Eweon despertó, cansado y lleno de agujetas por todo el cuerpo. Le dolían los brazos por culpa de Midhan, con aquella desesperada táctica de lanzar golpes sin sentido, y le dolían las piernas, pues había recorrido a carreras el árbol casi tres veces. El sol no había emergido del todo, en el oeste, dónde se alzaban las mon-tañas bárbaras de Wo- Wen. Encendió su etha, y pronto la luz invadió la estancia. Se acomodó con su pergamino y se puso a leer, concentrado en lo que hacía. Poco a poco, sin darse cuenta, empezó a susurrar:
Y los bosques poblaron el mundo,
Mantos verdes que tomaron la tierra;
Y con ellos el Mal de la Espesura llegó
Para tomar lo que fue suyo.
Los ojos amarillos destruyendo los Pilares del Ciclo,
Las raíces del Girith perforando la tierra;
Los arcos de los elfos
Lanzando flechas que eclipsaron el cielo.
Y las garras del miedo tomaron el mundo,
Sumiendo bajo un manto negro y gris
Al Reino del Este, que sólo a los árboles pertenece.
Los elfos ciegos, el bosque ávido de venganza,
Y el Girith en cabeza,
Mandando a las hordas de los bosques
Contra las filas de las razas de tierra, aire, fuego y agua.
Mas los Dioses enviaron al Guerrero de Plata,
Con la Lanza de Plata,
Para apaciguar la Cólera del Girith,
Junto a los Doce Caballeros de Boronce.
Con la bendición de Sirith,
La Fuerza de Gerson,
La Sabiduría de Woan,
Y la Pureza de Auan,
Partieron los Trece Elegidos
A derrotar por siempre las tropas del Abismo.
Ninguno volvió
De las Montañas de Shionor.
Ninguno regresó victorioso
De la contienda de la Cólera.
Tampoco los Trece regresaron
A sus hogares.
La Lanza de Plata quebró en batalla,
Y en batalla perecieron los Trece;
Pero derrotaron al Enemigo del Bosque,
Aún dejando la vida en ello.
Y con sangre nació la Quinta era,
Con la sangre enana, la sangre élfica,
La sangre humana, la sangre inútil,
De una inútil contienda.
Terminó de leer, dejando aquella última frase en el aire, saboreando los úl-timos momentos de aquellas palabras. Era complicado leer aquel pergamino, dado que estaba escrito en el idioma de los Hombres Antiguos, y era bastante diferente al que él hablaba. Eweon llevaba razonablemente bien los estudios de esa lengua, pero aún así tenía que pararse muchas veces a traducirlas a su propio idioma o releer los versos una y otra vez. Pese a todo, disfrutaba mu-cho con aquella lectura. Pensó un poco en sus clases. Asistía desde hacía allias a cinco de las Nueve Artes, y le apasionaban sus estudios. Su padre siempre se había sentido muy orgulloso de él. La mayoría de sus amigos habían llegado a estudiar dos o tres Artes a la vez. Y rara vez esto les servía para algo más que para presumir ante los demás. Pero Eweon tenía una gran inquietud frente a los estudios, adoraba entender el mundo de la forma más amplia posible. No quería ser más inteligente, no ansiaba ser presuntuoso, no se sentía superior por tener éxito en las clases; sólo deseaba saciar su curiosidad acerca de cual-quier cosa que despertara un mínimo interés.
Los Pastores del Alba aullaron, y la luz del amanecer atravesaba alegremen-te la copa del árbol, y llegaba radiante hasta su habitación. Al poco rato apare-ció su hermana, Alenâi. Apartó suavemente la cortina y entró tranquila y des-preocupadamente en la estancia. Se arrodilló en el suelo, mirando fijamente a su hermano. Alenâi tenía unos hermosos ojos color ámbar, que penetraban en las mentes de los demás como miles de agujas que examinaban cada rincón de las almas ajenas, buscando algo, algo que nadie más que ella podía entender. Permanecieron un rato así, en silencio, mirándose fijamente el uno al otro. Hasta que el último de los Pastores del Alba acabó de aullar, y, mientras el si-lencio regresaba calmo al bosque, la vida empezó a surgir en Bridell. Y Alenâi pareció darse cuenta de que estaba allí, en la habitación de su hermano, y que tenía que decirle algo. Se irguió un poco y empezó:
– La verdad, no me extraña que preguntes a Deston por tus recuerdos, Ewe-on – dijo; daba la impresión de que pretendía sorprender a su hermano. Y lo consiguió, sin duda – Es un hombre sabio, importante para ti, para tu futuro. Pero, hermano, debes recordar que todos tenemos nuestros secretos; verda-des que han de permanecer ocultas hasta el momento justo. Debes tener pa-ciencia, Eweon, si deseas conocer la verdad. He de suponer que esta noche re-gresarás a la casa de Deston, y volverás a hablar con él. Y, si esta noche no ob-tienes la verdad que tanto ansías, no desesperes: hay más días que estrellas en el cielo – sonrió, aunque sus ojos permanecieron tan sosegados como de costumbre – Pero debes saber algo – advirtió, recuperando su habitual e inex-presivo rostro – Toda verdad que permanece oculta tiene motivos para estar-lo; hermano, piénsalo bien, pues la verdad que buscas no tiene por qué ser la verdad que deseas.
Quedaron en silencio un rato, mientras Eweon pensaba qué decir, y medita-ba las palabras de Alenâi.
– ¿Conoces tú la verdad que me está vedada? – preguntó él, finalmente.
– Sólo llevo sus palabras, Eweon, pero no la verdad que buscas. No toda, al menos… Te digo lo que Él pidió que te dijera, nada más. Me habló del pasado y del futuro, y también del presente. Y si Él cree que el Guardián puede ayudar-te…
– Espera, ¿quién es Él, Alenâi?- interrogó Eweon, sin comprender.
– ¡No! ¡Calla! No puedes entenderlo, Eweon. ¡No intentes entenderlo! Sim-plemente, haz caso a lo que decimos, toma la mano que tendemos. Lamento no poder desvelarte aún mi mal, pero sé que todo cambiaría demasiado si lo hiciera. Confía en tu hermana, pues no quiero nada malo para ti, ¿de acuerdo? – sus ojos gemían, asustados. Se levantó, y tras cerrar la cortina, susurró: – Vís-tete. Daremos un paseo, y no debes demorarte, pues cada instante te acerca a las fauces del lobo gris.
Eweon se cambió a toda prisa, sin entender nada de lo que había dicho su hermana. <>, le habían dicho alguna vez, <>. Así que eso hizo. Fe.
Cogió un par de bolsitas llenas de vaunas, por si acaso. Salió de la casa, y la luz le golpeó el rostro de forma cálida y agradable. Su hermana estaba allí de pie, esperándole.
– ¿Estás listo? Bien, entonces. Vamos – le miró, y sonrió dulcemente.
Mientras charlaban, caminando sin rumbo fijo por las ramas de Bridell, Eweon pensó en la extraña personalidad de su introvertida hermana. Su men-te funcionaba de una forma diferente a la de todos los demás. En ocasiones se abstraía es sí misma durante horas, pensado. ¿Adónde le llevaban sus pensa-mientos? Nadie lo sabía. Podía viajar y ver más allá del lejano Templo de Ashlôn, podía viajar a los Bosques de los Elfos, allá lejos en el sur; podía viajar al norte, la las inexpugnables Montañas de Hûnneräi; podía viajar a la cima del Hergiin y admirar el mundo; podía ir al este, al Mar Sangriento, y ver cómo So-lereth se sumergía en él todas las tardes… Era admirable cómo su mente podía haberla rodeado de un aura de misterio e incertidumbre. Y, pese a todo, resul-taba inmensamente grato hacer algo tan cotidiano y corriente como dar un paseo matutino y compartir una agradable conversación sobre temas intrans-cendentales. Decidió dejar la complejidad de su hermana a un lado, y seguir caminando.
Llegaron al rato a la Rama del Retozo, que en un día como aquél, en que los Ancianos estaban reunidos y no daban clases, bullía de actividad y risas jóve-nes y despreocupadas. La gente jugaba y hablaba en cualquier lado. La Rama del Retozo era larga y amplia, así que gran parte de las Ramas Medias podía congregarse allí en una mañana cómo aquella. Aqüa les saludó desde la dis-tancia, mientras llevaba en las manos dos jarras para un dúo mujeres que no paraban de reír, mientras escuchaban las canciones de los del Segundo Arte, los músicos que tocaban y cantaban alegrando el momento. Un grupo de niñas bailaban en un corro entorno a ellos, al rápido compás de la música. Se senta-ron en una mesa situada al lado de la valla que protegía a la gente para que no cayese árbol abajo. Hacía más de treinta allias, en una tonta disputa, dos niños se precipitaron al vacío. El Ebanista de entonces, el padre de Hort, construyó tantas vallas como hizo falta para que todas las ramas del árbol fuesen segu-ras. Impresionaba el trabajo artístico que había depositado en cada una de las piezas de madera: todas ellas tenían grabados muy diferentes sobre bosques, bardos y fiestas.
Eweon y Alenâi mantuvieron silencio durante un rato, como esperando so-segadamente que llegase el momento justo. Fue entonces cuando Eweon se dio cuenta de que la belleza de su hermana aumentaba cada vez que el silen-cio la rodeaba. Sus rasgos parecían relajarse, sus ojos emitían destellos de sa-gacidad al horizonte, y su cuerpo, tenso pero aparentemente relajado, se an-tojaba frágil y hermoso a los ojos de Eweon. Ante los demás, ambos resulta-ban bastante parecidos: pelo liso y morado oscuro, que se confundía siempre con el negro, grandes y vivos ojos, los de ella ámbar – como su madre- y los del muchacho completamente gélidos, pero ambas miradas parecían siempre inteligentes y derrochadoras de vida.
– Eweon – enunció la muchacha, sacándole de sus cavilaciones -, como te dije antes, voy a prestarte una ayuda que será crucial para los tiempos que están por venir, ¿entiendes? Así que espero que seas inteligente, y que escuches con atención. No te esperará demasiado, no puede desatender todo el bosque só-lo por un zagal como tú, ¿de acuerdo? – su hermano asintió – Bien, escucha, y escucha atento. Pronto descubrirás muchas cosas, muchacho, cosas hermo-sas… y cosas horribles, acerca de ti. Y las primeras respuestas has de encon-trarlas aquí, en el Bosque de Enerah. Pero no todas te las revelará Deston. Y recuerda que, pase lo que pase, debes conocer a la perfección todos los entre-sijos de tu mente, todo lo que hayas podido ver en tu corta vida, Eweon; de-bes afrontar la verdad, pase lo que pase, hermano mío – sus ambarinos ojos parecían tener una gota de temor que no deseaba convertirse en lágrima. An-tes de que su hermano la tranquilizase, prosiguió- No obstante, no he inte-rrumpido tu rutina para decirte que hagas lo que harás de todas formas, si no para mostrarte lo que sí debes hacer y todavía no sabes. Poco después de que me vaya, escucharás el graznido de un Cuervo de Plata. Entonces correrás rá-pido y solo hasta tierra firme. Cuando llegues, no pienses demasiado, y corre, corre lejos; si no te das prisa, los ojos amarillos sacarán el odio de tu interior y puede que ni siquiera el Guardián pueda salvarte. Siento tanto arrojarte así al peligro, hermano… Pero creo que es lo que más necesitas ahora.
– ¿Los ojos amarillos? ¿Guardián?
– Preguntas que por el momento no recibirán respuesta, son preguntas que no tiene sentido formular. Cuando vayas a ver a Deston querrás saber mucho más de lo que yo podría aclararte ahora, y él estará dispuesto a darles res-puestas a la mayoría de ellas, descuida. Por el momento sólo debes saber que la llamada del cuervo está al caer, así que estáte avizor a todo lo que pase más allá de este árbol, sobre todo por encima de la copa de Bridell. Y recuerda: no lo busques, no hará falta, ¿de acuerdo?
Si algo había aprendido durante allias de su hermana, era que no hacía falta cuestionarle nada. Solía tener un punto de vista infinitamente más amplio que el de todos los demás. Alenâi se incorporó, y delicadamente, se encaminó a las Ramas Altas, sin ningún rumbo aparente. Eweon la vio desaparecer entre la espesura de Bridell, se tumbó y esperó a escuchar el graznido de un cuervo más allá donde su mirada alcanzaba a llegar…
***
El lamento del ave desgarró cruelmente el cielo. Pero Eweon esperaba ya ansioso ese sonido, traído de lo más profundo del Abismo. Salió corriendo, to-do lo rápido que sus piernas le permitían. Saltó de rama a rama un par de ve-ces, arriesgándose demasiado. En realidad, no debía hacer eso, pues podía precipitarse al suelo, y las vallas no impedían que alguien saltase intenciona-damente. Pero debía darse prisa. Lo más complicado resultaba atravesar el Tronco, la parte de Bridell sin ramas. Alrededor del árbol, en espiral, se habían construido cientos de escalones, tan estrechos que apenas podían pasar tres personas al mismo tiempo en cada uno de ellos. Y, temiendo por su fragilidad, nadie osaba correr por ellos. Así que tuvo que calmarse y limitarse a caminar. Tardó todavía un rato en llegar al suelo, firme, húmedo y cubierto de hojas caídas de estaciones pasadas. Miró hacia arriba, a las Ramas Bajas de Bridell, que se encontraban a muchas yardas por encima. Todo era extraño, el pueblo no parecía el mismo desde allí… Escuchó un ruido, y se giró a un lado y a otro. No vio nada. De todas formas, muchos animales habitaban el bosque, así que no había que asustarse todavía. Estaba cansado, así que aminoró el ritmo un momento. Admiró el paisaje, los gruesos troncos de los árboles, el suelo húmedo y cubierto por hojas caídas, pequeños animales que corrían de un la-do para otro… Se le antojó curiosa la variedad de especies que vivían en ar-monía bajo las copas de los árboles más grandes.
Llevaba ya tiempo corriendo, cuando, de pronto, todo enmudeció. Se vio ro-deado de un horrible silencio, roto por su respiración y los latidos de su agita-do corazón. ¿Qué ocurría? ¿Por qué todo parecía haberse detenido en el tiempo? Un gutural ruido rompió el silencio, el ladrido atormentado de la bes-tia que saltó desde su escondrijo. Apenas tuvo Eweon tiempo para esquivar el ataque; se lanzó a un lado, cerca de las raíces de un árbol. Era un ârokei, un gi-gantesco lobo gris, de asesinos ojos amarillos, donde latía una llama de odio antiguo como los Dioses. Una sensación extraña se apoderó del joven. El mie-do le impulsaba a huir, y, sin embargo, un creciente odio le obligaba a lanzarse contra la bestia, que le observaba, atenta a cualquier movimiento. Pronto no-tó el muchacho que el odio vencía al horror, y entonces ambas criaturas tensa-ron sus músculos, irradiando una aversión mutua desde lo más profundo de sus seres. Ambos iban a lanzarse al combate, a encararse frente a frente y lu-char a muerte. El ârokei saltó, y Eweon hizo otro tanto. Justo iban a producirse el encuentro, cuando, de pronto, una luz dorada como el sol saltó sobre el lo-bo, echándolo a un lado, y éste rugió atemorizado. El muchacho no podía ver lo que sucedía, cegado por la refulgente luz, y tan sólo escuchó los tormentos del ârokei, huyendo despavorido por la espesura, antes de caer entre las raí-ces de un árbol.
La luz disminuyó su intensidad, y todo empezó a volver a la normalidad en unos segundos. Hojas que lanzaban al viento sus quejas, tímidos cantos de to-dos los pájaros que habitaban en la floresta, ahora sí podían oírse. Sólo había cambiado una cosa: un enorme ciervo se alzaba ahora donde antes había es-tado la bestia de ojos amarillos. Eweon no había visto antes un ciervo, pero supo desde ese momento que no estaba mirando a un animal corriente. Pare-cía noble, altivo, soberbio y sabio, tanto como el más grande de los reyes de los Humanos. Y, antes incluso que su luz natural, había algo que le distinguía de todo, algo que pocas personas podían sentir, un aura que ni siquiera el mu-chacho logró definir con claridad.
– Así que tú eres Eweon, el de la mirada de hielo… – murmuró el ciervo, exa-minando al chico, que yacía tirado en el suelo, demasiado confuso para levan-tarse – Mi nombre es Elluder, el Ciervo Dorado. Es un placer volver a verte, muchacho. ¡Ay, ojalá pudieses recordarme! Pero dudo mucho que tu mente sea clara, mucho más siendo un recién nacido en aquél tiempo.
Eweon estaba paralizado por la sorpresa. ¿Un ciervo dorado, un ciervo que vencía a un ârokei, un ciervo parlante, un ciervo al que conocía? No, aquello no era posible, no podía ser posible.
– Supongo que no me equivoco al aventurarme a pensar que estás sorpren-dido como nunca lo has estado – dijo el Ciervo Dorado, sonriendo paternal-mente – Entonces, debemos ponernos al corriente de nuestras vidas, ¿no te parece? Ven, sígueme; hablaremos en un lugar más adecuado.
El chico observó cómo el ciervo se adentraba en entre los árboles. No, no en-tendía nada, pero por algún motivo sabía lo que tenía que hacer. Así que dejó a un lado su recelo, y corrió en pos de la luz dorada. Le alcanzó al fin, no muy lejos de las raíces del árbol en las que había caído. Caminaron despacio, uno al lado del otro, durante largo rato. Elluder parecía recorrer un camino, aunque el joven no lograba diferenciar nada entre los arbustos y las hojas de los árbo-les. De pronto, la duda se apoderó de su mente, y no pudo reprimirse:
– ¿Sois vos de quién hablaba mi hermana Alenâi, Ciervo Dorado? – preguntó.
– ¿Alenâi? ¡Ah, claro! Sí, sí… Nos conocemos, por así decirlo. Será una gran mujer algún día, tan poderosa como lo serás tú, Islêriënn – aseguró el ciervo.
– ¿Por qué me llamáis Islê…? – no consiguió pronunciar la palabra con la misma sonoridad cantarina que Elluder. Nunca antes había escuchado un nombre tan complejo, y se preguntaba qué quería decir.
– Islêriënn dhe’ n Eâll, un nombre élfico. Muchos nombres se te han dado en muchos lugares del mundo, muchacho. Este significa <>. Escuché hace tiempo Portador del Nombre del Primer Hom-bre que pisó el Mundo del Este en el albo de la Primera Era. El estilo gnomo, sin duda – rió. Era una criatura sabia y conocedora de muchas cosas, pensó Eweon. – En las Lenguas Oscuras se te conoce como Orëk Dinâish Zagûk- ôgh, <>. Será más fácil que entiendas de estos nombres con el tiempo, pues todos tienen parte de razón. ¡Mira! Casi hemos llegado…
Eweon miró a su alrededor. Para su asombro, el paisaje había cambiado sin previo aviso ante sus propias narices, tornándose ahora húmedo y oscuro. Caminaban bajo las entrelazadas ramas de los árboles, que se retorcían silen-ciosamente en un desesperado intento por llegar a la luz del sol. Las plantas le eran desconocidas, y todo parecía estar sumido en la tenue penumbra de un lejano crepúsculo.
El chico deseó preguntar que extraño paraje se extendía ante sus ojos azules, pero no consiguió formular su duda al Ciervo Dorado, que caminaba sutil y al-tivo a su lado; extrañas sensaciones se apoderaron de su mente: nostalgia por algo que no conocía, alegría por regresar a un lugar en el que nunca había es-tado…
El lóbrego túnel por el que caminaban acabó en una amplia sala, cuyas pare-des formadas por tétricos árboles aguantaban un tupido manto de hojas oscu-ras que impedía a la luz del Fuego contemplar el negro estanque que, silencio-so, ondulaba en el centro de la estancia arbórea. Las flores salpicaban el suelo de refulgentes colores, y toda la luz parecía provenir de aquellos maravillosos pétalos de luz, que conformaban una mágica aura alrededor de las profundas aguas. De algunos árboles brotaban arroyos que se perdían en el estanque; todos los detalles conferían a la escena el aspecto de un jardín, un cuidado jardín de belleza inigualable, y de absoluta melancolía.
– Llamamos a este lugar Qêndan – reveló Elluder, sacando a Eweon de sus pensamientos – Todo lo que ves lo cuida Iânna, la última elfa que pisó Enerah. Es una excelente compañera, y su poder parece no alcanzar límites; aunque ahora vive sumida en un manto de tristeza, y la oscuridad merma sus fuerzas día a día. Ah, Eweon… Hubo un tiempo en el que Iânna hizo grandes proezas, hazañas que ni siquiera un sabio humano podría llegar a creer. Mas toda hazaña acaba por convertirse en un lejano recuerdo del que apenas queda na-da…
– ¿U-una elfa, en Enerah? – inquirió el muchacho, abriendo mucho los ojos. A Eweon siempre le habían maravillado las historias que contaban los bardos sobre la raza élfica. Por lo poco que sabía, eran la raza más bella de Nhyun, de rasgos pulidos y suaves, ojos rasgados y voz tan dulce como el trino de un pá-jaro entre las flores. Se contaba que los elfos eran tan antiguos como las lunas, y que habían vivido el nacimiento de la Primera Era, incluso antes de aquellos tiempos remotos. Se decía que cada elfo era sabio como cien ancianos, y po-deroso como mil soldados, y que vivían lejos, en un lejano bosque, muy al sur, en ciudades de plata construidas entre los verdes árboles que lloraban su per-petua tristeza…
– Exacto, muchacho, y creo que deberías aprender ya su nombre. Iânna, la llaman los mortales. Es posible que, dentro de algún tiempo, decidas regresar al Qêndan para aprender de su sabiduría; cuando llegue ese día, deberás tener presente su nombre, pues sólo así podrás escuchar sus palabras, y ver su ros-tro, ¿entiendes, mi joven Islêriënn?
– Sí – contestó el chico, sin dudarlo demasiado – Iânna, tampoco es tan difí-cil.
El ciervo le miró, sonriendo, ocultando su preocupación.
– En poco tiempo aprenderás infinitas cantidades de palabras, en lenguas de las que ni siquiera has oído hablar. Eweon – dijo, sin elevar el tono de voz – Debes aprender mucho, debes aprenderlo todo; aprender es lo que te da la vida, muchacho, no lo olvides. Has de aprender cómo se mueve el mundo, como se producen cambios a tu alrededor. El conocimiento te abrirá nuevas puertas, y al abrirlas sólo verás más cosas que aprender. Los Hombres abrís en vuestra vida muchas puertas; unas veces acertáis, y podéis continuar vuestro camino; otras, erráis, y podéis volver a atrás o seguir adelante – hizo entonces una breve pausa, para que el muchacho reflexionase sus palabras – Pero lo único que no debes hacer, amigo mío, es dejar de abrir puertas, de cerrar tus posibilidades, de acabar con tu camino.
El joven intentó asimilar todos los conocimientos que Elluder le prestaba, y, aunque sabía que seguramente parte de las intenciones ocultas en las pala-bras del Ciervo le resultarían incomprensibles, una parte de su ser le impulsa-ba a memorizar todo lo que él tenía que decirle.
Un soplo de aire entre las hojas trajo un melódico susurro femenino. No en-tendía las palabras, pero supo de inmediato que era una canción, la canción más lóbrega que jamás había escuchado.
I lë riennê, anâ li sû;
I lë dhiennê, ê li rië;
Nûthelyen iveliê nâi;
Nûthelyen larë sû…
Etherelië, ûo li Aô,
Ethen Sâilë nôi sû;
Nûtheyien ie thie?
Sû thelie morienesë…
Aô heo moriê,
Riennë, riennë;
Sâilë rô nûal,
Nûthelyen tê…
Necoruma, Aô dûerie,
Sâilë shania ‘thea,
Necoruma dûerie,
Necuruma…
Ethien lë’issen, marishasën,
Sâilë nhô Aô, uthlien,
Aô, heo moriê,
Sâilë, rô nûal,
Nûthelyen tê,
Necorume dûrie…
Las últimas palabras flotaron en el aire lentamente, y se perdieron entre las hojas más altas de la cúpula vegetal. El muchacho se dio cuenta, de pronto, que había cerrado los ojos durante toda la canción, y que Elluder no le había dicho nada, o él no había escuchado al ciervo. Descubrió a su anfitrión tumba-do en una especie de trono, al otro lado del estanque, clavando en él su pro-funda mirada de ojos castaños.
– Es una canción élfica – aclaró Elluder – Una de las más atávicas y hermosas, sin duda. Cuenta la historia de Sâilë y Aô, los elfos Primeros. La canción es eternamente más extensa, pero hemos llegado a tiempo de escuchar sus últi-mos versos.
– ¿Cómo es que conocéis tanto acerca de los elfos, Ciervo Dorado? – pregun-tó el joven. Elluder rió, y tardó un poco en contestar.
– ¿Tienes idea de lo que se puede aprender, cuando el tiempo no supone problema alguno? – inquirió. Pero tras su tono sereno e irónico, parecía haber oculta una profunda tristeza – He vivido desde que estos dos elfos aparecieron en el mundo, y es posible que haya visto muchas cosas antes de las que no de-seo acordarme. He vivido desde que los bosques nacieron, murieron y volvie-ron a nacer; tanto, que ni siquiera los libros más arcaicos viven aún para con-tarlo. He vivido desde que el mundo es mundo, e incluso antes, y viviré hasta que deje de serlo. Y, quién sabe, puede que después siga vivo, para verlo na-cer de nuevo.
Eweon se maravilló de nuevo. Eterno… Debía haber visto las cosas más her-mosas del mundo, haber conocido un sinfín de criaturas tan sorprendentes como él mismo.
– ¿Cómo es la inmortalidad, entonces? – se le escapó al muchacho. En reali-dad no se dio cuenta de lo que había preguntado hasta que las palabras no pudieron reprimirse más tiempo en su cabeza. Sin embargo, Elluder no le dio demasiada importancia al descaro de Eweon.
– Siempre me ha sorprendido cómo las criaturas pueden desear lo que me-nos les conviene – empezó. El joven supo que también tenía que memorizar esto – Los Hombres deseáis el mal que a los elfos y a mi tanto nos perturba, Eweon. Y nosotros adoramos la mortalidad que tantas cosas os impide. Oh, amigo mío, cuántas veces he deseado la muerte, y cuántas veces ella no ha acudido a socorrerme. La inmortalidad es horrible, muchacho. Y tremenda-mente aburrida. Espero que nunca busques modo de burlar a la muerte, pues si lo encuentras, no hay vuelta atrás. Puede que lo único que podrías encon-trar en esta muerte en vida sea el tiempo suficiente como para arrepentirte – rió, como si aquellas palabras fueran en verdad una broma.
A Eweon le chocaron aquellas palabras. ¿Tanta tristeza había visto Elluder en su vida? ¿Tanta cómo para llegar a desear la llegada de la propia muerte? ¿Acaso no compensaban todas las cosas bellas del mundo aquellas otras me-nos agradables?
No, joven Islêriënn susrró una voz en su cabeza, suave y modulada, y el muchacho supo que era la misma voz que había cantado aquella triste canción élfica Jamás llega a compensar. La belleza es una sensación efímera de la que sólo pueden disfrutar las criaturas de exigua vida, Eweon. Para nosotros lo bello es algo fugaz, mientras que la perversión que azota el mundo siempre parece estar presente para recordarnos que jamás podremos hacer nada para deshacernos de ella. Puede que un mortal como tú jamás llegue a comprender bien nuestras penas, y tampoco esperamos compasión o entendimiento. Nuestro mayor problema es ver como vosotros, criaturas humanas, deseáis lo que nosotros más odiamos, tan sólo por mera ignorancia. Pese a la impasi-bilidad de aquella voz, Eweon pudo palpar lástima, ira y dolor en aquellas pa-labras. Lamentaba no poder hacer nada por ayudarla, ciertamente, y lamenta-ba también no poder decir nada que consolase aquella lóbrega alma.
El joven se sorprendió mirando hipnotizado el agua del estanque. Parpadeó un par de veces, y rió en silencio sobre la tranquilidad de las aguas.
– ¿Quieres darte un baño, Eweon? – propuso Elluder, desde el otro lado. Allí, sobre su trono, parecía aún más majestuoso. El muchacho asintió, contento. En verdad deseaba con locura desde hacía rato, pero no se había atrevido si-quiera a darse cuenta de cómo aquél oscuro estanque le llamaba una y otra vez.
Se quitó la ropa, y se metió lentamente en el agua, fría como un témpano de hielo. Miró desde la superficie su cuerpo sumergido, y comprobó que la oscu-ridad del estanque le impedía ver más allá de su cintura. Se sumergió comple-tamente, y buceó un poco, hasta que la necesidad de aire le reclamó. Sacudió la cabeza, y miró sonriente a Elluder, que correspondió a su gesto con un asentimiento. Volvió a las profundidades, e intentó ver cómo era el estanque, pero la oscuridad se lo impedía. Emergió de nuevo, inspirando una inmensa bocanada de aire que le llenó los pulmones. Se giró a todos los lados, y descu-brió que otro cuerpo ya había entrado en el agua. Una mujer, que por alguna razón le resultó extraña, diferente a todas las mujeres que había visto en Bri-dell. Sin embargo, no supo lo que la hacía tan singular hasta que se fijó en sus rasgos suaves, sus ojos grandes y afilados, su piel ligeramente brillante, sus gestos delicados y… sus puntiagudas orejas. <> pensó Eweon, <> Se sintió un tanto estúpido, como un niño pe-queño, y a la vez tremendamente afortunado. Allias antes se había hecho a la idea de que jamás lograría ver a un elfo en persona. Pero ahora… ¡Por todos los Dioses, tenía a una elfa delante, y lo único que se le ocurría pensar era en algo tan obvio…!
– Y has pensado más que la mayoría, Eweon – susurró, y el muchacho se dio cuenta que era misma voz que había estado antes susurrando en su cabeza, igual de calma y tranquila, como cuando cantó aquella hermosa canción – Mi nombre entre los mortales es Iânna ei’ Dailâ, Islêriënn. Responde ahora a mi pregunta, muchacho, ¿qué hace que los Hombres contempléis maravillados a los elfos? ¿Por qué no podéis vernos como una más de las razas de Nhyun? – ladeó suavemente la cabeza, y empezó a dar delicadas vueltas en el agua.
– La verdad es que… No lo entiendo bien, señora – contestó el chico, un tan-to avergonzado.
Iânna sonrió, complacida ante la escueta respuesta. Tardó un momento en realizar otra pregunta:
– ¿Conoces este lugar? ¿Sabes en qué agua te estás bañando ahora mismo, Eweon?
El muchacho negó con la cabeza, sin poder apartar la mirada de la hermosa elfa. Había encontrado una zona donde hacía pie no muy lejos de la orilla del estanque, e intentaba no perder el equilibrio. Afortunadamente, el agua era tan impávida como los ojos de Iânna, y no se agitaba.
– Entre los de mi pueblo lo llamamos Eidhel, Agua Pura. Hace miles de allias, todos los elfos teníamos el honor de bañarnos en esta agua, como tú lo haces ahora. Es un honor para ambas razas, Hombres y Elfos, que hayas acudido hoy al Qêndan; para los Hombres, porque la memoria de vuestros antiguos vuelve a ser recordada; para los Elfos, porque de nuevo se establece una pequeña alianza, un lazo que, recemos por ello, resulte inquebrantable en el transcurso de Eras futuras.
El agua del Eidhel nace de los árboles, y no acaba en otra parte. Siempre llueve sobre este mismo lugar el mismo agua, siempre es el mismo agua la que beben los árboles, y siempre es el mismo agua la que regresa al estanque, pa-ra después ascender al cielo, y así por siempre. Cada persona que se baña aquí deja parte de sus conocimientos en el agua, y ésta le aporta los que otros de-jaron en ella hace tiempo. Apenas has dejado una pequeña huella en el Eidhel, pero éste ya está alimentándote con su sabiduría. Sin embargo, tardarás mu-chos allias en averiguar con claridad lo que el Agua está enseñándote – Iânna acarició la superficie del estanque con la yema de sus dedos, provocando pe-queñas vibraciones – Y has de prometer una cosa, Eweon.
– ¿Qué? – susurró el muchacho en un débil hilo de voz.
– Promete por el honor perdido de tu raza que regresarás, y que traerás con-tigo a tres elegidos; estos tres, a su vez, traerán a otros, y así el Agua volverá a ser útil de nuevo.
El joven asintió. Iânna le dedicó una agradable sonrisa, y empezó a tararear una melodía que recordaba al soplar del viento entre las hojas de los árboles. Se maravilló de nuevo ante sus gestos, casuales pero de infinita belleza y fragi-lidad. De pronto, recordó algo.
– Ciervo Dorado, antes me preguntasteis si os recordaba. ¿Por qué? ¿Acaso nos conocimos hace tiempo? – preguntó el muchacho, nadando hasta la orilla más próxima del Trono que ocupaba Elluder. El Ciervo tardó todavía en res-ponder.
– Hoy no, Eweon – dijo al fin – Debes tener paciencia: en su debido momen-to, toda tu historia te será revelada. Espero que entiendas mi decisión: perdó-name, pero aún no puedo creer que el momento de partir esté tan próximo, y ahora sólo puedo pensar en aprovechar cada instante en algo menos angus-tioso que rememorar acontecimientos tan significativos para tu inmediato y trascendental futuro.
– Sea entonces – murmuró el muchacho, un tanto serio – Esperaré, si mis ruegos se ven apaciguados. Creo que he de agradeceros mucho antes de insta-ros con mi súplica. Mas os tomo la palabra, Ciervo Dorado, y, del mismo modo que no olvido mis promesas – miró fugazmente a la elfa, que parecía compla-cida – no olvido lo que se me promete.
Elluder sonrió ampliamente con sus ojos castaños, y asintió tan majestuoso como era.
– Dime, joven humano – susurró la voz de Iânna – ¿a qué se debe tu interés acerca del pasado que no recuerdas?
Eweon dudó un instante.
– ¿Quién no qurría recordar su propia vida?
– Quien ha cometido errores – repuso la elfa.
Eweon rumió un momento aquellas palabras.
– ¿Acaso quien cometió errores no debe pagar la penitencia del recuerdo? ¿Acaso no debe recordar precisamente para no volver a cometer esos errores?
Iânna rió, complacida. Aquella risa era cristalina y pura, y sonaba como el viento meciendo las hojas y como el murmullo del río.
– En mis recuerdos veo a Deston contándome historias – prosiguió el joven -, y frases que no podría repetir, sin embargo, y me pregunto por qué le veo. Y también recuerdo a mi padre rezar, y llorar a los Dioses, y tengo la sensación de oír mi nombre en sus súplicas, pero no logro recordar sus palabras. Y puedo recordar con nitidez momentos absurdos, y bromas y juegos; pero, ¿qué ha si-do de mis recuerdos de vos, Ciervo de Enerah? Y me entristece no encontrar respuesta, aún teniéndola tan próxima, al alcance de la mano, y del mismo modo tan lejana, distante como las estrellas.
La elfa asintió, y dirigió una furtiva mirada a Elluder, que meditaba en su tro-no. Iânna salió del agua, antes de que Eweon se diese cuenta de su cuerpo desnudo, se desvaneció en el aire, dejando tras de sí un delicado aroma a flo-res y tierra húmeda.
– El célebre Deston te habrá hablado ya del Ephean Imein, si no me equivoco – tanteó Elluder, tras un momento de silencio – Es un hombre inteligente, sa-bio como los que ya no quedan, mi querido Islêriënn; respeta su palabra y su promesa tanto como respetas las mías. Pronto descubrirás cuán importante es para tu futuro este arrugado humano; y descubrirás que esconde secretos ba-jo el peso de su mirada. Una cosa más he de pedirte, amigo Eweon: no olvides nunca quién es, y el por qué es. Sus secretos te serán revelados uno a uno si el destino así lo cree necesario.
Eweon dedicó una afirmativa mirada a su anfitrión. Se sumergió una última vez en la oscuridad del estanque. Le pareció ver una diminuta luz en el infinito pozo. Pero sabía que ningún humano podría llegar hasta ella, así que decidió volver a la superficie del Eidhel. Salió del agua, y sintió como un cálido viento lo arropaba de pronto. Seco y limpio, se puso sus ropas algo embarradas des-pués de sacudirlas un poco, y sonrió, satisfecho. Tarareó una canción que el gran Elluder pareció reconocer, y con alegres palabras, coreó la melodía con su poderosa voz.
Cuando cantan los señores del cielo,
Cuando todo el gris y el frío desaparece,
Y cuando las mariposas van y vienen,
Cantan las flores: ¡calor y luz, calor y luz de Rhethallia!
Al calor y a la luz del sol, y así llega la cuarta estación,
Y con ella sus canciones y el alegre cantar de los pájaros,
Y el incesante cantar de las mariposas y las flores,
Que despiertan tras el gris y el frío.
¡Y que tiemblen las copas nevadas
de las lejanas cumbres de este y oeste!
¡Que tiemblen y que envidien
el calor y la luz que bañan Enerah
al llegar Rhethallia!
Cuando canta el Río,
Y cantan los árboles,
Y cantan las lechuzas y los ruiseñores,
Cantan las gentes de Bridell a pleno pulmón
La canción de Rhethallia,
Cuando pasa el gris y el frío,
¡Y la fiesta llega, y la fiesta llega con jolgorio!
¡Y que tiemblen las montañas,
ante la algarabía de este día de Rethallia!
Y si el Río calla, y callan los árboles,
Y callan señores del cielo y lechuzas y ruiseñores,
Y callan las mariposas y enmudecen las flores,
Y cuando las gentes de Bridell callan con el bosque,
Aún se puede sentir cómo el calor y la luz
Han bañado, ¡oh, sí! Han bañado Enerah.
– ¡Fantástico, Ciervo Dorado, realmente fantástico! – exclamó Eweon, son-riendo – No sabía que conocieseis la Canción de Rethallia.
– Conozco muchas canciones, muchacho – dijo Elluder, levantándose del Trono – Y muchas leyendas y mucho de todo. ¿Y de qué sirve? Las leyendas caen en el olvido, y las canciones han de cesar algún día. Ay, mi joven amigo, si supieses en verdad cuánto deseo olvidar, cuánto deseo dejar este lastre que de nada sirve…
El Ciervo caminó despacio hasta Eweon, que lo miraba fijamente.
– Ha llegado el momento de tu partida, joven Islêriënn – anunció Elluder, y su voz sonó como el rugir del viento – Las puertas del Qêndan están abiertas para ti, muchacho, al igual que el corazón del Ciervo y la Elfa. Y sabrás la verdad que con tanta ansia deseas. Pero no será hoy. Ahora, ¡parte, muchacho, regresa a tu hogar!
Con el último grito del guardián de Enerah, una luz de oro lo iluminó todo, cegando los ojos azules del muchacho. Sintió una punzada en lo más profundo de su mente, y notó cómo sus piernas flaqueaban y caía sobre algo que no era tierra o rama, y que abandonaba su consciencia para sumirse en un profundo sopor.
Post Lectura:
– ¿Se te hizo rara la aparición de Alenâi? ¿Crees que sus diálogos están forzados?
- ¿Te parecen los personajes de Elluder e Iânna lo suficientemente “misteriosos”, “sabios” y “reservados”?
– ¿Se te antoja demasiado simple la conversación entre Eweon y el Ciervo, o entre el chico e Iânna?
- ¿Te ha disgustado alguno de los poemas del capítulo? [ 1. La Epopeyade Amadhill (Eweon); 2. Necorume dûrie… (Iânna); Canción de Rethallia (Elluder y Eweon)]
– ¿Te parece que hay algún fleco suelto, algo que no queda claro?
– ¿Cómo valorarías el transcurso de los hechos?
– ¿Te ha disgustado algún diálogo? ¿Crees que debería alargar los diálogos del Qêndan entre Iânna, Elluder y Eweon?
¡Gracias por seguir leyendo!
¡Hola de nuevo!
Antes de responder a las preguntas he de decirte que la narración de este capítulo ha sido fantástica (como siempre, es solo mi opinión). La trama, por otro lado, cada vez se va volviendo más atractiva e interesante. Siento que todo lo que ha sucedido hasta ahora es solo el preludio de una gran aventura. Bueno, allá voy:
1. Un poco sí, no recuerdo si era nombrada en el capítulo uno pero, si no es así, debería aparecer aunque solo fuese en un pequeño diálogo. Son bastantes extensos y complejos para una pueblerina pero aun así, me han gustado bastante, le da un aura de misterio e inteligencia.
2. Sí. Como ya he dicho antes, has conseguido una narración espléndida, cada una de las intervenciones de los dos personajes ha sido genial. Me ha gustado mucho el variado vocabulario que has empleaddo y como has formado cada frase.
3. Para mí no. La de lânna es un poco corta pero a mí me agrada tal cual.
4. Están muy bien. El primero representa muy bien a los héroes de la antigüedad, el segundo no se puede comprender así que… y por último, el tercero es una adecuada melodía festiva.
5. No entiendo muy bien por qué Eweon tiene que correr hasta el encuentro de Elluder. Tal vez sea simplemente para despertar el interes general (a mí me ha sucedido).
6. Hay bastantes cabos aún sueltos pero, como he dicho antes, da la sensación de que cada vez está más próximo el inicio de la gran travesía de Eweon, y eso empuja a la lectura.
7. No. Aunque no sean demasiado extensos, se consigue identificar a los personajes como grandes sabios y conocedores del mundo, bastante reservados por otro lado. Si los extendieras tal vez se estropearía.
¡Gracias – otra vez – Kai! Al final serás el primer ( y único ) fan de la novela ^^
No, Alenâi no fue nombrada en el primer capítulo. Si veo algún punto en el que introducir su nombre, descuida que te haré caso ^^
¡Descuida! Pronto haré un anexo con la traducción de los poemas élficos que aparezcan en el libro. He de decir que está escrito en élfico de nhyun, es decir, màilinin, por lo que no se puede aplicar NADA de las lenguas tolkenianas élficas (Quenya, sindarín, etc.) . Sí, creo que en breve podremos ver la traducción de los poemas… ¡o quizás no! Los poemas élficos son bellos en sí, son sonidos casi naturales, por lo que – como sucede con Eweon – no hace falta entenderlos para ver su belleza (no es que me esté poniendo por las nubes, es que es así como se describirá más adelante en el libro ) Pero sí que tiene una traducción, sí ^^
Ja, ja, ja! Me hizo gracia la respuesta cinco. Hay una explicación… Pero ahora que me doy cuenta, no aparece en la historia. Cuando leas el siguiente capítulo, verás que esto no es necesario. Así que: ¿por qué Alenâi ha puesto tanto empeño en ello? Porque [**nombre que aún no debes saber**] la avisa de que un ârokei le encontrará, y le matará, por ende, si no aparece Elluder antes. Eweon no es tan rápido como pensaba ella, pero el Ciervo llega en el momento justo. Espero que te haya servido. Procuraré que más adelante se desvele este detalle; ¡gracias por mostrarlo!
La verdad, es que no sé si… estoy haciendo bien en poner tantos capítulos antes del inicio. Y es que habrán cuatro capítulos donde sólo descubriremos un atisbo de lo que le pase a Eweon. Y los viajes… Son inmensos… ¡Mira el mapa de Nhyun y lo verás!
Bueno, Kai, me despido.
¡Gracias y mil gracias de nuevo, fantasma-real!