su corazón en aquella aldea remota. Pero, pasado un tiempo, cuando regresaban de su largo periplo, los mismos ojos y las mismas sonrisas recibían al mismo joven, si bien las arrugas pasaban ya factura en todos los rostros. Y eso era algo de una hermosura casi indescriptible, por los Dioses que le era (o quizás lo sigue siendo…)
Los ojos azules del joven Eweon intentaron grabar en su retina cada ínfimo deta-lle de aquella hermosa efigie de la unión entre la naturaleza y el hombre, un lazo atávico como el tiempo mismo. El viento, que agitaba sus cárdenos cabellos, arrancó de sus ojos una lágrima, que se rompió entre las hojas verdes y amarillas del árbol. Pronto el oltak teñiría sus mejores galas, de gama parda, al igual que todo Enerah.
Algunas imágenes llegaron a la mente del muchacho de pasadas estaciones. ¿Imágenes? Sensaciones, más bien. Calor, amistad, atención, miedo, cariño… Recordó por un instante la sonrisa de un hombre sabio, y deseó poder guardarla por siempre en su memoria. Pero como pasa con aquellos pensamientos que más anhelamos recordar, no regresó a los ojos de su imaginación.
Como decían en Bridell, “sonríe a tu pesar, pues pesar todo pesa, y todo lo que pesa pasará”. Así que, haciendo caso al dicho, sonrió sincero mientras se levanta-ba. Caminó durante un rato por uno de sus lugares preferidos, donde las hojas jóvenes acariciaban la cara al andar, y llegó casi sin quererlo al puente colgante que llegaba a su hogar. Su casa se encontraba algo apartada de la demás, en una rama bastante corta, por lo que nunca había tenido vecinos cercanos. Las cortinas de las ventanas estaban todas corridas, y el viento chocaba contra los cristales y la madera sin ofrecer tregua alguna. Pero la puntiaguda casa resistiría. Siempre lo había hecho. Resistiría, se repitió el chico, mientras entraba.
El silencio y la penumbra le recibieron con quietud. No encendió las ethas que iluminaban su morada, y se limitó a encontrar las escaleras y subir con tiento a su habitación. Ahora sí, se vio obligado a encender una de las esferas de papel que tenía en su habitáculo. Las ethas las había inventado Hort hacía bastante tiempo. En Bridell nunca se encendía fuego, por el evidente peligro que suponían las lla-mas para el árbol. Las ethas eran esferas hechas con finas láminas de papel de vaun, que contenían en su interior un grupo de nerethas, gusanos que se ilumina-ban al entrar en contacto con el agua. Cada globo tenía una capa de tierra y algún brote de vaun, y sólo había que regar un poco para que todo quedase iluminado.
Cogió un manuscrito que descansaba sobre su pequeña mesa, que trataba sobre la Quinta Era , su etapa de la historia favorita. Una Era de héroes, honor, tradi-ción, nobleza. Allias donde la excelencia era el sueño de todo humano en Nhyun. Todo había empezado con la llegada al Reino de Vâliath, el Caballero de Plata, que luchó fiero en grandes guerras contra cientos de legiones que llegaban incansa-bles desde la Grieta, despertadas por los Lores del Círculo Dárnico. Todo nació de nuevo: se escribieron cientos de libros sobre los Códices del Nuevo Círculo, se reconstruyeron ciudades, se volvió a elevar al Consejo al nivel del Círculo. Si bien toda era está marcada por incidentes, la Quinta Era sufrió numerosos amagos de guerras civiles, pues mientras las prósperas tierras de Hendho elevaban su gloria hasta los cielos, el sur sufría ataques de las tribus indómitas de Vadoam. Y la divi-sión del reino en las Doce Casas marcó el final de aquél periodo de tiempo, que había durado poco más de trescientos allias. Oh, no cabía duda alguna: aquella Era fue un tiempo de fantasías increíbles e inverosímiles proezas, fuentes de le-yendas y mitos que poblaban los sueños de todos los habitantes de Nhyun.
Midhan entró sin avisar a la habitación de Eweon.
– Padre dice que hay alguien que ha llegado un viejo conocido – avisó, con los brazos cruzados sobre el pecho – Parece demasiado contento, aunque…
– Papá nunca está contento con las visitas.
– Exacto – miró al suelo, y pasó el peso de una pierna a otra.
– Mira, no creo que debas preocuparte por eso. Si es un amigo de padre, bien-venido sea. Pero, si no te convenzo, vámonos: quizás pillemos al conocido desco-nocido de camino.
Se puso las botas y salió con Midhan de la casa, y casi se vio obligado a volver a dentro. La gente corría hacia los puentes, gritando “¡ha vuelto, ha vuelto!” y cosas parecidas. El barullo y el revuelo no eran nada típicos en Bridell, y la gente se excitaba sobremanera cuando la exaltación impregnaba el ánimo común. Eweon esperó a que aquella algarabía invadiese su cuerpo, y salió a la carrera junto a su hermano, ansioso por averiguar quién era el responsable de tanto alboroto. Es-quivaron cúmulos de personas que se amontonaban en los principales puentes colgantes; en lugar de tomar el camino más obvio, se abrieron paso a través de los puentes más pequeños y las ramas más cortas, e incluso corrieron por los túneles del Tronco. Llegaron a la plaza de la Viuda Galoan, que nadie sabía el por qué de su nombre. La agitación era allí todavía más manifiesta que en las ramas más altas. Todos estaban apretados unos contra otros, en torno al núcleo de todo aquello. Ni Eweon ni Midhan deseaban recibir codazos o empellones, así que se buscaron una alternativa mejor. Treparon por alguna rama delgada y se subieron al tejado de una de las tabernas. El vapor del agua caliente ascendía por la chime-nea impregnado de un fétido aroma a alcohol y verduras cocidas, casi palpables en el ambiente. Midhan le dio un golpe en el brazo.
– Eh, mira ahí – dijo, señalando al aglomerado de personas.
El muchacho no distinguió nada nuevo al principio, mas con un segundo vistazo, se dio cuenta de que Midhan señalaba a alguien en concreto, al centro de aten-ción: un hombre, de más de cincuenta allias, de barba corta y largo pelo cano, que advertía haber sido castaño en tiempos pasados. Eweon no pudo apreciar más sus rasgos a aquella distancia, aunque podrá asegurar que sonreía a todo el mundo y regalaba bártulos sacados de sus numerosos fardos de gruesa tela. Distinguieron que ciertos personajes de gran relevancia para Bridell se acercaban a saludar al recién llegado, tales cmo el Señor de Bridell o el Gran Anciano, Hort el Herrero y Saladorn el Dirigente de Mercantes; y también conocía a muchos amigos de la familia de los chicos, gente común, como los padres de Duende o el mismo Nôha.
– Estaba pensando… – susurró Midhan – ¿No te parece que ese debe ser Des-ton?
– ¿Quién? – soltó Eweon.
– Deston el de Lejos, ¿quién si no? – El chico miró sorprendido a su hermano – No me dirás que no le recuerdas – Eweon negó con la cabeza – ¡Por todos los Dioses!
– Deja de blasfemar y dime más sobre él, hermano.
Midhan lo miró serio. No le había gustado aquél tono. Pero no le dio más impor-tancia de la necesaria:
– Pues… Se marchó hace… Si yo tenía diez u once allias… Pues eso, seis Ethanias, me parece. Siempre fue un tipo querido en Bridell, y a todos les dolió que se fuera tan… de pronto. De la noche a la mañana, ¡fush! Desapareció sin dejar rastro. La gente dice que Padre fue el último en hablar con él, que es el único que puede saber algo. Por lo que a mí respecta, nunca lo oí mencionar más en casa desde aquél día. Me gustaría que nos contase de nuevo sus historias sobre duendes y demonios de las montañas. ¡Espero que se acuerde de nosotros!
– Y yo poder recordarlo a él…
– Eh, no te desanimes. Eso que tienes ahí dentro – dio dos golpecitos con la punta de su dedo en la cabeza de Eweon – te impide recordar con claridad. Pero verás, verás como todo se arregla.
Eweon asintió en silencio, aunque no estaba tan seguro como su hermano.
El anciano recién llegad empezó a abrirse paso entre la multitud congregada en la plaza. Hort gritó que ya era bastante por el momento; Deston había hecho un largo viaje, y ahora debía descansar.
Sin embargo, los muchachos tenían una irresistible curiosidad, y siguieron al viejo ramas arriba. Deston tomó caminos poco transitados, y caminó despacio, como si estuviese intentando aprovechar aquél instante. Los dos chicos le seguían desde arriba, trepando hábilmente por las ramas y ocultándose tras las hojas, sin hacer el menor ruido. De pronto, el viejo se detuvo. Dejó su pesada mochila en el suelo. Entonces tosió un par de veces, como irritado. Y empezó a reírse, como si todo fuese una broma. Y, cuando las carcajadas hubieron pasado, miró fijamente el escondrijo del los muchachos.
– ¿No os da vergüenza, seguirme desde la Viuda Galoan hasta aquí? ¿Acaso no véis que un pobre anciano no debe cargar con semejante peso, malditos herma-nos Dwandel?
Los muchachos también rieron, y de un salto cayeron cerca de Deston.
– Bienvenido a Bridell, señor – sonrió Midhan, mientras cargaba al hombro con el equipaje del anciano.
– Tú eres el primer varón de Lora y su esposo, ¿me equivoco? Oh, sí, sí lo eres. ¡Has cambiado tanto! Los jóvenes crecéis deprisa, más deprisa de lo que vosotros mismos queréis daros cuenta. Y tú… – dijo, girándose hacia el otro chico, y clavan-do en sus ojos azules una sonriente mirada verde – tú debes ser Eweon, ¿no es así? Vaya… ¿Véis lo que dice este pobre viejo? – y rió de nuevo – ¡Oh, muchachos, que aún tenéis tanto que ver y vivir! Pero ya habrá tiempo para recordar y hablar; ahora no nos detengamos, y ¡arriba! Espero recordar dónde está mi propia casa…
El sol llegaba a su cénit cuando llegaron al hogar del anciano, si bien aquella choza, baja y torcida, que luchaba por mantenerse en pie contra el incesante paso de las allias, podía llamarse hogar. Una capa de musco trepaba por cada esquina de la casa, y un grupo de altos helechos había crecido en el tejado de piedra ne-gra, y todo hacía que la pequeña casucha pareciese una parte más del árbol, co-mo si creciese del mismo oltak. Las raídas cortinas bailoteaban, movidas por la brisa que se adentraba en la casa por las ventanas rotas. La gruesa puerta, ahora dañada por la falta de cuidado, crujió cuando Deston la abrió, lentamente, como si temiese no reconocer su propia morada. Tras un gesto de aprobación, les dijo a los chicos que entrasen.
Si bien la casa del viejo era austera por fuera, tanto más lo era en su interior. El polvo había tomado vida propia sobre el suelo de quejumbrosa madera, sobre los muebles grises y sobre lo que en su día fueron verdes plantas y coloridas flores. La puerta que comunicaba la primera estancia en la que entraron, y la más grande de la casa, estaba salida de sus goznones, y a punto estuvo de caer sobre Deston cuando éste intento abrirla. El aire del otro habitáculo, también presa del trans-curso del tiempo y la dejadez, estaba viciado, pues las ventanas habían resistido el viento y se mantenían bien cerradas.
– ¿Es o no es la peor casa que habéis visto jamás? – Preguntó el anciano, con los brazos en jarra y una amplia sonrisa en los labios – Necesita unos arreglos, sí…
– ¿Unos? – preguntó Midhan, con los ojos abiertos como platos – ¡Unos! ¡Esto necesita ser levantado de nuevo! ¡Ni en una Era entera tendrías tiempo de arre-glar esto! – gritó, fingiendo enfado – ¡Qué digo en una Era! ¡Necesitarías la eterni-dad para conseguir limpiar todo…!
– Necesitaré mucho tiempo – cortó el viejo, tranquilo y amable – si no cuento con la ayuda de dos fuertes, sanos y jóvenes muchachos dispuestos a…
– Hasta otra, Deston – cortaron los muchachos, dejando la mochila en el suelo y saliendo a toda prisa de allí.
Midhan esperaba, cómodamente sentado, a su jadeante hermano, que no podía segur aquél ritmo.
– Algún día deberías, no sé, proponerte correr un poco más rápido, Eweon. Así las piedras no tropezarían contigo – dijo, en tono burlón.
– Algún día… – tragó una bocanada de aire que le enfrió los pulmones, reconfor-tándolo, llenándolo de vida – Algún día seré yo quien te espere… ¡Así que cuida tus palabras, hermano!
Midhan se levantó de un brinco.
– Ahora vete a la Rama del Retozo, y espérame por allí. Yo llevo las espadas, y tú descansas un poco, ¿de acuerdo? – le dijo, y luego le propinó un cachete en el hombro.
– Cómo desee su señor – apuntó Eweon, burlón, antes de salir corriendo.
– ¡Y no te encandiles con Namie Dasphort, que no es para ti! – gritó Midhan, aún cuando su hermano ya estaba lejos.
En el camino Eweon no pudo evitar dedicar sus pensamientos al viejo Deston. Apenas lograba recordar nada de él, si bien había algo… Sonrió ante la imagen que emergía desde lo más hondo de sus recuerdos. Recordaba largas noches repletas de cuentos y leyendas, historias increíbles sobre las primeras Eras, plaga-das de Dragones de todos los colores, hadas malvadas y bosques antiguos como las estrellas. Quizás aquellos recuerdos no eran reales, pues si bien Eweon podía distinguir entre realidad y sueño, se sorprendía rememorando aquellos momen-tos en los que miraba al cielo, y la silueta de un Dragón cruzaba las Lunas, y des-aparecía en silencio; o cómo las menudas manos de un aúnide se aferraban a su manga. Y quizás lo fantástico de aquellos recuerdos era lo que había hecho que Eweon los destiñese y olvidase, si bien un recuerdo siempre conservará su color en lo más hondo de nuestros corazones.
– No deberías sonreír como un bobalicón mientras caminas, Eweon – le dijo alguien con quien se cruzó – ¡O acabarás besando ramas!
El chico se ruborizó un tanto, pero siguió caminando.
La Rama del Retozo se hallaba llena de jóvenes y mayores. Era un día más o menos cálido, y una plácida brisa siseaba entre las hojas. Muchos muchachos de la edad de Eweon solían reunirse en días como aquél para practicar sus juegos. Y es que había muchos juegos de los que Bridell era cuna, y que se habían extendi-do hasta pueblos tan lejanos como Arsuan o Equiethin. Uno de los más populares era, sin duda, el tauran, un interesante juego que consistía en hacer varios dibujos en el aire con la taurin, una peonza que al bailar emanaba humo de colores, lo suficientemente denso como para que al esculpir trazos sobre él se quedasen allí grabados durante tres onallias, a veces incluso más tiempo. El problema era que conseguir una tarin era algo casi imposible, y mucho más ardua era la tarea de aprender a dominar la técnica del tauran. Pero, aún así, los chicos mayores se esforzaban por conseguir una cada vez que los Mercantes del este o del sur pasa-ban por el pueblo, porque no había nada que encandilase a las muchachas como aquellas endiabladas peonzas y las obras que se podían hacer con ellas. Midhan siempre quiso una, pero jamás había tenido suficiente dinero como para comprar-la. Y, por supuesto, la taurin del Abuelo Naidhan era un tesoro intocable, y nadie podía osar siquiera a utilizarla de nuevo.
En la Rama del Retozo había además posadas y tabernas, y también lugares habilitados para los Quintos y los juglares que tocaban y danzaban en las fiestas como el Fath Eiliath o la Noche de los Vientos y las Sílfides.
Eweon se sentó en un tocón olvidado para esperar a su hermano, mientras veía cómo Garlik Fedregan usaba con gran maestría – cosa que a Eweon lo costaba admitir – su taurin. Creaba imágenes bellísimas de plantas, flores, animales, y retrataba a las jóvenes sentadas en torno a él, cargando el aire de exclamaciones ahogadas y suaves suspiros. Garlik era un muchacho mayor, unos cinco allias mayor que Eweon, de pelo cobrizo y mirada oscura. Apenas iba a las clases de los Ancianos, y no tenía idea de nada. Ni de las Artes, ni de la vida, ni de nada. Pero era encantador, o eso se decía. Nadie comprenderá jamás a las chicas, le dijo Midhan una vez, y era lo más sensato que había escuchado en mucho tiempo.
El joven llegó con dos palos pulidos, que medían dos codos y medio de largo. Le lanzó uno a Eweon, que lo cogió al vuelo. Se prepararon durante unos segundos, intercambiando duros escrutinios, balanceando suavemente sus armas. Y, de pronto, la magia de las espadas empezó. Midhan cargó, y embistió contra su her-mano, que no se movía mientras esperaba el momento justo. El joven paró en seco con la pierna izquierda delante, giró por la derecha, y dirigió su espada a las costillas de Eweon. El momento justo había llegado. El chico interpuso su espada entre el golpe y su cuerpo durante un breve segundo, y giró de inmediato, po-niéndose, de pronto, a espaldas de su perplejo hermano, que intentó parar con un retorcido quite la inevitable estocada. Mientras que Midhan intentaba girar, Eweon le asestó una extraña finta, con la que llegó a golpear el costado de su hermano mientras se alejaba a un lado, a una prudencial distancia. Midhan cayó al suelo, de rodillas, gimiendo.
– Venga, no será para tanto – dijo Eweon, mientras dejaba su arma en el suelo.
– Claro que no – masculló el otro, mientras intentaba incorporarse -, teniendo en cuenta que no eres tú quien recibe los golpes.
Eweon sonrió mientras le tendía una mano para incorporarse, aunque el orgu-lloso Midhan se las apañó por sí solo. Eran grandes amigos, por supuesto, y lo serían por siempre; y eran también grandes rivales. Desde pequeños habían esta-do luchando con palos, trepando por las ramas, corriendo y obsequiándose inge-niosas frases el uno al otro. Según dijo Midhan alguna vez, “No vale la pena discu-tir o enfadarse; es mejor darse de palos hasta la extenuación”.
– ¿Otra?- preguntó Midhan, obstinado como siempre. Soportaba perder, pero no estaba hecho para dejarse ganar tan fácilmente, y jamás se rendía.
– ¡De acuerdo!- aceptó Eweon, recogiendo su palo.
Volvió a ponerse en guardia. Eweon era más hábil con la espada, prácticamente bailaba con ella, y siempre acertaba sus estocadas y lanzaba los más complicados quites sin esforzarse en absoluto. Podía moverse silenciosamente, hacer zafadas piruetas, acercarse y alejarse. Verle en acción era un gran espectáculo, decían muchos. Su contendiente era fuerte, y si alguna vez le alcanzaba con la espada, Eweon sabía que estaba perdido. La clave para ganar cualquier combate a su hermano era imposibilitarlo, que quedase encandilado con sus acrobacias, espe-rar a que la furia venciese en su fuero interno y no le dejase pensar, que los sen-timientos de su hermano cegasen sus golpes.
Midhan le miró a los ojos, serio, impasible, y Eweon clavó en él sus gélidos ojos. Siempre iniciaban cada combate examinándose, determinando una estrategia, eligiendo ideas y ataques y desechando otras, mientras balanceaban despreocu-pados sus armas. Y, por segunda vez ese día, la danza de las espadas empezó. Eweon atacó primero, alzó su palo y le dio un par de vueltas hasta dirigirlo en un arco descendente contra su hermano, que se defendió de inmediato. “¡Bien!”, pensaron ambos, pues los dos creían haber usado la táctica correcta. Eweon mos-tró la nueva táctica que había estado ensayando: aprovechó que su contendiente usaba la fuerza para parar su espada, y la cargó con más fuerza aún, saltó por encima de Midhan y cayó de pie detrás de él. Sí, se había llevado la mejor parte del truco. Tocó suavemente con la punta de su espada la cabeza de Midhan, indi-cando que el breve duelo se había acabado. Pero el otro ya se había preparado, y giró rápidamente sobre sus tobillos, mientras se agachaba, intentando asestar un contundente golpe a las espinillas de su sorprendido hermano, que no pudo me-nos que retroceder. Se colocó de lado, con la punta de su espada al frente, ame-nazante. Midhan fue a la carga con todas sus fuerzas, rápido y letal. Eweon paró uno, dos, tres golpes seguidos, pero sabía que no podría seguir el ritmo de su hermano. Miró a un lado y a otro, buscando alguna finta, algún error del que poder aprovecharse. Los golpes de su hermano eran letales, no podía consentir que uno sólo le rozase. Hizo una finta, atacando por la derecha pero moviéndose por la izquierda, que su hermano no vio venir. Error fatal, pues Eweon siguió bai-lando, haciendo que su hermano perdiese la cabeza entre sus estocadas, hasta que cayó al duro suelo.
– Nada, que no hay manera – suspiró. Lo había intentado todo, pero su hermano parecía jactarse de su supremacía con la espada. Estaba cansado, así que se sentó en una silla de Las Tres Valientes, la taberna más visitada de la Rama del Retozo. Eweon se sentó en la misma mesa, en la silla de enfrente. Se miraron, y sonrieron. Se les acercó Aqüandha Laville, la hija del posadero. Era una muchacha de la edad de Midhan, poco mayor, rubia, con el pelo recogido en dos grandes trenzas que le caían hasta la cintura.
– ¿Qué desean mis dos futuros guerreros tras esa cruenta batalla?- preguntó ella, sonriendo. Cuando estaba contenta, sus ojos parecían cambiar de color, y su sonrisa, pura y hermosa, invitaba a sonreír sin saber muy bien por qué.
– Dos jarras de lahin, Aqüa – pidió Eweon, y miró a su hermano – ¿Hace, Midhan?
El otro salió de su embobamiento ante la pregunta de su hermano. Le gustaba Aqüandha, desde pequeño. Sin embargo, temía no gustarle a la muchacha, pues ella no hacía alarde de tener consciencia del amor de Midhan. Miró a Eweon, asintiendo, pero a la vez le decía “¡Eres el peor y más grande de todos los aglos-ses , Eweon!”. El muchacho sonrió, porque sabía que había salvado a Midhan de quedar como un idiota ante Aqüandha. La joven entró en la taberna, para salir al rato con dos frescas jarras de lahin en las manos. Eweon ya tenía tres monedas de bronce en la mano, que le tendió a Aqüa.
– ¿Tres? – Preguntó la perpleja muchacha- ¡Ay, Eweon! ¿Todavía no sabes que a mis pequeños y valerosos guerreros sólo les cobro dos monedas de bronce?
– Lo sé muy bien- repuso Eweon – Y son tres – añadió, mientras se pasaba la tercera moneda por los nudillos – Puedes tomarla o dejarla, si bien tomándola podrás ahorrar para el vestido de nihill que quieres desde hace dos estaciones. Ahora, te aseguro que no me importa quedármela…
La joven estalló en una carcajada.
– ¿Y cómo sabes tú eso?
– Tengo los ojos abiertos.
– Y muy abiertos deberás tenerlos, pequeño – le replicó la muchacha, un tanto seria – si quieres llegar donde pretendo que acabes. ¿Hablaste ya con tus padres de lo que te dije?
– ¿Lo de las Ciudades y sus Grandes Escuelas? – preguntó Eweon, intentando evitar la furia de su amiga.
– ¡Qué si no!
– ¡Aqüandha, hija, volvemos a la vuelta!- gritó Querum Laville, el propietario de Las Tres Valientes, mientras salía del umbral de su taberna –Si te pasas la vida metiéndole esas cosas en la cabeza al pobre Eweon, al final acabará abandonán-donos, y no creo que nadie en Bridell quiera que Mirada Gélida se vaya a apren-der los Dioses saben qué en la Capital del reino.
– ¿Y qué le van a enseñar de malo, padre? – miró a los jóvenes, con aquella luz en los ojos, aquella luz que iluminaba su rostro cada vez que hablaba de hacerse mayor y dejar Bridell a los demás – En las ciudades está el futuro, mis pequeños guerreros, las Grandes Escuelas, los Gremios, y los mejores maestros de las Nueve Artes. Algún día, padre, algún día viajaré por todo Nhyun y verás como te sentirás orgulloso de mi.
– Pero siempre diré que como en Bridell no encontrarás nada, y volverás aquí, como todos los que se van. ¡Y entonces veremos dónde quedaron todas tus pre-tensiones y ansias de conocer mundo! Y hablando de viajeros que regresan, ¿sa-bíais que Deston el de Lejos ha vuelto? – Querum siempre hablaba de las cosas interesantes como un bardo, poniendo gran interés en que la gente le escuchase, otorgando de gran emoción a cada una de sus palabras. Bien se había ganado el apodo del Gordo Narrador, por su gran panza y su propensión a creer y contar todo cuanto escuchasen sus oídos.
– Sí, charlamos con él hace un rato. Y, por cierto Midhan, voy a ir a su casa, tengo que preguntarle una cosa – Eweon se levantó, indicando a su hermano con un gesto de la mano que no le siguiese, que continuase allí hablando con Querum y Aqüa.
Ya lejos, alcanzó a oír los gritos del otro joven:
– ¡Vuelve a casa para la hora de la cena, o no te esperaremos!
Tardó bastante en llegar a las ramas altas, donde vivía Deston. Tuvo que saltar la Rama del Viejo, rama donde vivía el Anciano Ghilmor Austhernesse, el más ancia-no de los Ancianos, porque el puente colgante estaba viejo y le daba miedo que se rompiese. Puede que otro día Midhan y él tratasen de hacer uno nuevo, pero ahora era demasiado tarde, y tenía prisa. Llegó a la puerta de la casa de Deston, que parecía igual de desordenada y sucia que antes, y llamó a la puerta. Nunca se acostumbraría a las puertas, pues en todas las demás casas de Bridell se habían sustituido tiempo atrás por opacas cortinas de vaun. Todos confiaban en todos, pero parecía que Deston prefería las distancias, pese a ser tan apreciado en el pueblo.
Nadie contestó, y Eweon llamó un par de veces más. Al rato se escuchó una voz áspera y grave, pero que le resultó extrañamente familiar y envolvente.
– ¿Pero qué demonios haces aquí, Eweon? ¿Qué trae a un chico como tú a las ramas más altas de Bridell? ¿Vienes a trabajar? – el viejo parecía tener los ojos cerrados y cansados, como si el muchacho le hubiese interrumpido un deseado y apacible sueño.
– Tenía que preguntaros una cosa, señor – balbució el chico, cabizbajo.
– Entonces sería mejor que pasases, si vamos a hablar un rato, ¿no te parece?- dijo mientras abría la puerta y hacía un pomposo gesto con las manos, invitándole a pasar como si de un noble se tratase. Eweon se sintió incómodo en la morada del viejo, sin saber por qué, mientras confusos recuerdos se aglomeraban en su mente – Disculpa el desorden, muchacho, pero estaba sacando mis cosas y no esperaba visita como esta. Te juro que no salgo de mi estupefacción, Eweon.
Invitó al muchacho a sentarse en un sillón bastante confortable. Eweon miró las paredes y las ménsulas, ahora repletas de objetos, libros, cuadros…
– Quería saber… – empezó, pero no pudo continuar. Intentó ordenar sus ideas, hasta que al fin pareció hallar el modo de empezar aquella conversación – Decid-me, señor, ¿de qué os conozco? Pero, realmente, quiero decir. Porque recuerdo varias cosas vuestras, como ideas, recuerdos, imágenes, pero nada más… concre-to, ¿entendéis? Mi padre os conoce, y Midhan no da señales que indiquen otra cosa sino que también sabe quién sois.
El viejo se recostó en el sillón, suspirando, como profundamente agotado. Se atusó la corta y canosa barba.
– Ven, Eweon, acércate – se levantó y se dirigió a un rincón de la casa, donde descansaba una pequeña mesa hexagonal, con unas pequeñas esculturas sobre ella. Una pequeña imagen apareció en la retina del muchacho, que intentó afe-rrarse a ella y examinarla al máximo, pero se le escapó. Había dos sillas, una en frente a otra, en dos lados de la mesa. Tenían motivos parecidos a la mesa en el respaldo, como si las hubiese tallado el mismo carpintero que talló la mesa para Deston. Eweon examinó la superficie, perfectamente lisa, de la mesa. Había un gran rombo en el centro, y en su interior, más pequeño, se hallaba un cuadrado. De cada costado del pequeño cuadrado se formaba un alargado triángulo que llegaba hasta una esquina del rombo. Cada uno de los cuatro triángulos se dividía en dos, formando una línea recta que sobresalía un poco del rombo, llegando a parar enfrente a un símbolo, que en cada lado era diferente. Cada símbolo era, y en el orden en que los vio Eweon, una gota, una montaña, una nube y una llama. Agua, Tierra, Viento y Fuego, pensó al instante, sin quererlo. Sobre cada uno de los símbolos había una torre, coronada por una pequeña figura. Una Sierpe Mari-na para el Agua, una serpiente para la Tierra, un oso alado para el Viento y un caballo para el Fuego.
– ¿Sabes lo que es esto, Eweon? – preguntó el viejo, sacándolo de sus cavilacio-nes.
– No, señor, en absoluto- contestó el muchacho, sin entender.
– Vaya, si que has olvidado cosas. Te encantaba jugar a esto hace unos allias. En mi tierra natal lo llamamos el lau tamner. Es un juego de ingenio, muchacho – explicó. Esperó a que Eweon le mirase a los ojos, y continuó – Cada dibujo que hay sobre el tablero representa uno de los cuatro Elementos de la Naturaleza, o los cuatro Dioses principales, según se mire. Bueno, sobre cada uno de ellos hay una torre con una figura. Como los Ancianos apenas saben de la Primera Era, te diré que el Agua es una Sierpe Marina, y que la Tierra es una serpiente, eso lo sabrás ya. El Viento es representado por un shanellin, una criatura parecida a un oso blanco alado. El Fuego es un ninnët, un caballo flamígero, que estuvo cubierto por el kiith, el metal más extraño del mundo, capaz de soportar el más fuerte de los golpes.
Poco a poco, Deston le fue enseñando todas las normas del lau tamner, su es-trategia y su historia. Eweon descubrió que encontraba el juego divertido y fami-liar, como si ya hubiese jugado antes. Más y más recuerdos, pero esta vez mejor conservados, como que había ganado a Deston un par de veces, o que Nôha le daba consejo sobre cómo mover al shanellin.
– ¿Crees que ya vas recordando algo acerca del juego?- inquirió el viejo, como si hubiese adivinado los pensamientos del muchacho.
– Sí, imágenes, momentos, partidas, pero no logro recordar por qué estaba yo jugando a esto, si no tengo relación con vos, señor – aseguró Eweon.
– De acuerdo, por lo menos hemos avanzado un poco- prosiguió Deston, tranqui-lo -. Vamos, salgamos de aquí, hay una hermosa puesta de sol que nos espera.
Salieron de la casa, y el viejurgo le llevó a la parte trasera de la casa. Allí había tumbada una gruesa parte del tronco que un día perteneció a un gran roble. Se sentaron en él a contemplar la puesta del sol, cosa que sólo se podía hacer en las ramas altas, pues la espesura de la floresta de los oltaks hacía imposible ver nada más aparte de Bridell y unos pocos árboles. Eweon no había visto demasiadas veces la puesta de Athelie, el sol de Nhyun, y verla desde la casa de Deston se le antojó hermoso y sorprendente.
– El Fuego… – suspiró el anciano, mientras observaba la oscura silueta de los picos de Kêidolon – Muchos creen que fue el primero de los cinco astros, aunque en realidad fue el segundo, pues como pasa con la luz, siempre existió antes la oscuridad. Lôh, conocida como la Última entre los humanos, es, precisamente, la Primera de las lunas.
A Eweon le sorprendió que Deston le contase aquello, pero siempre era de agradecer un detalle más sobre su mundo.
– Son muchas las cosas que damos por sentadas, y de las que no tenemos certe-za alguna, hijo – añadió el anciano, prestando asombrosa atención al movimiento del sol – En tu vida deberás suponer muchas cosas, actuar sin saber bien lo que puede ocurrir; hazlo, muchacho, pero recuerda que siempre debes pensar en todas las posibilidades que pasen por tu cabeza.
– Lo haré, señor – aseguró el joven, asintiendo.
Eweon estudió cuidadosamente todos los rasgos del anciano mientras éste hablaba. No parecía tan mayor, en realidad. Las arrugas se le concentraban en torno a los ojos y a sus finos labios, y algunas cicatrices marcaban su cuello. Sin embargo, en su mirada se apreciaba un brillo de juventud y vitalidad del que mu-chos otros carecían.
– La noche caerá pronto – afirmó Deston, mientras quitaba una pequeña ramita que crecía en el suelo – Así que será mejor que me digas lo que tengas que decir-me ahora, muchacho. E intenta resumirlo todo en una única pregunta, pues mi cabeza ya no puede razonar como me gustaría.
El joven escogió sus palabras, sabiendo que el tiempo apremiaba, y que no de-bía tardar en sacarle al viejo la información que buscaba.
– ¿Por qué os recuerdo, y al mismo tiempo, no sé nada de vos? – inquirió, con toda la precisión que pudo. A Deston pareció hacerle gracia algo en el tono de su pregunta.
– Apuesto a que sabes algo sobre el Ephean Imein, ¿no es cierto? – Repuso el viejo, sonriendo – Supongo que has ido a las clases del Quinto, al menos alguna vez. Y bien, ¿qué es el Ephean Imein, muchacho? – preguntó, como hacían los Ancianos para probar a sus alumnos.
– Bloqueo del pensamiento – contestó Eweon, repasando mentalmente los per-gaminos que había leído sobre aquél tema – Quien domina el Quinto, o tiene nociones específicas sobre el Ephean Imein, puede provocar un bloqueo en la mente de otra persona, ocultándole sus propios recuerdos. Por lo general, quien sufre del Ephean rompe ese bloqueo con los años, poco a poco, según he enten-dido.
– Muy bien, Eweon – dijo Deston, satisfecho – Conoces la definición de carrera, y la entiendes, lo que es aún mejor.
– Pero, entonces… – balbució el muchacho – ¿Quién me bloqueó los recuerdos? ¿Por qué? – Preguntó, algo sobresaltado, mirando suplicante al anciano – ¿Es por eso por lo que me haces jugar con el lau tamner, Deston? ¿Para que recuerde? Pero…
– Cálmate, muchacho – lo tranquilizó el anciano, mientras se levantaba. Después invitó al chico a hacer lo mismo – Recordarás, lo prometo. El destino conspirará a tu favor, para que recuperes lo que te pertenece. Pero, espera, no te alteres. Te aconsejo que le preguntes a tu padre, Eweon; yo necesito dormir, hijo: estoy cansado, he viajado mucho, y me duele la espalda – llegaron a la puerta principal de la casa, que Deston abrió, y desde el umbral, antes de encerrarse en su choza, gritó – ¡Hasta otra, Mirada Gélida! ¡Siempre y cuando esa otra sea mañana!
Eweon aún alcanzó a oír cómo el anciano caía en la cama, murmurando palabras que al muchacho le parecieron preguntas y respuestas, cavilaciones a gran veloci-dad.
Mientras Eweon bajaba hasta las ramas medias, intentó organizar lo poco que había obtenido del viejo. ¿Quién había hecho un Ephean Imein para impedirle recordar? ¿Por qué? ¿Qué sentido tenía impedir que el joven recordase su infan-cia? Sólo un Anciano tendría conocimientos suficientes como para realizar el blo-queo del pensamiento, pero… Aquello no tenía sentido alguno.
Decidió que buscaría respuesta en sus sueños, más tarde.
[1] Gigantesco árbol que sólo crece en el noroeste del reino. El oltak más grande midió tres millas y media de alto y doce millas de rama a rama.
[2] Temporadas de la Caída
[3] Las Eras son periodos de tiempo marcados por inicios drásticos para el destino del Reino. La novela está basada en el 19603 allia de la Novena Era
[4] Estudiantes del Quinto Arte, música.
[5] Gusanos de ciénaga, que pueden llegar a pesar una libra y media.
1. Las descripciones, para mí, están lo suficientemente detalladas y no son tampoco demasiado extensas.
2. Están bien, aunque aquí:
“- Todo es ejercicio, Eweon – dijo Midhan, sacándole de sus cavilaciones- Dime, ¿ crees en serio que la llegada de Deston es tan importante? No parece que haya nadie en las tiendas o en los cultivos, ¿sabes? – su hermano parecía demasiado preocupado por todo. Siempre andaba así, serio, y creyéndose más maduro de lo que era.
- Es muy conocido en el pueblo, ¿no crees? Si papá se fuese durante cinco allias, también nosotros estaríamos contentos de volver a verle – replicó el muchacho, siempre lógico.”
Tal vez las preguntas “¿sabes?” y “¿no crees?” son un tanto innecesarias. Son naturales.
3. Un poco sí, pero es enigmático y, además, este tipo de personaje siempre es interesante.
4. Me gustaría saber el funcionemiento del lau tamner. Estaría bien que lo explicases.
5. El último diálogo de Deston incita a leer (al menos por mi parte) para descubrir los recuerdos de Eweon. Lo has logrado bastante bien.
¡Muchas gracias por el comentario, Kai! Espero que te guste el resto de la novela ^^
Pues pienso repasar profundamente ese diálogo, créeme.
Y se me ocurrió la idea de publicar algunos bocetos en los Anexos, explicando el juego.
¡Me alegra que te gustase el último diálogo! Me costó horrores corregirlo.
¡Gracias por comentar!
excelente historia, tope por causalidad con este foro y con algo de tiempo seguire leyendo… saludos